<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599</id><updated>2012-02-09T06:50:02.252-08:00</updated><title type='text'>Escribir ficción</title><subtitle type='html'>ESTE ESPACIO TIENE COMO OBJETIVO DAR A CONOCER MIS CUENTOS Y NOVELAS. ADEMÁS DE PROMOCIONAR MI TALLER DE ESCRITURA CREATIVA Y TODO LO QUE CONSIDERO INTERESANTE DENTRO DEL OFICIO DEL ESCRITOR.</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>20</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-1425410621720041394</id><published>2012-02-09T06:47:00.000-08:00</published><updated>2012-02-09T06:50:02.260-08:00</updated><title type='text'>ASÍ, CASI SIN QUERER... (para María).</title><content type='html'>Se miró por quinta vez en el espejo. Sin duda era él quien estaba en aquel reflejo pálido. Revolvió el cabello con su mano izquierda, acomodó los anteojos con un leve toque hacia arriba y tras dar media vuelta apagó la luz y recorrió los diez o doce pasos que lo separaban de la puerta que daba al pasillo que daba a la calle.&lt;br /&gt;Era un hombre que como tantos otros no necesitaba mucho para sentirse bien. La vida lo puso a prueba más veces de las que estaba dispuesto a reconocer, pero siempre pudo, supo o quiso salir adelante. Levantar la cabeza, secarse las lágrimas y volver a ofrecer la cara al viento y a las oportunidades que estaban ahí; nada más era cuestión de estirar una mano para poder asirlas con la fuerza de una tormenta que ruge.&lt;br /&gt;Así, casi sin querer, había sabido de ella y casi, sin querer, la invito a saber de él. Le contó sobre todo lo que amaba y le dijo que jamás, jamás bailaba. Supo que su nombre era María y supo que le gustaría saber cómo era cuando se reía.&lt;br /&gt;Así, casi sin querer, fueron pasando los días, ella trabajaba y soñaba con las vacaciones que no llegaban y no llegaban. Él vacacionaba y esperaba cada mañana para escribirle un “hola” o cualquier otra frase con pretensiones de ser ingeniosa, divertida o con algún otro ingrediente que hiciese que ella, la que se llamaba María, se sintiera sorprendida y así, casi sin querer, no podría hacer otra cosa más que responder y entonces, él también respondería, siempre pensando que le gustaría saber cómo era cuando se reía.&lt;br /&gt;Las vacaciones de ella al fin la visitaron y el trabajo de él volvió a buscarlo para ponerlo de regreso en ese mundo repleto de alaridos metálicos en el que había elegido vivir.&lt;br /&gt;Un tiempo después todo estuvo dispuesto para que él develara su intriga de saber cómo era ella cuando se reía. Antes de salir, se miró por quinta vez en el espejo. Sin duda era él quien estaba en aquel reflejo pálido. Revolvió el cabello con su mano izquierda, acomodó los anteojos con un leve toque hacia arriba y tras dar media vuelta apagó la luz y recorrió los diez o doce pasos que lo separaban de la puerta que daba al pasillo que daba a la calle.&lt;br /&gt;Rodolfo Tornello.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-1425410621720041394?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/1425410621720041394/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2012/02/asi-casi-sin-querer-para-maria.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/1425410621720041394'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/1425410621720041394'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2012/02/asi-casi-sin-querer-para-maria.html' title='ASÍ, CASI SIN QUERER... (para María).'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-7977467441602095696</id><published>2010-09-25T12:47:00.000-07:00</published><updated>2010-09-25T12:48:39.900-07:00</updated><title type='text'>UN POCO MÁS DE SEIS. (Cuento)</title><content type='html'>Puso el revólver encima del escritorio y lo vació. Sentado, meditativo, fingiendo empeño estuvo haciendo caer el percutor hasta que empezó a declinar la sosegada tarde de invierno. A su alrededor todo era silencio endurecido que lamían perros, gatos y las bocinas lejanas. Volvió a poner las balas en su lugar y esperó.&lt;br /&gt;En una época, más de tres décadas atrás, había sido un hombre bueno, pero todo eso terminó cuando se apagaron los ojos de Marta. Terminó cuando sintió que sus manos se teñían  del rojo que había dado  vida a la única mujer que había amado.&lt;br /&gt;La tarde, una tarde tan o más sosegada que ésta, en la que volvió del cementerio, su vida giró para no volver jamás al punto en el que se encontraba. Abrió la puerta y fue cuando lo comprendió todo. Sólo entonces comprendió que ella ya no estaría allí para sonreírle con su gesto de sueño todavía pegado en la piel de cada mañana.  Que los ojos verdes más bellos que jamás nadie haya podido disfrutar no volverían a mirarlo de esa extraña y tan especial manera. Las lágrimas se escapaban sin contención durante  varios días con todas sus noches. El dolor que sentía era intenso y parecía que no iba a abandonarlo a pesar de los litros y litros de whisky que ingería para ahogarlo. No fueron pocas las veces en que estuvo a punto de acabar con todo hasta que decidió hacer algo al respecto.&lt;br /&gt;Era imposible que Manuel Vergara pudiera ni siquiera suponer que los actos que tuvieron comienzo un caluroso 4 de febrero iban a convertirlo en una leyenda. Cómo podía imaginar un hombre que se ganaba la vida vendiendo diarios y revistas, que era servicial y alegre por demás; cuyo anhelo más preciado había sido formar una gran familia, que por acallar los gritos de venganza que aullaban en su interior se vería lanzado hacía un mundo en el que no se sintió, como él imaginaba, un ser fuera de foco sino que se movió como alguien que conocía el terreno que pisaba a cada paso que daba. No fue un asunto difícil convertir en billetes todos los bienes que poseía. Se fue del barrio y se instaló en un monoambiente  que miraba al turbio río. Por aquellos días comenzó una costumbre que lo mantendría con vida hasta mucho más allá de los ochenta, se renombró Aldo Arraga, en honor al nombre que figuraba en el documento que había tomado de la billetera de un anciano que ya había olvidado el significado de la palabra precavido. Colocar su cara en lugar de la del viejo fue de lo más sencillo. Con el correr de los años su colección de documentos de identidad y pasaportes robados se acrecentó hasta ocupar varios cajones de un viejo aparador. El mismo que la policía destrozó al dar con él.&lt;br /&gt;Haberse trazado un objetivo hizo que el diariero descubriera que poseía cualidades que no hubiera soñado. Entre ellas la que más útil le resultó fue su total impiedad. Dos años después de haber quedado solo regresó al cementerio, no llevaba flores, ya no creía en esos rituales.&lt;br /&gt;—No voy a quedarme mucho rato.—dijo mirando hacía la lápida en donde estaba tallado el nombre de la que fuera su esposa— Nada más vine a decirte que podés descansar en paz. — &lt;br /&gt;Luego de pronunciar éstas palabras dio media vuelta y nunca se lo volvió a ver por allí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mañana, mientras caminaba a la orilla del río, un auto que llevaba los vidrios oscuros se le puso a la par. La ventanilla del acompañante descendió para dejar ver la cara de un muchacho joven que de niño había tenido viruela. Se identificó como empleado del hombre al que por más de un mes había estado buscando, deambulando por el puerto y haciendo preguntas, ofreciéndose para trabajar.&lt;br /&gt;Quince días después de aquel suceso, los diarios, las radios y los noticieros de televisión hacían saber a la población que el poderoso empresario metalúrgico Luis Saccardi había muerto en su casa de Punta del Este. Lo que no se decía era que el dedo que se apoyó sobre el sensible gatillo del Zastava M-76 a más de trescientos metros de distancia, provenía de la mano izquierda de un hombre triste que una vez amó a una mujer de bellos ojos verdes llamada Marta.&lt;br /&gt;Los encargos que involucraban armas de fuego y absoluta discreción se sucedían  con la regularidad con la que una ficha de domino golpea a su compañera  para crear un raro efecto de cascada. Nunca dejaba una huella y pocas personas lo habían visto de cerca. Perfeccionó un sistema que consistía en publicar un anuncio clasificado en el Diario El Nacional de los Domingos. El texto debía solicitar información sobre un hermano extraviado y contar con un número telefónico de contacto. Una vez que este se realizaba, si el cliente aceptaba la tarifa, el que una vez respondiera al nombre de Manuel Vergara se ponía en marcha. Cuando  su tarea se había completado, el dinero era depositado en una cuenta bancaria del banco Galicia, a nombre de Juan Pérez. Hubo empleadores que no vieron la necesidad de realizar la transacción una vez que quien les incomodaba, como una piedra dentro del calzado, había dejado de hacerlo. El antiguo vendedor de revistas de chismes los encontró y se ocupó por que fuera su cara lo último que pudieran ver.&lt;br /&gt;El prestigio del asesino creció de tal modo que  su nuevo oficio lo llevó por el mundo. Michel Vieux, un gordo y avaro empresario de Marsella, con aires de jefe de jefes,  pensó que era una excelente idea no pagar los honorarios que adeudaba por un trabajo bien hecho. Tuvo la fortuna de vivir hasta que la Sureté lo encontró. Michel Vieux habló sin descanso, lo contó todo a cambio de ser incluido en un plan de protección para testigos. El arma de alquiler más buscada tenía ahora un rostro y un nombre. Tendrían que pasar muchos inviernos para que lo ubicaran en el mismo lugar en donde todo había dado inicio. Un sitio repleto de recuerdos y silencio que lamían perros y gatos acompañados por  bocinas lejanas.&lt;br /&gt;Manuel Vergara  oyó las frenadas de los autos y contó cada una de las pisadas que había escaleras arriba. Cuando la puerta se vino en picada los esperó y les escupió las balas con absoluta certeza, pero ellos, los de la Interpol, eran un poco más de seis. &lt;br /&gt; Rodolfo Tornello&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-7977467441602095696?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/7977467441602095696/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/09/un-poco-mas-de-seis-cuento.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7977467441602095696'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7977467441602095696'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/09/un-poco-mas-de-seis-cuento.html' title='UN POCO MÁS DE SEIS. (Cuento)'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-7312126869236970844</id><published>2010-09-23T09:20:00.000-07:00</published><updated>2010-09-23T09:25:30.261-07:00</updated><title type='text'>OTRA HISTORIA DE AMOR... (Cuento)</title><content type='html'>Mil naves avanzaban con la proa mirando a la guerra. En ellas viajaban cientos de miles de hombres valientes. Muchos desconocían que, a partir de las hazañas que protagonizarían en los diez años que tendrían por delante, iban a quedar en la historia para la eternidad, que sus nombres se recordarían por siglos y siglos en el futuro, un futuro repleto de máquinas que no podían ni siquiera llegar a imaginar, su condición de héroes.&lt;br /&gt;Primero vino el desembarco, después fue el tiempo se sitiar la ciudad. Allí, de a poco, los hombres fueron viendo morir frente a ellos a otros hombres durante nueve años.&lt;br /&gt;Después vinieron días y días con sus noches en los que no ocurrió demasiado, o al menos nada de importancia que merezca ser incluido en este relato.&lt;br /&gt;La década fuera de los hogares comenzó a hacerse sentir en el cuerpo de los guerreros, pero más que nada en sus corazones. Uno de ellos, el hijo de un rey que iba a morir gracias a que una flecha enemiga le atravesara el talón, decidió alejarse de la batalla debido a la discusión que mantuviera con el rey de la ciudad situada en la llanura de la Argólida, en el noreste del Peloponeso. Las tropas se alteraron; cada uno de los soldados, excepto uno al que llamaban Oileox, un muchacho alto y delgado como una vara, con el cabello ondulado y rebelde, tan negro como la misma noche. Él no necesitaba ningún semidios que le infundiese confianza. Él había venido a buscar algo más que honor. Él había subido a una de las mil naves que avanzaban por amor.&lt;br /&gt;Cuando el hijo mayor del rey de la ciudad asediada luchó hasta morir con el comandante de los Mirmidones, el revuelo fue de tal magnitud que nadie notó al joven de aspecto tímido que se coló detrás de los muros de la ciudad, que sería incendiada para dar fin a la lucha por un puñado de hombres a las ordenes de otro rey, un rey que pasaría mil peripecias para conseguir ver de nuevo su reino y disfrutar del amor de su reina, pero esa, esa es otra historia…  &lt;br /&gt;No era la primera vez que Oileox había recorrido ese trayecto. Un año después del desembarco, valiéndose de los servicios de los Ojeadores, un clan que vendía sus artes en el mundo del espionaje tanto a uno como a otro bando, le hizo llegar a Telmanida, su amada, una carta en la que le hacía saber que estaba allí y que había venido por ella, para llevarla lejos de la esclavitud en la que vivía como criada de la reina.&lt;br /&gt;Los jóvenes se habían conocido en una fiesta que reunió a todos los reyes de la península. Oileox, hijo de Oilemox, el famoso cocinero real, fue el encargado de servir los platos. Y  apenas posó la vista en la mujer cuyo cabello recordaba al fuego y cuyos ojos parecían las almendras más tiernas, supo que nada ni nadie lo mantendría alejado de esa mujer.&lt;br /&gt;Al llegar a los aposentos de la reina, encontró a Telmanida sentada bordando. Supo que su majestad había tenido que ausentarse un momento, pero que volvería en cualquier instante. Oileox la abrazó, la besó y le explicó su plan.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es el año 2007, en una calle céntrica de alguna de las grandes ciudades de la península las personas caminan. Caminan para ir al trabajo, caminan para ir a la escuela, caminan para hacer compras y algunas solamente caminan por caminar. Entre los miembros de este último grupo está Silvia, una mujer cuyo cabello recordaba al fuego y cuyos ojos parecían las almendras más tiernas. Tenía el pasatiempo de mirar a la gente por la calle o cuando viajaba en el colectivo. Disfrutaba imaginando cómo serían sus vidas y siempre terminaba preguntándose si acaso se sentirían tan solos y tan tristes como ella.&lt;br /&gt;Desde chica Silvia había experimentado la sensación de sentirse fuera de lugar en todos los lugares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Mira que sos rara vos. — le decían de manera alternada una vez su padre, una vez su madre, y de tanto en tanto alguno de sus hermanos o primos.&lt;br /&gt;Buscaba algo, pero le era imposible descubrir de qué se trataba ese algo. No era para nada una persona rara. Era una persona triste. Triste por no poder dar con ese algo que buscaba. Se detuvo a ver una vidriera, en realidad muy poco interesa por las prendas que vestían los maniquíes con toda la intención de convencerla para que las comprara; fue entonces cuando sus ojos se posaron en la figura que se reflejaba en el cristal: era un hombre, más o menos de su misma edad, corpulento y con aspecto de buena gente. Para sorpresa de Silvia los ojos de él también habían encontrado los suyos. Dio media vuelta y sin pensarlo demasiado lo saludó con un “Hola” resuelto, que le fue respondido  de inmediato.&lt;br /&gt;Ninguno de los dos supo muy bien cómo ocurrió pero desde ese momento no volvieron a separarse, fueron tan unidos como los dedos de la mano. Sentían conocerse desde siempre. La vejez los encontró juntos y rodeados de familia. Su hijo los colmó de alegría casándose con una mujer que dio a luz a una niña preciosa, la cual con el paso de los años de los años se transformó en una mujer cuyo cabello recordaba al fuego y cuyos ojos parecían las almendras más tiernas. De la abuela, la nieta no heredó el nombre, pues sus padres la llamaron Telmanida, pero sí ese gusto por mirar a la gente por la calle o cuando viaja en  colectivo. La niña tampoco había heredado el carácter melancólico de su abuela; al contrario, era alegre y muy charlatana. En su larga vida, repleta de aventuras,  que se prolongó  casi por un siglo, se hizo de muchos y muy buenos amigos. El único amor que conoció fue el que le brindó sin restricciones un muchacho alto y delgado como una vara, con el cabello ondulado y rebelde, tan negro como la misma noche, hijo de un cocinero que tuvo que convertirse en soldado a la fuerza cuando en el 2038, en la ciudad situada en la llanura de la Argólida, en el noreste del Peloponeso, se produjo un conflicto armado debido a la escasez de agua.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;© Rodolfo Tornello.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-7312126869236970844?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/7312126869236970844/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/09/otra-historia-de-amor-cuento.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7312126869236970844'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7312126869236970844'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/09/otra-historia-de-amor-cuento.html' title='OTRA HISTORIA DE AMOR... (Cuento)'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-867385341565077151</id><published>2010-05-22T12:26:00.000-07:00</published><updated>2010-05-22T12:35:23.451-07:00</updated><title type='text'>EL TALLER DESDE ADENTRO 3</title><content type='html'>Uno de los ejercicios de la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;clase&lt;/span&gt; &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;19&lt;/span&gt;, sobre el manejo del narrador protagonista en la narrativa.&lt;br /&gt;Con ustedes: &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;font-size:130%;" &gt;Viviana Chirino&lt;/span&gt;:&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; 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En la mesa central varios paisanos estaban arremolinados en torno a ellos, Sobre una mesa se jugaba una partida de truco, entre los pueblerinos. Vino de por medio, cigarrillos y mucho&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;humor eran el ingrediente perfecto para aquel mediodía de febrero.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El viejo entró despacio, se acercó al grupo de gente y después de girar alrededor varias veces se abrió paso para observar el juego desde un sitio más cercano.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Uno de los jugadores levantó sus cartas de la mesa, las orejeó y mandó jugar a su compañero. Este entendió la seña y bajó sobre la mesa un dos de oro, discretamente. Al momento la pareja de contrincantes se hicieron señas y aportaron con un tres de espadas. El primer jugador no se amilanó y cantó Envido! El otro jugador dela pareja contraria le devolvió el canto: Envido!!. La cosa se puso difícil para el primer cantor porque era mano, pero tenía sólo veintinueve. Si se arriesgaba podía perder, pero también el otro podía estar mintiendo. Pero de eso se trataba el truco de saber mentir y saber ganar.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;En eso, en la pausa que se hizo nuestro amigo, el viejo, aprovechó para “meter púa” como se dice y le dijo al que dudaba en aceptar la apuesta: -No lo dude m hijito, en el truco como en la vida hay que estar siempre dispuesto a redoblar la apuesta- El observado, levantó la vista , lo miró y no dudó en aceptar y dijo Quiero!!. Cuando cantaron los puntos, efectivamente su contrincante no tenía&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;absolutamente nada de puntos y perdió los dos primeros porotos de la truqueada.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Siguió el juego, llegó la hora de cantar truco y el rival cantó, el otro aceptó sin dudar y el primer cantor bajó su carta, era un siete de espadas. Gran comentario entre la multitud. El viejo que lo miraba fijamente le dijo- si tiene una hembra no tenga miedo, aunque a veces las hembras nos hacen perder en muchas ocasiones tienen la fuerza&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;y el valor que a veces los hombres no tenemos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Y el dudoso hombre de la mesa, le cantó el retruco al adversario. Éste pensó un poco, miró al viejo que estaba a su derecha con fastidio y para no ser menos le dijo- Quiero vale cuatro!!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El otro jugador, levantó la vista hacia el viejo y dijo quiero!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;Él bajó su carta y efectivamente tenía una hembra, el otro personaje de la mesa dijo:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;— ¡No me la puedo!&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;El viejo&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;haciendo uso de la soberbia de sabio experimentado, le retrucó:&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;–Aprenda buen hombre, no siempre hacerse el macho, equivale a ganar la partida. Para mentir hay que ser bastante hombre como&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;para hacer frente a la mentira y sus consecuencias. El hombre colorado y en un estado de excitación, arrojó las cartas sobre la mesa. Todos aplaudieron entre risas y cargadas. El viejo dio media vuelta y se fue por donde había venido.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal"&gt;&lt;span lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-867385341565077151?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/867385341565077151/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/05/el-taller-desde-adentro-3.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/867385341565077151'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/867385341565077151'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/05/el-taller-desde-adentro-3.html' title='EL TALLER DESDE ADENTRO 3'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-5474387427644144057</id><published>2010-05-22T12:14:00.000-07:00</published><updated>2010-05-22T12:21:42.266-07:00</updated><title type='text'>EL TALLER DESDE ADENTRO 2</title><content type='html'>Uno de los ejercicios de la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;clase 17&lt;/span&gt;,  sobre el manejo del narrador omnisciente  en la narrativa.&lt;br /&gt;Con ustedes: &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic; font-size: 130%;"&gt;Mónica Lopez&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic; font-size: 130%;"&gt;:&lt;/span&gt;&lt;meta equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8"&gt;&lt;meta name="ProgId" content="Word.Document"&gt;&lt;meta name="Generator" content="Microsoft Word 12"&gt;&lt;meta name="Originator" content="Microsoft Word 12"&gt;&lt;link rel="File-List" href="file:///C:%5CUsers%5CRodolfo%5CAppData%5CLocal%5CTemp%5Cmsohtmlclip1%5C01%5Cclip_filelist.xml"&gt;&lt;link rel="themeData" href="file:///C:%5CUsers%5CRodolfo%5CAppData%5CLocal%5CTemp%5Cmsohtmlclip1%5C01%5Cclip_themedata.thmx"&gt;&lt;link rel="colorSchemeMapping" href="file:///C:%5CUsers%5CRodolfo%5CAppData%5CLocal%5CTemp%5Cmsohtmlclip1%5C01%5Cclip_colorschememapping.xml"&gt;&lt;!--[if gte mso 9]&gt;&lt;xml&gt;  &lt;w:worddocument&gt;   &lt;w:view&gt;Normal&lt;/w:View&gt;   &lt;w:zoom&gt;0&lt;/w:Zoom&gt;   &lt;w:trackmoves/&gt;   &lt;w:trackformatting/&gt;   &lt;w:hyphenationzone&gt;21&lt;/w:HyphenationZone&gt; 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  &lt;w:lsdexception locked="false" priority="63" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Medium Shading 1 Accent 6"&gt;   &lt;w:lsdexception locked="false" priority="64" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Medium Shading 2 Accent 6"&gt;   &lt;w:lsdexception locked="false" priority="65" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Medium List 1 Accent 6"&gt;   &lt;w:lsdexception locked="false" priority="66" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Medium List 2 Accent 6"&gt;   &lt;w:lsdexception locked="false" priority="67" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Medium Grid 1 Accent 6"&gt;   &lt;w:lsdexception locked="false" priority="68" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Medium Grid 2 Accent 6"&gt;   &lt;w:lsdexception locked="false" priority="69" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Medium Grid 3 Accent 6"&gt;   &lt;w:lsdexception locked="false" priority="70" semihidden="false" unhidewhenused="false" name="Dark List Accent 6"&gt; 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 &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;Final: &lt;i style=""&gt;Le pidió que no mintiera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/i&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin-left: 18pt; text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-family: &amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;Mínimo de palabras: 750.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 16pt; font-family: &amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 16pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Georgia&amp;quot;,&amp;quot;serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;Una mujer uniformada de verde no vio a quien subió la escalera. Le avisaron del tercer piso, que se encontraba entre los invitados especiales para el remate de un cuadro inédito pintados por Salvador Dali, una persona de sexo masculino, de origen asiático, que vestía elegante, pero con una credencial dudosa. De inmediato, se hizo presente el jefe de la custodia, que &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;lo invitó a mantener un diálogo en su reducido despacho. Luego de un saludo breve y distante, sacó de la billetera su identificación, se trataba del señor Hi Yang, un exitoso empresario japonés. Las disculpas fueron en vano, ante la mirada ofuscada del señor Yang, que se retiró para ocupar uno de los primeros asientos del salón.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Minutos después, por la misma escalera, la mujer de uniforme color verde oliva,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;interceptó a diez hombres también de origen asiático, quienes se presentaron como los custodios del señor Yang, no tuvo alternativa, ni tampoco duda de que debería dejarlos ingresar. Unos de los hombres más poderosos de ese continente, debía tener una decena de caballeros custodiando&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;sus pasos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;El salón amplio iluminado por imponentes ventanales en los que el Empire State y la Statue of Liberty &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;embelesaban la&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;mirada del menudo hombre oriental, mientras sus pupilas se dilataban rítmicamente al compás de las luces de esa descomunal ciudad. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Esa sensación se detuvo ante la figura esbelta,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;los rasgos frescos, el andar pausado y sensual, de la subastadora.&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Su presentación cautivó la atención del público. Luego de una pequeña referencia&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;a la vida&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;del pintor, precisó que la obra que se subastaba había sido pintada en honor a Sigmund Freud y que fue encontrada en la caja fuerte de una amiga de su hija Anna,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;llamada Alice&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;quien la había acompañado durante sus últimos tiempos.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Se levantó el raso negro que la cubría. El célebre Dalí había plasmado el memorable diván, a &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Freud, en compañía de su hija Anna,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;anciana y en sillas de ruedas.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Algunos quedaron impactados, otros admirados, hubo silencios, &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;comentarios. Todos sabían de Anna, ninguno había imaginado, esa escena, la dualidad de la silla de rueda con el diván, tan preciado para el psicoanálisis.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Las ofertas comenzaron, la competencia se volvió feroz, mientras el señor&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Yang parecía adormecido ante la imponente pintura. Su asistente, con extrema prudencia le dijo que debía apresurarse a realizar la oferta. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;El señor Yang, absorto, miraba fijamente los ojos de Anna. Ella&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;le relató que había llamado a la muerte, luego de padecer un ataque cerebral que le afectó el habla y motricidad, que ese cuadro era un espanto, pues opacaba el&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;brillo que logró con el psicoanálisis infantil y las tareas humanitarias. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Con timidez y casi como una súplica&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;le pidió que no lo compre .Él miró a los costados, temiendo que esa voz haya sido escuchada,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;pero la subasta seguía. Sintió que enloquecía.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Su asistente, lo observaba, sabía de la manda de la esposa del señor Yang. Ella era una de las coleccionistas de cuadros más famosas y él debía adquirir el cuadro a cualquier valor.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Fue en ese momento cuando Anna usó el preciado diván llevándolo al Señor Yang. Él le confesó que padecía una profunda desesperación. Ella le pidió que cerrara los ojos y que comenzara a hablar. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Fue un relato, donde los protagonistas eran: sus frustraciones,&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;angustias, los dolores del amor y el desamor. Anna lo escuchaba, y luego de&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;realizar algún aporte, él continuaba relatando su desgraciada vida, &lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;el tormento de su matrimonio, el carácter fóbico y obsesivo de su mujer. El tiempo se detuvo, el Señor Yang&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;permanecía&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;con los ojos sellados.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Su asistente, lo palmeó con brusquedad en su hombro izquierdo, comunicándole que había llegado el momento.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;El Señor Yang levantó la mano y ofreció dos millones de dólares por la pintura. La subasta se cerró.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Luego de los aplausos, Anna apagó sus ojos, mientras nuevamente la cubrían con el manto oscuro. &lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;El señor Yang llegó a Tokio, donde lo esperaba su mujer. &lt;span style=""&gt;          &lt;/span&gt;Luego de que el mayordomo bajara las maletas del automóvil, ella le preguntó por el cuadro, él ingresó a su casa, ella lo siguió, le pidió que no mintiera.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;span style=""&gt; &lt;/span&gt;Él le contestó:&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;- Dejé a&lt;span style=""&gt;  &lt;/span&gt;Anna en la caja fuerte del Banco, como era su deseo.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; text-align: justify; line-height: 200%;"&gt;&lt;i style=""&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;  &lt;p class="MsoNormal" style="margin: 0cm 106.2pt 0.0001pt 1cm; line-height: 200%;"&gt;&lt;span style="font-size: 10pt; line-height: 200%; font-family: &amp;quot;Arial&amp;quot;,&amp;quot;sans-serif&amp;quot;;" lang="ES"&gt;&lt;o:p&gt; &lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt; &lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic; font-size: 130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-5474387427644144057?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/5474387427644144057/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/05/uno-de-los-ejercicios-de-la-clase-17.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/5474387427644144057'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/5474387427644144057'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/05/uno-de-los-ejercicios-de-la-clase-17.html' title='EL TALLER DESDE ADENTRO 2'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-3364334419725309469</id><published>2010-04-28T11:30:00.000-07:00</published><updated>2010-04-28T11:35:25.949-07:00</updated><title type='text'>LOS CONSEJOS DE NANCY KRESS</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/S9h_4wkQCnI/AAAAAAAAAD4/Mn1GG4oLKSY/s1600/nancy_kress.jpg"&gt;&lt;img style="float: right; margin: 0pt 0pt 10px 10px; cursor: pointer; width: 320px; height: 263px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/S9h_4wkQCnI/AAAAAAAAAD4/Mn1GG4oLKSY/s320/nancy_kress.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5465258760900446834" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;ol&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;Escribe                regularmente. Si no tienes mucho tiempo,  escribe al menos cinco                minutos por día.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;Escribe el                tipo de ficción que amas leer.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;No esperes a                la inspiración para comenzar.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;Escribir es                reescribir. Siempre.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;Escucha todas                las críticas con la mente bien  abierta.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;Lee todo lo                que puedas. Y más también.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;No sigas las                tendencias en boga. Cuenta las  historias que desees y como desees.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;Dedica                especial atención al primer párrafo. El  que pega primero, pega dos                veces.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;Trata de                “convertirte” en tus personajes mientras  los escribes.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;&lt;em&gt;No te                desanimes ante un rechazo. Al noventa por ciento  de los escritores más                exitosos les dijeron al menos una  vez que se dedicaran a otra                cosa.&lt;/em&gt;&lt;/li&gt;&lt;/ol&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-3364334419725309469?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/3364334419725309469/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/04/los-consejos-de-nancy-kress.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/3364334419725309469'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/3364334419725309469'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/04/los-consejos-de-nancy-kress.html' title='LOS CONSEJOS DE NANCY KRESS'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/S9h_4wkQCnI/AAAAAAAAAD4/Mn1GG4oLKSY/s72-c/nancy_kress.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-635104374975828933</id><published>2010-04-21T18:01:00.000-07:00</published><updated>2010-04-21T18:34:58.538-07:00</updated><title type='text'>EL TALLER DESDE ADENTRO: está sección está dedicada a dar a conocer los trabajos de los participantes en el Taller de Escritura Creativa.</title><content type='html'>Uno de los ejercicios de la &lt;span style="font-weight: bold;"&gt;clase 28&lt;/span&gt;, sobre el manejo del tiempo en la narrativa.&lt;br /&gt;Con ustedes: &lt;span style="font-weight: bold; font-style: italic;font-size:130%;" &gt;Mariana Saccone&lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:130%;" &gt;:&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style=";font-family:georgia;font-size:130%;"  &gt;&lt;br /&gt;Escribí un relato de 1500 palabras como mínimo utilizando:&lt;br /&gt;• Retrospección.&lt;br /&gt;• Prospección.&lt;br /&gt;• Aceleración. (resumen).&lt;br /&gt;• Desaceleración. (escena).&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Como cada mañana, Isabelle Larriqueta había salido a caminar con su perro Lampreas, un bull dog atigrado de aspecto feroz y corazón de niño, que estaba con ella desde que era un cachorrito del tamaño de su mano. Había amado su compañía cada día de su nueva vida sola, en ese departamento que, una vez alquilado y amoblado a medias, ya no le resultó tan atractivo. Su vida de mujer independiente fue más fácil gracias a este montoncito de pelo con carita de malo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían ido al parque que se veía desde el comedor de su hogar, ubicado en el sexto piso. Esta vez lo sacaría sin su correa ya que, en una mala maniobra, ésta había caído por la ventana  de la pequeña cocina, enganchada del trapo con el que limpiaba el vidrio. Sólo demoró en bajar el tiempo que le llevó abrigarse para encontrarse con que ésta había desaparecido, quizás arrastrada por el mordiente viento que asolaba el lugar, a esa hora de la mañana. Le pareció divisarla cruzando la calle, en el camino de entrada al parque Carlos Thays. Fue tras ella. Decidió que, si no era, no podía estar muy lejos, sería extraño que alguien levantara algo así de la vereda o del pavimento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Iba caminado sin prisa por el sendero del oeste, dando forma a sus ideas sobre la nueva campaña publicitaria que le había tocado en suerte, cuando vio algo que la dejó sorprendida, más bien estupefacta. Un caballero alto, de buen porte, con un sobretodo azul marino, contemplaba con un amor que se adivinaba en sus ojos claros y en su sonrisa suave, a una mujer que estaba en penumbras, a la sombra de un carolino. Una segunda mirada le bastó para darse cuenta de que conocía al enamorado, era su tío Ernesto, el más agradable y cariñoso de sus tíos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde su posición no alcanzaba a ver a la mujer que se encontraba refugiada entre sus brazos, pero era seguro que no era su esposa. No, de ninguna forma él la miraría de esa manera, ni ella permitiría que la abrazase en público. Él acariciaba el pelo de la dama con dulzura y suavidad, poniendo en ese gesto todo su amor de hombre, lo que le confería una sensación de intimidad a la escena que dejaba de lado a todo lo que no fueran ellos dos. De más está decir que Isabelle intentó con todas sus fuerzas satisfacer su curiosidad, mirando a hurtadillas una y otra vez, tratando de no ser vista. Ellos no se daban cuenta de su presencia, escondidos como estaban detrás de ese frondoso árbol. Pero, al final, con asombro y desaprobación vio de quién se trataba. No podía creerlo, eso no podía estar pasando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se había enterado así, sólo unos pocos días atrás, de la secreta relación que Julia mantenía con su amante prestado, un hombre dulce, de mirada firme y sonrisa fácil que, a la sazón, era el marido de Cristina, la hermana de su madre. Una persona que había hecho del trabajo, el principal aliciente de su vida y que sólo se dirigía a su casa cuando tenía que hacerlo. De sobra sabía Isabelle que se trataba de una mujer fría, calculadora, amargada, que no había hecho feliz a nadie durante toda su vida. Que, aunque se jactara de tener unos hijos educados, estudiosos, buenos cristianos y un marido trabajador y piadoso, nunca había dado a su casa la calidad de hogar. Su resentimiento y envidia la habían ido separando poco a poco de sus padres y sus hermanos. Tampoco tenía amigos, salvo que pudieran contarse como tales, los que trabajaban con ella en las causas de la iglesia. Su familia estaba más que nada regida por prohibiciones y mandatos, su idea dominante era que sólo lo obtenido con sacrificio agradaba a Dios, por lo tanto era válido. Tenía ideas formadas sobre todo, era prejuiciosa y mezquina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien todo esto era cierto, era muy débil como atenuante para lo que acababa de saber.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, no podía sacarse de la cabeza la imagen compungida de aquella mujer que había sido como su madre cuando tanto la había necesitado. El hecho de tener una que, aunque vivera con ella, nunca estaba disponible, no hacía más que aumentar la sensación de desamparo con la que le tocó crecer hasta que  Julia hizo su aparición en esa casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue un día de agosto, tarde, cuando Isabelle se disponía a acostarse después de saludar a la familia. Sonó el timbre y todos se preguntaron con un poco de temor, quién podría ser a esas horas. Su padre salió a atender y se encontró con una de las empleadas de la boutique que Matilde tenía en el centro de la ciudad. Ella preguntaba por  la señora, con la cara desencajada por el miedo. Entró avergonzada y contó que había sido desalojada de su pensión y no tenía adonde ir. Su familia vivía lejos y todas sus cosas habían quedado allí hasta que abonara la renta que debía. Adeudaba tres meses y no podría pagarlos sin haber cobrado, para lo que faltaban aún siete días.&lt;br /&gt;El señor y la señora Larriqueta le dijeron que esa semana podría quedarse con ellos, tenían una habitación desocupada en el altillo que le prestarían con gusto.&lt;br /&gt;Así fue como Isabelle conoció a esta mujer que en poco tiempo se le hizo tan querida. Era una persona dulce, colaboradora, alegre, que disfrutaba conversar y jugar con los niños. Se notaba que florecía al sentirse parte de una familia. Durante esos días, preparaba el desayuno que  compartía con Isabelle y juntas tomaban el ómnibus hacia el colegio, en donde se bajaba, aunque luego tuviera que caminar seis cuadras para llegar a su lugar de trabajo. Por la tarde, llegaba cuando ya había tomado la merienda y la ayudaba con las tareas escolares, un jlujo con el que nunca ella había contado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasó la semana, había llegado el momento de la despedida, lo que entristecía bastante a todos, pero especialmente a la niña, que le había tomado tanto cariño. Después de consultarlo entre ellos, el señor y la señora Larriqueta ofrecieron a Julia quedarse un mes más, así podría ahorrar un poco para saldar su deuda. Lo mismo pasó al mes siguiente y ya nunca más se volvió a hablar del tema. Julia pasó a formar parte de la familia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasaron los años y ya nadie se acordó más de que ella no fuera una Larriqueta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mucho tiempo y mucha vida después, Isabelle no había podido quedarse con la   duda y había corrido a Julia, como tantas veces en su vida, a que ella le negara terminantemente lo que habían visto sus ojos incrédulos. Pero nada más obtuvo de su querida amiga una mirada avergonzada, de ojos brillantes, que amenazaban con desbordarse. No fueron necesarias palabras, estaba todo dicho.  Un gemido de asombro y una mirada desaprobadora brotó de esos ojos que la mujer había limpiado tantas veces, al consolarla de los golpes y sinsabores de la niñez. Fueron esos ojos los que, enojados, miraron para otro lado como castigándola por lo que había hecho. Se alejó como impulsada por un resorte invisible con una mueca de rechazo en la boca que provocó en  Julia un dolor infinito. Sólo atinó a salir, casi corriendo, dejándola desolada, herida y abochornada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La había ofendido mucho y ahora se sentía avergonzada. Cualquier actitud que esa buena mujer hubiera tenido, le parecía poco en comparación a todo lo que, desde su niñez, había hecho por ella. Se abofetearía a sí misma de poder hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La presión que su nuevo jefe estaba ejerciendo en ella la mantenía tensa y preocupada todo el día haciéndole reaccionar de una manera exagerada, dejando sus impulsos y sus emociones a flor de piel. Había reaccionado mal, sin darle a ella la oportunidad de hablar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Finalmente, con el corazón en un puño, había acudido a escuchar de boca de su amiga, lo que ella tuviera para decirle. Se enteró así, de que esa relación había comenzado por accidente, en una oportunidad en que Julia había ido a cuidar a sus hijos mientras Cristina se dirigía a la reunión de la parroquia y Ernesto trabajaba hasta tarde. El hecho fue que hubo en la oficina de éste  un corte de luz que impidió que siguiera con sus escritos como había programado y volvió a su casa antes de tiempo. Allí estaba ella, que ya había acostado a los niños y se ofreció calentarle el asado con papas al horno que había hecho para ellos. Comieron juntos y se quedaron conversando hasta que Cristina llegó de su reunión. Allí descubrieron el placer mutuo de esos momentos compartidos. A los pocos días era el cumpleaños de ella y Ernesto la llamó para saludarla, en ese momento se enteró que comería sola esa noche y le ofreció  acompañarla. A partir de allí comenzaron las llamadas a escondidas, los engaños y la revelación del amor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían pasado unos meses, cuando decidieron que no querían seguir viviendo eso tan importante en sus vidas, como algo oscuro y sucio. Preferían que Cristina supiese la verdad para acabar con tantas mentiras y poder iniciar así una vida juntos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ernesto se armó de valor para enfrentar a su temible esposa, que jamás podría entender lo que les había pasado. Descontaba gritos, recriminaciones y la promesa de un infierno eterno. Lo que encontró fue a una mujer demolida, que sabía lo que pasaba casi desde el principio, pero estaba aterrorizada de que ese momento llegara."&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-635104374975828933?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/635104374975828933/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/04/el-taller-desde-adentro.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/635104374975828933'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/635104374975828933'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2010/04/el-taller-desde-adentro.html' title='EL TALLER DESDE ADENTRO: está sección está dedicada a dar a conocer los trabajos de los participantes en el Taller de Escritura Creativa.'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-4152360639076048136</id><published>2009-12-08T09:27:00.000-08:00</published><updated>2009-12-08T09:32:19.909-08:00</updated><title type='text'>DIEZ PALABRAS QUE MARCARON LA OBRA DE ROA BASTOS</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sx6NlbEtDwI/AAAAAAAAADw/RGAlhPKZh2c/s1600-h/arb.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 200px; height: 134px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sx6NlbEtDwI/AAAAAAAAADw/RGAlhPKZh2c/s200/arb.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5412919476208078594" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EXILIO:&lt;br /&gt;“En este largo exilio [de casi 50 años debido a la dictadura militar en Paraguay] hice toda mi obra”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;LITERATURA:&lt;br /&gt;"La literatura es capaz de ganar batallas contra la adversidad sin más armas que la letra y el espíritu, sin más poder que la imaginación y el lenguaje. No es entonces la literatura un mero y solitario pasatiempo para los que escriben y para los que leen, separados y a la vez unidos por un libro, sino también un modo de influir en la realidad y de transformarla con las fábulas de la imaginación que en la realidad se inspiran. Es la primera gran lección de las obras de Cervantes".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;ESCRITOR:&lt;br /&gt;"De Cervantes aprendí a evitar la facilidad de ser un escritor profesional, en el sentido de un productor regular de textos; a escribir menos por industria que por necesidad interior, menos por ocupar espacio en la escena pública que por mandato de esos llamados hondos de la propia fisiología creativa que parecieran trabajar por fotosíntesis, como en la naturaleza. ¿Serán estos llamados los que también a veces por soberbia desoímos?"&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;MADUREZ:&lt;br /&gt;"De todos modos no están sujetos estos llamados a la puntual regularidad de las estaciones de cualquier especie que fueren, sino a los centros de luz y de calor de cada época de la vida; a la madurez de cada etapa en la literatura de un autor. Entre estos momentos creativos intermitentes del escritor no profesional se interponen los obstáculos del propio vivir, los imperativos de la subsistencia".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;VACÍO:&lt;br /&gt;"Hay también esos vacíos interiores, esos silencios tenaces que pueden durar toda una vida, puesto que se confunden con ella; silencios involuntarios, eclipses de la voluntad, visitados siempre por el remordimiento de una culpa no elegida, pero tampoco ineludible".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;OFICIO:&lt;br /&gt;"A causa de estas alternativas involuntarias, no puedo considerarme más que un artesano. Lo que también es mucho decir. Un artesano entregado, cuando puede al oficio de modelar en símbolos historias fingidas, relatos a medias inventados; historias imaginarias de sueños reales, de lejanas y recurrentes pesadillas".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;EXISTENCIA:&lt;br /&gt;"Estas incursiones de la escritura tratan de penetrar lo más profundamente posible bajo la piel del destino humano, de las experiencias vividas, del siempre renovado enigma de la existencia, creando su propia realidad sin perder por ello su carácter imaginario de "historias fingidas", como decía Cervantes, de las que él mismo escribía".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;REALIDAD:&lt;br /&gt;"Escribir un relato no es describir la realidad con palabras, sino hacer que la palabra misma sea real. Únicamente de este modo la palabra real puede crear los mundos imaginarios de la fábula".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;FANTASÍA:&lt;br /&gt;"Esta combinatoria de espejos [en referencia a Don Quijote de la Mancha] nos muestra, en la primera novela de los tiempos modernos, la escena dentro de la escena: Don Quijote va a la imprenta a ver cómo salen en letras de molde sus próximas aventuras. Innumerables figuras atraviesan los espejos y funden la ficción con la realidad en el azogue verberante de la fantasía".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PERSONAJES:&lt;br /&gt;"De allí salen, sin embargo, esos personajes, tan reales, a quienes uno siente que podría darles la mano en cualquier esquina del universo. Mirar las cosas del revés es como mirarlas al trasluz de la propia vida interior, llena de ojos invisibles pero visionarios. Mirar las cosas del revés, pero en su justo derecho, es lo que supo hacer Cervantes".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuente: &lt;br /&gt;Fragmentos del discurso de Roa Bastos en la entrega del Premio Cervantes de las Letras en 1989.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-4152360639076048136?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/4152360639076048136/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/12/diez-palabras-que-marcaron-la-obra-de.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/4152360639076048136'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/4152360639076048136'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/12/diez-palabras-que-marcaron-la-obra-de.html' title='DIEZ PALABRAS QUE MARCARON LA OBRA DE ROA BASTOS'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sx6NlbEtDwI/AAAAAAAAADw/RGAlhPKZh2c/s72-c/arb.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-1113926754106411150</id><published>2009-10-17T20:38:00.000-07:00</published><updated>2009-10-18T07:51:45.744-07:00</updated><title type='text'>TIENE LA PALABRA: TRUMAN CAPOTE</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/StsrUvs5_YI/AAAAAAAAADo/i3lMetML2TI/s1600-h/truman_capote_by_irving_penn_new_yo.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 197px; height: 200px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/StsrUvs5_YI/AAAAAAAAADo/i3lMetML2TI/s200/truman_capote_by_irving_penn_new_yo.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5393952614108495234" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Mi vida – como artista, por lo menos – puede ser proyectada en un gráfico con la misma precisión que una fiebre, registrándose altos y bajos, ciclos específicamente definidos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comencé a escribir a los ocho años, inesperadamente, sin la inspiración de un modelo. No conocía a nadie que escribiera. En realidad, apenas si conocía a alguien que leyera. El hecho era que sólo cuatro cosas me interesaban: leer, ir al cine, zapatear y dibujar. Luego, un día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero, naturalmente, yo no lo sabía. Yo escribía historias de aventuras, novelas policiales, escenas cómicas, cuentos que me había narrado ex esclavos y veteranos de la Guerra Civil. Me divertía muchísimo, al principio. Dejé de divertirme cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte. Una diferencia sutil, pero feroz. Después de eso, cayó el látigo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así como algunas personas practicaban el piano o el violín cuatro y cinco horas diarias, yo practicaba con mis lapiceras y papeles. Sin embargo, no mostraba a nadie lo que hacía. Si alguien me preguntaba en qué estaba ocupado todo ese tiempo, les decía que con mis tareas escolares. En realidad, nunca hacía tareas escolares. Las literarias me mantenían totalmente ocupado: se trataba de mi aprendizaje en el altar de la técnica, del oficio, de las endiabladas complicaciones de la división en párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo, para no mencionar el gran diseño total, el gran arco que exige comienzo, medio y final. Había que aprender, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de la pintura, de la mera observación cotidiana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, lo más interesante que escribí en ese tiempo fueron las simples observaciones cotidianas que asentaba en mi diario. Descripciones de un vecino. Largas transcripciones literales de conversaciones oídas. Chismes locales. Un tipo de reportaje, un estilo de “ver” y “oir” que más adelante influiría seriamente en mí, aunque entonces no me daba cuenta, pues todo lo “formal” que escribía, lo que pulía y pasaba cuidadosamente a máquina, era más o menos ficticio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya a los diecisiete años era un escritor consumado. De ser pianista, ese hubiera sido el momento propicio para el primer concierto en público. Siendo escritor, decidí que era el momento de publicar. Envié cuentos a las principales publicaciones literarias y a las revistas de distribución nacional, que en aquellos días publicaban los cuentos de mayor “calidad”, como Story, The New Yorker, Harper’s Bazaar, Mademoiselle, Harper’s, Atlantic Monthly. Mis cuentos aparecieron, puntualmente, en las mismas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego, en 1948, publiqué una novela: Otras voces, otros ámbitos. Fue bien recibida por la crítica y resultó un best seller. También, debido a una exótica fotografía de su autor en la contratapa, fue el comienzo de una cierta notoriedad que me ha perseguido todos estos años. En realidad, muchas personas han atribuido el éxito comercial de la novela a la foto. Otros restaron importancia al libro, como si se tratara de un extraño accidente: “Sorprendente que alguien tan joven pueda escribir tan bien”. ¿Sorprendente? ¡Sólo hacía catorce años que escribía, día tras día! En general, la novela fue una conclusión satisfactoria del primer ciclo de mi desarrollo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una novela corta, Desayuno en Tiffany’s, concluyó el segundo ciclo en 1958. Durante diez años experimenté con casi todos los estilos y formas literarios, intentando dominar una variedad de técnicas, lograr un virtuosismo tan fuerte y flexible como la red de un pescador. Por supuesto, fracasé en varias de las áreas que ensayé, pero es verdad que uno aprende más del fracaso que del éxito. Así fue en mi caso, y más adelante pude aplicar con gran provecho lo que aprendí. De todos modos, durante esa década de exploración escribí colecciones de cuentos cortos (Un árbol nocturno, Recuerdo de Navidad), ensayos y retratos (Color local, Observaciones, la obra contenida en Los perros ladran), obras de teatro (El arpa de hierba, Casa de flores), libretos para películas (Beat the Devil, The Innocents), y una enormidad de reportajes, la mayoría para The New Yorker.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En realidad, desde el punto de vista de mi destino creativo, lo más interesante que hice durante toda esta segunda fase apareció primero en The New Yorker como una serie de artículos, y posteriormente en un libro titulado Se oyen las musas. El tema era el primer intercambio cultural entre la Unión Soviética y los Estados Unidos: una gira hecha por Rusia, en 1955, por una serie de negros norteamericanos que representaban Porgy and Bess. Concebí toda la aventura como una breve novela cómica “verídica”, la primera de todas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Unos años antes, Lillian Ross había publicado Picture, su historia de la filmación de una película, The Red Badge of Corage. Con sus rápidos cortes, las escenas retrospectivas o anticipatorios, era, en sí, como una película, y mientras la leía me preguntaba qué pasaría si la autora abandonara su dura disciplina lineal de reportaje directo y tratara el material como su fuera una novela: ¿ganaría o perdería el libro? Decidí ver qué pasaba, cuando se me presentara el tema apropiado. Porgy and Bess en Rusia, en pleno invierno, me pareció apropiado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se oyen las musas recibió críticas excelentes; incluso fue elogiada por medios generalmente poco benévolos conmigo. Aun así, no llamó especialmente la atención, y las ventas fueron moderadas. Sin embargo, el libro fue un acontecimiento importante para mí: mientras lo escribía, me di cuenta de que podría haber hallado solución a lo que siempre había sido mi mayor dilema creativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde hacía muchos años me sentía atraído hacia el periodismo como una forma de arte en sí mismo, por dos razones: primero, porque me parecía que nada verdaderamente innovador se había producido en la prosa, o en la literatura en general, desde la década de 1920, y segundo porque el periodismo como arte era casi terreno virgen, por la sencilla razón de que muy pocos escritores se dedicaban al periodismo y, cuando lo hacían, escribían ensayos de viaje o autobiografías. Se oyen las musas me hizo pensar de una manera totalmente distinta. Yo quería escribir una novela periodística, algo en mayor escala que tuviera la verosimilitud de los hechos reales, la cualidad de inmediato de una película cinematográfica, la profundidad y libertad de la prosa y la precisión de la poesía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sólo en 1959 un misterioso instinto dirigió mis pasos hacia el tema –un oscuro caso de asesinato en una región aislada de Kansas- y finalmente, en 1996, pude publicar el resultado: A sangre fría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un cuento de Henry James, creo que The Middle Years, el protagonista, que es un escritor en las sombras de la madurez, se lamenta: “Vivimos en la oscuridad, hacemos lo que podemos; el resto es la locura del arte”. Dice esto, más o menos. De todos modos, James habla con toda franqueza, nos dice la verdad. Lo más oscuro de la oscuridad, lo peor de la locura, es el inexorable riesgo que entraña. Los escritores, al menos los que están dispuestos a correr verdaderos riesgos, los que se aventuran a todo, tienen mucho en común con otra raza de solitarios: los que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes. Muchos pensaron que estaba loco al pasar seis años recorriendo las llanuras de Kansas; otros rechazaron mi concepción de la “novela verídica”, decretándola indigna de un escritor “serio”. Norman Mailer la describió como “un fracaso de la imaginación”, queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir sobre algo imaginario y no sobre algo real.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sí, fue como jugar al poker con apuestas altísimas. Durante seis largos años, en que sentí los nervios desquiciados, no supe si tenía o no un libro. Fueron largos veranos y helados inviernos, pero y seguía firme ante la mesa de juego, jugando la mano lo mejor posible. Luego, resultó que sí tenía un libro. Varios críticos se quejaron que “la novela no ficticia” era un término para llamar la atención, un fraude, y que no había nada de nuevo ni original en lo que yo había hecho. Otros, sin embargo, opinaron de manera distinta. Se dieron cuenta del valor de mi experimento y pronto lo pusieron en práctica. Nadie fue más rápido que Norman Mailer, que ganó mucho dinero y obtuvo muchos premios con sus novelas no ficticias (Los Ejércitos de la Noche, Of a Fire on the Moon, La Canción del Verdugo), si bien ha tenido mucho cuidado en no describirlas nunca como “novelas verídicas”. No importa: es un buen escritor y un gran tipo, y estoy agradecido por haber podido hacerle un pequeño favor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La zigzagueante línea en el gráfico de mi reputación como escritor alcanzó una altura saludable, y allí la dejé un tiempo antes de pasar a mi cuarto ciclo, que supongo será el último. Durante cuatro años, aproximadamente entre 1968 y 1972, me dediqué a leer, seleccionar, corregir y clasificar mis propias cartas, las de otras personas, mis diarios (que contienen descripciones detalladas de cientos de escenas y conversaciones) correspondientes al período 1943-1965. Tenía la intención de utilizar gran parte de ese material en un libro que planeaba desde hacía años: una variante de la novela verídica. Lo titulé Answered Prayers (Plegarias escuchadas), que es una cita de Santa Teresa, quien dijo: “Se derraman más lágrimas por plegarias escuchadas que no escuchadas”. Comencé a trabajar en este libro en 1972, escribiendo primero el último capítulo (siempre es bueno saber adónde va uno). Luego escribí el primero, “Monstruos no malcriados”, después el quinto, “Un severo insulto al cerebro”, a continuación el séptimo, “La côte basque”. Proseguí de esta forma, escribiendo distintos capítulos fuera de secuencia. Pude hacerlo porque el argumento –o argumentos, más bien- eran verídicos, y todos los personajes, reales. No era difícil recordarlo todo, pues no había inventado nada. Sin embargo, no fue mi intención escribir un roman à clef, ese género en que los hechos se disfrazan de ficción. Mis intenciones eran lo opuesto: quitar los disfraces, no fabricarlos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1975 y 1976 publiqué cuatro capítulos del libro en la revista Esquire. Esto enojo en ciertos círculos, en los que se tuvo la sensación de que yo estaba traicionando confidencias, maltratando a amigos y / o a enemigos. No quiero discutir esto; se trata de política social y no de mérito artístico. Diré solamente que todo lo que tiene el escritor para trabajar es el material que ha reunido como resultado de su propio esfuerzo y de sus observaciones, y no se le puede negar el derecho de usarlo. Se podrá condenar su uso, pero no negárselo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obstante, interrumpí Answered Prayers en setiembre de 1977, hecho que nada tuvo que ver con la reacción pública recibida por las partes ya publicadas. La interrupción se debió a que yo estaba pasando un momento terrible: atravesaba una crisis creativa y personal al mismo tiempo. Como la faz personal no estaba relacionada, excepto muy tangencialmente, con la creativa, sólo es necesario referirme al caos creativo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A pesar de que fue un verdadero tormento, ahora me alegro de que haya ocurrido. Después de todo, alteró mi concepción total de la literatura, mi actitud hacia el arte, la vida, el equilibrio entre ambos y mi comprensión de la diferencia entre lo verdadero y lo realmente verdadero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Por empezar, creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, recargan las tintas. Yo prefiero aligerarlas, usar un estilo simple y cristalino como un arroyo de campo. Descubrí que mi estilo se volvía demasiado denso, que me llevaba tres páginas conseguir efectos que debería lograr en un solo párrafo. Volví a leer y a releer todo lo que había escrito en Answered Prayers, y empecé a tener dudas, no acerca del material o de mi enfoque, sino de la textura del estilo. Releí A sangre fría y tuve la misma reacción: en muchas partes el estilo no era tan bueno como debería ser, y no liberaba todo el potencial. Lentamente, con una alarma que iba en aumento, volví a leer que nunca, ni una sola vez en mi carrera de escritor, había explotado toda la energía ni toda la excitación estética contenidas en el material. Me di cuenta de que, hasta en las mejores partes, trabajaba con la mitad, e incluso un tercio, de las posibilidades que tenía. ¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La respuesta, que me fue revelada después de meses de meditación, era sencilla pero no muy satisfactoria. No hizo nada, por cierto, para disminuir mi depresión. Por el contrario, la empeoró. La respuesta creaba un problema aparentemente insoluble y, si no podía solucionarlo, mejor era dejar de escribir. El problema era el siguiente: ¿cómo puede un escritor combinar con buen resultado dentro de una sola forma –digamos el cuento- todo lo que sabe de todas las otras formas literarias? Pues a esto se debía el que mi obra estuviera, a menudo, iluminada insuficientemente: el voltaje existía, pero al restringirme a las técnicas de la forma en la que escribía en ese momento, no utilizaba todo lo que sabía del arte de escribir, todo lo que había aprendido de libretos, obras de teatro, reportajes, poesías, cuentos, nouvelles, novelas. Un escritor debía tener a su disposición, sobre su paleta, todos los colores, todas las habilidades para poderlos combinar y, cuando fuera apropiado, aplicar simultáneamente. La pregunta era: ¿cómo?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Retomé Answered Prayers. Descarté un capítulo y volví a escribir tros dos. Mejor, decididamente, mucho mejor. Pero la verdad era que debía volver al jardín de infantes. Allí estaba, otra vez, frente a una mesa de juego, aunque excitado, pues me sentía iluminado por un sol invisible. Aun así, mis primeros experimentos fueron torpes. Me veía como a un niño con una caja de lápices de colores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde el punto de vista técnico, la mayor dificultad que tuve al escribir A sangre fría fue no participar. Por lo general, el periodista tiene que entrar en la obra como personaje, como observador testigo, si es que quiere mantener el libro dentro del plano de lo verosímil. Yo sentía que era esencial, para el tono aparentemente objetivo del libro, que el autor permaneciera ausente. En realidad, en todos mis reportajes, siempre intenté mantenerme lo más invisible que fuera posible.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, sin embargo, me coloqué en el centro del escenario y empecé a reconstruir, de una manera severa y mínima, conversaciones cotidianas con personas comunes: el encargado de mi edificio, un masajista en el gimnasio, un viejo compañero de escuela, mi dentista. Después de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo. Había descubierto un marco dentro del cual podía asimilar todo lo que sabía del arte de escribir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Más tarde, utilizando una versión modificada de esta técnica, escribí una nouvelle verídica (Féretros tallados a mano) y una cantidad de cuentos. El resultado es el presente volumen, Música para camaleones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Cómo ha afectado todo esto al resto de mi obra en preparación, Answered Prayers? Considerablemente. Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura, completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que Dios me dio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;CAPOTE, Truman, Prefacio de Música para camaleones, RBA Editores, Barcelona, 1994, pág. 5.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-1113926754106411150?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/1113926754106411150/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/10/tiene-la-palabra-truman-capote.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/1113926754106411150'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/1113926754106411150'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/10/tiene-la-palabra-truman-capote.html' title='TIENE LA PALABRA: TRUMAN CAPOTE'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/StsrUvs5_YI/AAAAAAAAADo/i3lMetML2TI/s72-c/truman_capote_by_irving_penn_new_yo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-2748815173876184888</id><published>2009-10-06T08:18:00.000-07:00</published><updated>2009-10-06T08:25:07.126-07:00</updated><title type='text'>LOS SEIS CONSEJOS DE JOHN STEINBECK</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsthSX9HK-I/AAAAAAAAADY/eT0yDBA87GA/s1600-h/LAS+UVAS+DE+LA+IRA.JPG"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;width: 139px; height: 215px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsthSX9HK-I/AAAAAAAAADY/eT0yDBA87GA/s320/LAS+UVAS+DE+LA+IRA.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5389508347374808034" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsthMCDPB8I/AAAAAAAAADQ/FiZcHlbZ9gA/s1600-h/JOHN.JPG"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 179px; height: 215px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsthMCDPB8I/AAAAAAAAADQ/FiZcHlbZ9gA/s320/JOHN.JPG" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5389508238415693762" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;1) Abandona la idea de que terminarás algún día. Pierde la cuenta de las 400 páginas y escribe una página diaria, eso ayuda. Después, cuando hayas terminado, siempre te sorprenderás. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;2) Escribe libremente y tan rápido como sea posible, echando todo el papel. No corrijas o reescribas hasta que hayas escrito todo el libro. Las correcciones hechas durante el principio de la creación son, por lo general, excusas para no seguir adelante. Además, influyen en el flujo y el ritmo, que solo pueden ser fruto de una especie de asociación inconsciente con el tema. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;3) Olvida a tu auditorio general. Primero, ese auditorio anónimo y sin rostro te atemorizará terriblemente y, segundo, a diferencia del teatro, ese auditorio no existe. Al escribir, tu auditorio es un lector único; he descubierto que a veces resulta útil escoger a una persona: una persona real a la que conoces o una persona imaginaria y escribir dirigiéndose a ella. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;4) Si una escena o parte te parece difícil y aun así piensas que la quieres incluir, déjala y continúa. Cuando termines de escribir la totalidad podrás regresar y quizá encuentres que había presentado tantas dificultades porque no se encontraba en su lugar. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;5) Desconfía de una escena que te guste demasiado, más que las otras. Por lo general resulta ser una imposición. &lt;br /&gt; &lt;br /&gt;6) Si escribes diálogos, repítelos en voz alta a medida que los vayas escribiendo. Sólo entonces obtendrás el sonido del diálogo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-2748815173876184888?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/2748815173876184888/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/10/los-seis-consejos-de-john-steinbeck.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/2748815173876184888'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/2748815173876184888'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/10/los-seis-consejos-de-john-steinbeck.html' title='LOS SEIS CONSEJOS DE JOHN STEINBECK'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsthSX9HK-I/AAAAAAAAADY/eT0yDBA87GA/s72-c/LAS+UVAS+DE+LA+IRA.JPG' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-6945368284257720641</id><published>2009-10-01T09:17:00.001-07:00</published><updated>2009-10-01T09:19:05.910-07:00</updated><title type='text'>EL MÉTODO DE TRABAJO DE CLAUDIA PIÑEIRO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsTWcduKXYI/AAAAAAAAADI/Co_NzCdgls4/s1600-h/pineiro_claudia.gif"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 266px; height: 271px;" src="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsTWcduKXYI/AAAAAAAAADI/Co_NzCdgls4/s320/pineiro_claudia.gif" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5387666838744882562" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsTWUS3c5BI/AAAAAAAAADA/Jx3ZE3dl0qI/s1600-h/Viudas.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 194px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsTWUS3c5BI/AAAAAAAAADA/Jx3ZE3dl0qI/s320/Viudas.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5387666698392101906" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“En mi caso, lo primero es una imagen que se va cargando de sentido a medida que se pone en movimiento a través del lenguaje y la escritura. Y en esa situación empezás a darles vida, sustento, cuerpo y un montón de cosas a los personajes.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La imagen tiene que estar mucho tiempo en la cabeza. Mauricio Kartún, que fue mi maestro de dramaturgia, me hacía escribir un pequeño resumen de la obra, de cuatro renglones, y dejarlo macerar. A las semanas se va cargando de muchas cosas. A veces se empieza a escribir inmediatamente y otras pasa un tiempo hasta que tiene un cuerpo como para que uno diga ‘ya estoy para lanzarme’.” &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Amos Oz plantea que cuando uno empieza una novela se hace un contrato, se planta un mundo y se dice: ‘Esto es lo que te voy a contar’. Lo que sigue tiene que honrar ese contrato. Esa imagen es fundacional y se es libre sólo en términos de ese mundo.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Escribir es un trabajo. Pensar que es un momento de inspiración, y que si no estás inspirado no se puede, es una fantasía de los que no escriben. Se pasa mucho tiempo escribiendo. A veces sirve, y otras hay que tirarlo. A veces no se te ocurre nada, entonces corregís. Pero siempre es un proceso en función de un trabajo. Hay ciertos momentos en los que cierta inspiración puede dar un toque que lo haga más interesante para el que lo lea. Pero el trabajo de la novela es de todos los días.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Vivo con mis tres hijos, y uno aprende a escribir en esa situación. Hay un cuento de Raymond Carver en el que hay una mujer que trabaja en una hotline y acaba de tener un bebé. Entonces está dándole el pecho al nene mientras, por teléfono, dice las cosas que tiene que decir. Y yo a veces estoy escribiendo, pasa por atrás uno de mis hijos y yo quizás estoy matando a un personaje, y me siento como esa mujer. En general escribo en la cocina, que es mi lugar favorito. Y trabajo desde las ocho de la mañana hasta las cuatro y media de la tarde, cuando los chicos vuelven del colegio.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Soy muy obsesiva y me costaría escribir sin saber adónde quiero ir. Lo que me sucedió con las tres novelas es que los finales supuestos que tenía se fueron modificando porque cuando vos empezás a darles vida a esos personajes, lo que ellos hacen a lo largo de la novela no te permite que terminen como te habías propuesto.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fuente: &lt;br /&gt;www.criticadigital.com&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-6945368284257720641?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/6945368284257720641/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/10/el-metodo-de-trabajo-de-claudia-pineiro.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/6945368284257720641'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/6945368284257720641'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/10/el-metodo-de-trabajo-de-claudia-pineiro.html' title='EL MÉTODO DE TRABAJO DE CLAUDIA PIÑEIRO'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SsTWcduKXYI/AAAAAAAAADI/Co_NzCdgls4/s72-c/pineiro_claudia.gif' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-7531924172924235754</id><published>2009-09-01T13:10:00.000-07:00</published><updated>2009-09-01T14:16:44.976-07:00</updated><title type='text'>LA LECCIÓN DEL MAESTRO: LOS CLÁSICOS SEGÚN ÍTALO CALVINO</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sp2PGeo-mKI/AAAAAAAAACw/RYGMA3_J_mA/s1600-h/italo.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;width: 320px; height: 279px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sp2PGeo-mKI/AAAAAAAAACw/RYGMA3_J_mA/s320/italo.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5376610871617165474" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;"Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera."&lt;br /&gt;"Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura." &lt;br /&gt;"Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir."&lt;br /&gt;"Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres). "&lt;br /&gt;"Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima."&lt;br /&gt;"El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial). Y ésta es también &lt;br /&gt;una sorpresa que da mucha satisfacción, como la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una pertenencia. " &lt;br /&gt;"Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad."&lt;br /&gt;"Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor."&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-7531924172924235754?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/7531924172924235754/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/09/la-leccion-del-maestro-los-clasicos.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7531924172924235754'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7531924172924235754'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/09/la-leccion-del-maestro-los-clasicos.html' title='LA LECCIÓN DEL MAESTRO: LOS CLÁSICOS SEGÚN ÍTALO CALVINO'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sp2PGeo-mKI/AAAAAAAAACw/RYGMA3_J_mA/s72-c/italo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-8328477014564650823</id><published>2009-05-27T09:33:00.001-07:00</published><updated>2009-05-27T09:34:54.784-07:00</updated><title type='text'>LEER PARA ESCRIBIR 2</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sh1roLsgP0I/AAAAAAAAACg/Q1xzUfvyzI0/s1600-h/cien+a%C3%B1os+de+soledad.bmp"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;width: 210px; height: 320px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sh1roLsgP0I/AAAAAAAAACg/Q1xzUfvyzI0/s320/cien+a%C3%B1os+de+soledad.bmp" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5340543071209668418" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Gabriel García Márquez: El origen de un mundo ficticio.&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El espacio es un  elemento sumamente productivo en toda la obra de García Márquez. Cada ámbito en el que sitúa la acción da cuenta de otros aspectos. La casa implica el esplendor y la decadencia de una estirpe. Es una casa poblada de: &lt;br /&gt;a)seres fantasmales.&lt;br /&gt;b)premoniciones y supersticiones.&lt;br /&gt;En Cien Años de Soledad, la casa es el núcleo alrededor del cual gira toda la novela: punto de llegada y punto de partida.&lt;br /&gt;Su pueblo: Aracataca, donde lo más extraño era vivido por sus habitantes como lo más natural. Así, García Márquez suele contar que muchas escenas de Cien Años de Soledad provienen de anéctodas reales. Por ejemplo, la de Remedios la Bella que se eleva:&lt;br /&gt;“—¿Te sientes mal? —le preguntó.&lt;br /&gt;Remedios, la Bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.&lt;br /&gt;—Al contrario—dijo—, nunca me he sentido mejor.&lt;br /&gt;Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó con toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en las encajes de sus polleritas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la Bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la Bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella…”&lt;br /&gt;Cuenta que este episodio proviene de la respuesta dada por un padre y una madre como algo muy natural al resto del pueblo. Su hija se había ido con un hombre sin casarse y, como se sentían avergonzados frente a los vecinos, cuando alguien les preguntaba por ella, respondían: “pues… estaba en el jardín doblando unas sábanas, y de pronto se voló”; justificando así la ausencia.&lt;br /&gt;García Márquez no sólo rescata conversaciones de su mundo juvenil, sino que convierte a sus abuelos en personajes.&lt;br /&gt;a) Don Nicolás&lt;br /&gt;Primero fue combatiente y luego relator de las guerras civiles colombianas, gran proveedor de su materia narrativa. Es testigo de la época del oro, durante el auge del cultivo del banano en su pueblo.&lt;br /&gt;b) Doña Tranquilina&lt;br /&gt;Mujer crédula que le cuenta leyendas, fábulas y fabulosas mentiras evocadoras del antiguo esplendor de la región y que es el prototipo de una serie de personajes femeninos del autor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-8328477014564650823?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/8328477014564650823/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/05/leer-para-escribir-2.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/8328477014564650823'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/8328477014564650823'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/05/leer-para-escribir-2.html' title='LEER PARA ESCRIBIR 2'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Sh1roLsgP0I/AAAAAAAAACg/Q1xzUfvyzI0/s72-c/cien+a%C3%B1os+de+soledad.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-1276734256634833706</id><published>2009-04-23T10:32:00.000-07:00</published><updated>2009-04-23T10:41:23.018-07:00</updated><title type='text'>LEER PARA ESCRIBIR 1</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SfCoLAbnfhI/AAAAAAAAACY/gW5csw8ISG0/s1600-h/DON+QUIJOTE.bmp"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5327943266227158546" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 261px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SfCoLAbnfhI/AAAAAAAAACY/gW5csw8ISG0/s320/DON+QUIJOTE.bmp" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;ul&gt;&lt;br /&gt;&lt;li&gt;&lt;span style="font-size:180%;"&gt;Miguel de Cervantes: un tratado de la invención.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha&lt;/strong&gt;, de Cervantes, es la primera novela moderna. Para justificar sus novedosos procedimientos el autor explica cuáles son las leyes de la novela, da cuenta de su invención. Así, constituye para quienes escriben un verdadero ensayo de teoría literaria. Les ofrece una cantidad de pistas motivadoras y de ideas. Incita a la creación y es además un muestrario de cómo se desarrolla el humor, motor indiscutible de la ficción. Su recurso habitual es proponer o insinuar los hechos.&lt;br /&gt;Por otra parte, una característica con la que se anticipa Cervantes a su época es que dicha teoría la manifiestan los personajes y no la impone desde fuera un narrador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;Los mecanismos:&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde el prólogo, Cervantes plantea su preocupación por la composición y la estructura. Utilizando la parodia dice: &lt;em&gt;“ Muchas veces tomé la pluma… Y muchas veces la dejé, por no saber lo que escribiría…”&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;A lo largo de todo el libro insiste con el tema: la lucha que implica el proceso creativo, pero, también la felicidad.&lt;br /&gt;Va señalando sutilmente los matices que contribuyen a que el texto esté formado por narrador y lector:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el prólogo de la primera parte, Cervantes dice que Don Quijote está &lt;em&gt;“ lleno de pensamientos varios y nunca imaginados en otro alguno.”&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;En el título del capítulo XXXIII dice: &lt;em&gt;“ De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note.”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;Y en el capítulo XXVII: &lt;em&gt;“De cosas que dice Benengeli, que las sabrá quien las leyere, si las lee con atención.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/em&gt;La repetición es uno de sus mecanismos habituales. Si bien sugiere, lo hace reiterando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;strong&gt;El pretexto:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El Quijote se desencadena a partir de un pretexto: acabar con los libros de caballerías. Dice:&lt;br /&gt;&lt;em&gt;“… el se enfrascó tanto en su lectura, que se las pasaba las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros (…)”&lt;/em&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cervantes trama la novela a partir de la parodia. Enfoca en clave de humor lo que puede producir la lectura de las novelas de caballerías.&lt;br /&gt;La técnica que da lugar a la novela es la ironía. O sea:&lt;br /&gt;Para el hilo argumental no es tan importante la acción, que a veces incluso deja interrumpida, por ejemplo la aventura de Don Quijote con el vizcaíno queda suspendida precisamente cuando ambos &lt;em&gt;“ puestas las espadas en alto”&lt;/em&gt; están a punto de iniciar la contienda; lo que más importa es la técnica de la ironía.&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:130%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Los personajes:&lt;/strong&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tenemos un personaje central, Don quijote, y otro que lo acompaña, Sancho Panza. Ambos personajes están muy bien diferenciados:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;· Son singulares: están caracterizados tanto física como psicológicamente de modo diferente.&lt;br /&gt;· Son creíbles: los presenta en continúa evolución. La credibilidad la consigue, en gran medida, porque cambian hasta el punto de influir uno sobre el otro: el caballero andante retorna a la cordura, se “ sanchifica”, y el escudero está loco e incita a su amo a salir una vez más de aventuras cuando éste está a punto de morir y se niega a hacerle caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo destacable es que dicha evolución se ha dado paulatinamente, de ahí su efecto.&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-1276734256634833706?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/1276734256634833706/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/04/leer-para-escribir-1.html#comment-form' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/1276734256634833706'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/1276734256634833706'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/04/leer-para-escribir-1.html' title='LEER PARA ESCRIBIR 1'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SfCoLAbnfhI/AAAAAAAAACY/gW5csw8ISG0/s72-c/DON+QUIJOTE.bmp' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-7113711365811677915</id><published>2009-04-23T09:06:00.000-07:00</published><updated>2009-04-23T09:11:29.510-07:00</updated><title type='text'>ISABEL ALLENDE: SOBRE LA GESTACIÓN DE UN LIBRO</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SfCS6nA04dI/AAAAAAAAACI/sWIff_BXcl4/s1600-h/-la-casa-de-los-espiritus.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5327919894781813202" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 210px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SfCS6nA04dI/AAAAAAAAACI/sWIff_BXcl4/s320/-la-casa-de-los-espiritus.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;En agosto cumpliría 40 años y hasta entonces no había hecho nada realmente importante.&lt;br /&gt;¡Cuarenta! Era el comienzo de la decrepitud y no me costaba mucho imaginarme sentada en una mecedora tejiendo calceta.&lt;br /&gt;Cuando era una niña solitaria y rabiosa en la casa de mi abuelo, soñaba con proezas heroicas: sería una actriz famosa y en vez de comprarme pieles y joyas, daría todo mi dinero a un orfelinato; descubriría una vacuna contra los huesos quebrados, taparía con un dedo el hoyo del dique y salvaría otra aldea holandesa.&lt;br /&gt;Quería ser Tom Sawyer, el Pirata Negro o Sandokán, y después Shakespeare e incorporar la tragedia a mi repertorio, quería ser esos personajes espléndidos que después de vivir exagerando, morían en el último acto.&lt;br /&gt;La idea de convertirme en monja anónima se me ocurrió mucho más tarde.&lt;br /&gt;En esa época me sentía diferente a mis hermanos y a otros niños, no lograba verme como los demás, me parecía que los objetos y las personas volvían transparentes y que las historias de los libros eran más ciertas que la realidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A veces me asaltaban ratos de lucidez aterradora y creía adivinar el futuro o el pasado, mucho antes de mi nacimiento, como si todos los coincidieran simultáneamente en el mismo espacio y de través de un ventanuco que se abría por una fracción de segundo y pasaba a otras dimensiones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A los cuarenta años ya era tarde para sorpresas, mi plazo se acortaba de prisa, lo único cierto eran la mala calidad de mi vida y el aburrimiento, pero la soberbia me impedía admitirlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De los chales con flecos, las faldas largas y las flores en el pelo nada quedaba, sin embargo solía sacarlas sigilosamente del fondo de una maleta para lucirlas por unos minutos frente al espejo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran ideas razonables, de todos modos dentro de unos veinte o treinta años, una vez secas mis pasiones, cuando ya ni siquiera recordara el mal gusto del amor frustrado o del tedio, podría retirarme tranquila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese plan razonable no alcanzó a durar más de una semana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 8 de enero llamaron por teléfono de Santiago anunciando que mi abuelo estaba muy enfermo y esa noticia anuló mis promesas de buen comportamiento y me lanzó en una dirección inesperada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Tata iba ya para los cien años, estaba convertido en un esqueleto de pájaro, semiinválido y triste, pero perfectamente lúcido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando terminó de leer la última letra de la Enciclopedia Británica y aprenderse de memoria el Diccionario de la Real Academia, y cuando perdió todo interés en las desgracias ajenas de las telenovelas, comprendió que era hora de morirse y quiso hacerlo con dignidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se instaló en su sillón vestido con su gastado traje negro y el bastón entre las rodillas, invocando al fantasma de mi abuela para que lo ayudara en ese trance.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante esos años nos habíamos mantenido en contacto mediante mis cartas tenaces y sus respuestas esporádicas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Decidí escribirle por última vez para decirle que podía irse en paz porque yo jamás lo olvidaría y pensaba legar su memoria a mis hijos y a los hijos de mis hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para probarlo empecé la carta con una anécdota de mi tía - abuela Rosa, su primera novia, una joven de belleza casi sobrenatural muerta en misteriosas circunstancias poco antes de casarse, envenenada por error o por maldad, cuya fotografía en suave color sepia estuvo siempre sobre el piano de la casa, sonriendo con su inalterable hermosura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Años más tarde el Tata se casó con la hermana menor de Rosa, mi abuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde las primeras líneas otras voluntades se adueñaron de la carta conduciéndome lejos de la incierta historia de la familia para explorar el mundo seguro de la ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el viaje se me confundieron los motivos y se borraron los limites entre la verdad y la invención, los personajes cobraron vida y llegaron a ser más exigentes que mis propios hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la cabeza en el limbo cumplía doble horario en el colegio, mientras toda mi atención estaba volcada en una bolsa de lona donde cargaba las páginas que garrapateaba de noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mi cuerpo cumplía sus funciones como autómata y mi mente estaba perdida en ese mundo que nacía palabra a palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llegaba a casa cuando comenzaba a oscurecer, cenaba con la familia, me daba una ducha y luego me sentaba en la cocina o en el comedor frente a una pequeña máquina portátil, hasta que la fatiga me obligaba a partir a la cama.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribía sin esfuerzo alguno, sin pensar, porque mi abuela clarividente me dictaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A las seis de la madrugada debía levantarme para ir al trabajo, pero esas pocas horas de sueño eran suficientes; andaba en trance, me sobraba energía, como si llevara una lámpara encendida por dentro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La familia oía el golpeteo de las teclas y me veía perdida en las nubes, pero nadie hizo preguntas, tal vez adivinaron que yo no tenía respuesta, en verdad no sabía con certeza qué estaba haciendo, porque la intención de enviar una carta a mi abuelo se desdibujó rápidamente y no admití que me había lanzado en una novela, esa idea me parecía petulante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Llevaba más de veinte años en la periferia de la literatura -periodismo, cuentos, teatro, guiones de televisión y centenares de cartas- sin atreverme a confesar mi verdadera vocación; necesitaría publicar tres novelas en varios idiomas antes de poner "escritora" como oficio al llenar un formulario.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cargaba mis papeles para todas partes por temor a que se extraviaran o se incendiara la casa; esa pila de hojas amarradas con una cinta era para mí como un hijo recién nacido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día, cuando la bolsa se había puesto muy pesada, conté quinientas páginas, tan corregidas y vueltas a corregir con un liquido blanco, que algunas habían adquirido la consistencia del cartón, otras estaban manchadas de sopa o tenían añadidos pegados con adhesivo, que se desplegaban como mapas, bendita computadora, que hoy me permite corregir siempre en limpio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No tenía a quién mandar esa extensa carta, mi abuelo ya no estaba en este mundo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando recibimos la noticia de su muerte sentí una especie de alegría, eso era lo que él deseaba desde hacía años, y seguí escribiendo con más confianza, porque ese viejo espléndido se había encontrado por fin con la Memé y los dos leían por encima de mi hombro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los comentarios fantásticos de mi abuela y la risa socarrona del Tata me acompañaron cada noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El epílogo fue lo más difícil, lo escribí muchas veces sin dar con el tono, me quedaba sentimental, o bien como un sermón o un panfleto político, sabía qué quería contar, pero no sabía cómo expresarlo, hasta que una vez más los fantasmas vinieron en mi ayuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche soñé que mi abuelo yacía de espalda en su cama, con los ojos cerrados, tal como estaba esa madrugada de mi infancia cuando entré a su cuarto a robar el espejo de plata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el sueño yo levantaba la sábana, lo veía vestido de luto, con corbata y zapatos, y comprendía que estaba muerto, entonces me sentaba a su lado entre los muebles negros de su pieza a leerle el libro que acababa de escribir, y a medida que mi voz narraba la historia los muebles se convertían en madera clara, la cama se llenaba de velos azules y entraba el sol por la ventana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desperté sobresaltada, a las tres de la madrugada, con la solución: Alba, la nieta, escribe la historia de la familia junto al cadáver de su abuelo, Esteban Trueba, mientras aguarda la mañana para enterrarlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fui a la cocina, me senté ante la máquina y en menos de dos horas escribí sin vacilar las diez páginas del epílogo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dicen que nunca se termina un libro, que simplemente el autor se da por vencido; en este caso mis abuelos, molestos tal vez al ver sus memorias tan traicionadas, me obligaron a poner la palabra fin.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Había escrito mi primer libro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sabía que esas páginas me cambiarían la vida, pero sentí que había terminado un largo tiempo de parálisis y mudez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Até la pila de hojas con la misma cinta que había usado durante un año y se la pasé tímidamente a mi madre, quien volvió a los pocos días preguntando, con expresión de horror, cómo me atrevía a revelar secretos familiares y a describir a mi padre como un degenerado, dándole además su propio apellido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En esas páginas yo había introducido a un conde francés con un nombre escogido al azar: Bilbaire.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Supongo que lo oí alguna vez, lo guardé, en un comportamiento olvidado y al crear al personaje lo llamé así sin la menor conciencia de haber utilizado el apellido materno de mi progenitor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la reacción de mi madre renacieron algunas sospechas sobre mi padre que atormentaron mi niñez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para complacerla decidí cambiar el apellido y después de mucho buscar encontré una palabra francesa con una letra menos, para que cupiera con holgura en el mismo espacio, pude borrar Bilbaire con corrector en el original y escribir encima Satigny, tarea que me tomó varios días revisando página por página, metiendo cada hoja en el rodillo de la máquina portátil y consolándome de ese trabajo artesanal con la idea de que Cervantes escribió El Quijote con una pluma de pájaro, a la luz de una vela, en prisión y con la única mano que le quedaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A partir de ese cambio mi madre entró con entusiasmo en el juego de la ficción, participó en la elección del título La casa de los espíritus y aportó ideas estupendas, incluso algunas para ese conde controversial.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A ella, que tiene una imaginación morbosa, se le ocurrió que entre las fotografías escabrosas que coleccionaba ese personaje había una llama embalsamada cabalgando sobre una mucama coja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde entonces mi madre es mi editora y la única persona que corrige mis libros, porque alguien con capacidad de crear algo tan retorcido merece toda mi confianza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;También fue ella quien insistió en publicarlo, se puso en contacto con editores argentinos, chilenos y venezolanos, mandó cartas a diestra y siniestra y no perdió la esperanza, a pesar de que nadie se dio la molestia de leer el manuscrito o de contestarnos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un día conseguimos el nombre de una persona que podía ayudarnos en España.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo no sabía que existieran agentes literarios, la verdad es que, como la mayor parte de los seres normales, tampoco había leído critica y no sospechaba que los libros se analizan en universidades con la misma seriedad con que se estudian los astros en el firmamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;De haberlo sabido, no me habría atrevido a publicar ese montón de páginas manchadas de sopa y corrector liquido, que el correo se encargó de colocar sobre el escritorio de Carmen Balcells en Barcelona.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esa catalana magnífica, madraza de casi todos los grandes escritores latinoamericanos de las últimas tres décadas, se dio el trabajo de leer mi libro y a las pocas semanas me llamó para anunciarme que estaba dispuesta a ser mi agente y advertirme que si bien mi novela no estaba mal, eso no significaba nada, cualquiera puede acertar con un primer libro, sólo el segundo probaría que yo era una escritora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Seis meses más tarde fui invitada a España para la publicación de la novela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El día antes de partir mi madre ofreció a la familia una cena para celebrar el acontecimiento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A la hora de los postres el tío Ramón me entregó un paquete y al abrirlo apareció ante mis ojos maravillados el primer ejemplar recién salido de las máquinas, que consiguió con malabarismos de viejo negociante, suplicando a los editores, movilizando a los Embajadores de dos continentes y utilizando la valija diplomática para que me llegara a tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es imposible describir la emoción de ese momento, basta decir que nunca más he vuelto a sentirla con otros libros, con traducciones a idiomas que creía ya muertos, o con las adaptaciones al cine o al teatro, ese ejemplar de La casa de los espíritus con una franja rosada y una mujer con pelo verde tocó mi corazón profundamente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún recuerdo la pregunta inicial en la entrevista que me hizo el más renombrado crítico literario del momento: ¿Puede explicar la estructura cíclica de su novela ? Debo haberlo mirado con expresión bovina porque no sabía de qué diablos me hablaba, creía que sólo los edificios tienen estructura y lo único cíclico de mi repertorio eran la luna y la menstruación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco después los mejores editores europeos, desde Finlandia hasta Grecia, compraron la traducción y así se disparó el libro en una carrera meteórica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se había producido uno de esos raros milagros que todo autor sueña, pero yo no alcancé a darme cuenta del éxito escandaloso hasta año y medio más tarde, cuando ya estaba a punto de terminar una segunda novela nada más que para probar a Carmen Balcells mi condición de escritora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En ese tiempo sin amor encontré evasión en la escritura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras en Europa mi primera novela se abría camino, yo seguía escribiendo de noche en la cocina de nuestra casa en Caracas, pero me había modernizado, ahora lo hacía en una máquina eléctrica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Comencé De amor y de sombra el 8 de enero de 1983 porque ese día me había traído suerte con La casa de los espíritus, iniciando así una tradición que todavía mantengo y no me atrevo a cambiar, siempre escribo la primera línea de mis libros en esa fecha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ese día trato de estar sola y en silencio por largas horas, necesito mucho tiempo para sacarme de la cabeza el ruido de la calle y limpiar mi memoria del desorden de la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Enciendo velas para llamar a las musas y a los espíritus protectores, coloco flores sobre mi escritorio para espantar el tedio y las obras completas de Pablo Neruda bajo la computadora con la esperanza de que me inspiren por ósmosis; si estas m quinas se infectan de virus no hay razón para que no las refresque un soplo poético.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mediante una ceremonia secreta dispongo la mente y el alma para recibir la primera frase en trance, así se entreabre una puerta que me permite atisbar al otro lado y percibir los borrosos contornos de la historia que espera por mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los meses siguientes cruzaré el umbral para explorar esos espacios y poco a poco, si tengo suerte, los personajes cobrarán vida, se harán cada vez más precisos y reales, y se me irá revelando el cuento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ignoro cómo y por qué, escribo, mis libros no nacen en la mente, se gestan en el vientre, son criaturas caprichosas con vida propia, siempre dispuestas a traicionarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No decido el tema, el tema me escoge a mí, mi labor consiste simplemente en dedicarle suficiente tiempo, soledad y disciplina para que se escriba solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así sucedió con mi segunda novela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En 1978 fueron descubiertos en Chile, en la localidad de Lonquén a pocos kilómetros de Santiago, los cuerpos de quince campesinos asesinados por la dictadura y ocultos en unos hornos de cal abandonados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La Iglesia Católica denunció el hallazgo y estallo el escándalo antes que las autoridades pudieran acallarlo, era la primera vez que aparecían los restos de algunos desaparecidos y el dedo tembleque de la justicia chilena no tuvo más remedio que señalar a las Fuerzas Armadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Varios carabineros fueron acusados, llevados a juicio, condenados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Guardé esas historias conmigo por nueve años, al fondo de un cajón, anotadas en una hoja de papel, hasta que me sirvieron en De amor y de sombra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos críticos consideraron ese libro sentimental y demasiado político; para mí está lleno de magia porque me reveló los extraños poderes de la ficción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el lento y silencioso proceso de la escritura entro en un estado de lucidez, en el cual a veces puedo descorrer algunos velos y ver lo invisible, tal como hacía mi abuela con su mesa de tres patas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No es el caso mencionar todas las premoniciones y coincidencias que se dieron en esas páginas, basta una.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si bien disponía de abundante información, tenía grandes lagunas en la historia porque buena parte de los juicios militares quedó en secreto y lo que se publicó estaba desfigurado por la censura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Además me encontraba muy lejos y no podía ir a Chile a interrogar a las personas implicadas, como hubiera hecho en otras circunstancias.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mis años de periodismo me han enseñado que en esas entrevistas personales se obtienen las claves, los motivos y las emociones de la historia, ninguna investigación de biblioteca puede reemplazar los datos de primera mano conseguidos en una conversación cara a cara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribí la novela en esas calientes noches de Caracas con el material de mi carpeta de recortes, un par de libros, algunas grabaciones de Amnistía Internacional y las voces infatigables de las mujeres de los desaparecidos, que atravesaron distancias y tiempos para venir en mi ayuda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Así y todo, debí recurrir a la imaginación para llenar las lagunas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al leer el original mi madre objetó una parte que le pareció absolutamente improbable: los protagonistas van de noche en una motocicleta durante el toque de queda a una mina cerrada por los militares, cruzan el cerco, se meten en un campo prohibido, abren la mina con picos y palas, encuentran los restos de los cuerpos asesinados, toman fotografías, vuelven con las pruebas y se las entregan al Cardenal, quien finalmente ordena abrir la tumba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esto es imposible, dijo, nadie se atrevería a correr semejantes riesgos en plena dictadura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se me ocurre otra manera de resolver el argumento, considéralo una licencia literaria, repliqué.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El libro fue publicado en 1984.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuatro años más tarde fue eliminada la lista de exilados que no podían regresar a Chile y me sentí libre de volver por primera vez a mi país para votar en un plebiscito, que finalmente derrocó a Pinochet.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una noche son el timbre de la casa de mi madre en Santiago y un hombre insistió en hablar conmigo en privado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un rincón de la terraza me conté que era sacerdote, que se había enterado en secreto de confesión de los cuerpos enterrados en Lonquén, haba ido en su motocicleta durante el toque de queda, abierto la mina prohibida con pico y pala, fotografiado los restos y llevado las pruebas al Cardenal, quien mandó a un grupo de sacerdotes, periodistas y diplomáticos a abrir la tumba clandestina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Nadie lo sospecha excepto el Cardenal y yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si se hubiera difundido mi participación en este asunto, seguramente no estaría aquí hablándole, también yo habría desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿ Cómo lo supo usted ? -me preguntó .&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Me lo soplaron los muertos -repliqué, pero no me creyó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-7113711365811677915?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/7113711365811677915/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/04/isabel-allende-sobre-la-gestacion-de-un.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7113711365811677915'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/7113711365811677915'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/04/isabel-allende-sobre-la-gestacion-de-un.html' title='ISABEL ALLENDE: SOBRE LA GESTACIÓN DE UN LIBRO'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SfCS6nA04dI/AAAAAAAAACI/sWIff_BXcl4/s72-c/-la-casa-de-los-espiritus.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-9175992048510636109</id><published>2009-03-01T16:46:00.000-08:00</published><updated>2009-05-12T08:29:48.298-07:00</updated><title type='text'>LA CENA</title><content type='html'>&lt;meta equiv="Content-Type" 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Traía todo lo que iba a necesitar para preparar la cena. Estaba feliz. No todos los días, un hombre como él, tenía la posibilidad de agasajar a una mujer como Carina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Podría perfectamente haberla invitado al restó, pero le pareció mucho más adecuado que el encuentro fuera en su casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella era periodista. Se conocieron a raíz de lo que la prensa bautizó como los asesinatos del cocinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El reportaje que Carina escribió contaba una historia que comenzó a hervir como agua en una olla seis meses antes que la nota viera la luz.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres mujeres de entre veinticinco y cuarenta años habían fallecido. Las causas aparentes eran edemas pulmonares en unas y fallas cardiacas o en el hígado en otras. Todas eran solteras con muy buena posición económica y todas habían sido alumnas de Pierre Le Blanc, un personaje cuyo contacto con el Sena se reducía a haberlo visto en un póster que colgaba en una de las paredes del comedor de la pensión en la que vivía junto a su hermano, dos años menor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El verdadero nombre de Pierre era Pedro Blanco había llegado ya a los treinta y cinco y nada hacía vislumbrar que la vida fuera a sonreírle sino se decidía a dar un golpe drástico de timón. No concebía pasar horas y horas detrás del mostrador de un mercadito aguantando todo tipo de comentarios de señoras que sólo tenían espíritu para pensar que harían para el almuerzo o la cena, como lo hacía, sin al parecer molestarle, con el perpetuo cigarrillo detrás de la oreja, Miguel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pedro se había cansado ya de las estafas cuyos beneficios le alcanzaban a duras penas para mal vivir por unos pocos días. Quería darse los gustos sin tener que medir cada centavo, pero por sobre todo anhelaba poner el mundo a los pies de su enamorada. Eso sólo podría lograrlo con mucha, pero mucha plata. Cosa que no conseguiría mediante un trabajo honesto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La misma facilidad que tenía para pretender ser otro, la tenía para la cocina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que según él sería su pase a jugar de una buena vez en primera le llegó casi por casualidad de la mano de un muchacho flaquito, un conocido de su novia, que confió en la obtención de suculentos ingresos y consiguió publicar, en una revista dedicada a la mujer, un reportaje que hablaba de un experto cocinero recién llegado de la capital francesa; con fotos en plena tarea y todo lo demás. No pasó demasiado tiempo para que los curiosos llamados empezaran. Rechazó las ofertas para trabajar en restaurantes, no era lo que buscaba. Organizó con eficacia dos o tres fiestas privadas. Entabló algunas relaciones y respondió con gusto a los pedidos de dar clases de cocina. Eso sí era lo que buscaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tras una breve reunión, que le servía para calcular después de una rápida mirada las ganancias futuras, optó por tres candidatas. Además de poseer dinero no estaban nada mal. Eso era algo que Pierre decidió tomar muy en cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las discípulas mezclaban, batían, freían, hervían toda clase de ingredientes. En poco tiempo eran las admiradoras más devotas de Pierre. Querían recomendarlo a todo el mundo. Por desgracia su tiempo estaba completo, al menos por el momento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El afrancesado encanto del maestro dio los frutos. Primero unos besos tenues, algunos paseos, salidas al cine, a cenar y a bailar que el docente costeaba con sus actividades extras. No hacía falta mucho más para que Pierre fuera lanzado con la velocidad de una flecha a las camas de aquellas mujeres deslumbradas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Completada la faena les ofrecía traer algo para tomar. En las copas de sus compañeras aparte de la bebida elegida dejaba caer una semilla de ricino, un veneno mortal casi imposible de detectar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El resto del trámite se desarrollaba con sencillez. Aparecían los síntomas, un ardor de fuego en el estomago mareo y hasta vómitos. El asustado amante llamaba a una ambulancia, para cuando hablaba con el médico ya había recuperado su acento natal que declaraba ser un amigo reciente al que habían invitado a cenar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como buena persona y con su mejor cara de desconsuelo seguía a la ambulancia hasta el hospital en el auto de la víctima. Una vez que había ingerido la bebida le restaban setenta y dos horas de vida. El cocinero se alejaba en el primer descuido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El robo en si no demoraba. Desconectaba la alarma cuya clave en casi todos los casos era la fecha de nacimiento. Recolectaba las joyas junto con el dinero y hasta siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal prolija fortuna lo acompañó con las dos primeras elegidas. El tercer lado del triangulo constituyó un problema que lo haría enfrentarse a las balas de un tirador experto que supo dar en el blanco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rubia era algo tan apetitoso como una Selva Negra con el doble del chocolate permitido. Le encantaba practicar deportes. Corría dos vueltas diarias al lago del parque, seguidas de una hora de natación en el club. Razones por las cuales se permitía comer de todo y jamás se privaba de lo que le gustaba, le había dicho antes de besarlo sin un ápice de la dulzura que mostraran las anteriores. Lo llevó casi a los empujones hasta la habitación. La ropa fue cayendo sin el orden habitual que él le procuraba. Los pantalones volaron como un barrilete a merced del viento, fue entonces cuando lo que guardaba en los bolsillos quedó al descubierto. La mujer que aún creía estar participando de un juego siguió el trayecto de la jeringa hasta que aterrizó en la alfombra. Ésta era el último recurso de Pierre. Contenía cincuenta microgramos de la toxina, una dosis mortal si era inoculada de forma inyectable. El asesino había realizado el cálculo en base al peso estimado de las mujeres de acuerdo con los datos que obtuvo en Internet al averiguar sobre venenos naturales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rubia lo trató de pícaro. Le preguntó con una sonrisa, que intentaba ser maliciosa, si la idea era drogarla. Sorprendido no alcanzó a urdir una respuesta. Tuvo a la nadadora desnuda encima apretándolo con sus torneadas piernas de tenazas en un segundo. Los planes ahora eran otros, le anunció la mujer que sin dudas estaba disfrutando como nunca en su vida. La aguja quedó despojada del capuchón que la protegía. El miedo decidió a Pierre a dejar de lado cualquier disfraz. La abofeteó con la mano izquierda, la que le quedaba libre. El impacto sirvió para dejar a la rubia tendida en la alfombra insultando de manera feroz. Le sangraba la nariz. Se refugió en el baño asegurándole que si no se iba en el acto llamaría a la policía y que se olvidara de volver a verla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pierre escuchó cómo el sonido del agua corriendo se confundía con los insultos. No había nada más para hacer que lo que haría. Se movió rápido. Sabía por sus visitas pasadas que las puertas interiores no tenían llaves. Recogió la jeringa, entró al baño y sin pausa asestó un segundo golpe, ahora con el puño cerrado. La rubia perdió el equilibrio terminando dentro del jacuzzi. Aquel instante de zozobra fue suficiente para aplicar la poción detrás de la rodilla derecha. Tenía una hora antes de que hiciera efecto. Se lavó las manos con abundante jabón, también la cara y humedeció el espeso cabello, que comenzaba a encanecer, para poder peinarlo. Una vez que se hubo vestido recolectó el botín, agregando a los acostumbrados trofeos el reproductor de DVD. Todo fue a parar a uno de los tantos bolsos deportivos que encontró. Repasó cada cosa que pudo haber tocado con sumo cuidado. Después se guardó la gamuza en el bolsillo del pantalón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acomodó el inerte cuerpo de manera que pareciese que el moretón fue producto de un desmayo. Apagó las luces sin contar la del baño. Se apoderó del bolso y se fue.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La suerte lo acompañaba. Nadie lo vio salir. No contó con que la investigación estaría a cargo del comisario Lucio Mazara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El policía, era un raro ejemplar entre la telaraña de gatillos fáciles y bandas mixtas de supuestos buenos y malos. Con cuarenta y tres años, viudo y sin hijos, dedicaba las horas a la profesión. Tenía menos amigos que dedos en la mano y su roce social se circunscribía a las veladas de los viernes en la noche para jugar algunos partidos de truco. De vez en cuando asomaba por el Siciljazz, el restauran propiedad de su hermano que se especializaba en combinar la gastronomía de la isla con la música cuyas raíces provienen del corazón de África.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carina Knorr apareció en la clínica Santa Ángela lejos de las horas de visita. Lucio leía un libro. Tiempo después supo que había sido un regalo de Sonny, su hermano menor. Tenía un semblante distinto al que se imaginó para alguien que había sido sometido a una complicada cirugía, luego de recibir dos balas. Una de las cuales iría a todos lados con él por lo que le quedaba de vida. Lo encontró semi sentado, en camiseta, tapado apenas por una sábana celeste. Como en todo hospital la calefacción era exagerada. El envase con suero que pendía de un gancho metálico que caía desde el techo era el único indicio que hacía saber a los desprevenidos que ese ser no estaba allí de vacaciones.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El comisario Mazara escuchaba algo a través de unos pequeños audífonos. Al verla se los quitó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carina se disculpó por interrumpirlo. Acto seguido se presentó. Lucio sonrió dejando los auriculares sobre la mesa de luz. El libro en el que podía verse una foto en primer plano de un hombre de raza negra que miraba de soslayo cubriéndose la boca con los dedos índice y medio de una mano quedó sobre sus piernas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con más intenciones de parecer simpática que de conocer la respuesta se interesó por la lectura. No tenía idea de quién era y en su vida había escuchado a Miles Davis tocar la trompeta, comentó luego de oírla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucio, con un aire serio de profesor universitario, le anunció que estaba perdiéndose algo de verdad muy bueno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La periodista se acomodó en una silla y fue directo al punto como el boxeador que se concentra en castigar el ojo casi ciego por la hinchazón de su contrincante. Eso le encantó al convaleciente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No se puede decir que el encuentro fue una entrevista. La muchacha se limitó a prestar atención y cada tanto tomaba alguna nota. Al saber que la pista fundamental que llevó a Lucio a dar con el asesino había sido un cabello perdido en uno de los dientes del peine, no pudo menos que sonreír al imaginar los posibles títulos que el reportaje llevaría. Los dos jugaron con frases tales como: por un pelo no se escapó o… nos vino al pelo y cosas por el estilo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después el relató llegó al punto en que el policía fue detrás del cocinero que permanecía seguro en el anonimato. La resistencia, los tiros, la muerte de Blanco y el fin de su carrera en la fuerza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El punto final lo puso la enfermera al entrar. Era hora de los antibióticos además, el paciente tenía que descansar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una semana más tarde Lucio fue dado de alta. La noche siguiente, Sonny organizó una reunión en el Siciljazz. El invitado de honor no caminó solo por el medio del salón. A su lado, hermosa luciendo un pantalón liviano de lino color durazno con una blusa negra de seda que terminaba en un cuello mao y un par de zapatos oscuros de taco bajo, iba Carina Knorr&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras se ataba detrás de la espalda el delantal rojo que le cubría desde el pecho hasta poco más debajo de las rodillas repasaba la multitud de cosas que había vivido desde que abandonó el hospital. Dejó la policía sin el pesar que pensó que tal cambio le ocasionaría. Aceptó trabajar en el Siciljazz, después de todo en que otro lugar podría estar mejor. Su hermano tocaba la trompeta con el swing de Clifford Brown y había logrado formar un aceitado quinteto. Se sentía feliz por su próximo viaje a Nueva York. Si alguien le hubiese dicho, meses hacia atrás, que en la mitad del camino estaría dedicado por completo al arte de complacer paladares, se habría limitado a comentar como por decir algo: quién te dice por ahí sí, que sé yo. Estaba claro que no se puede escapar a lo que el destino nos ha reservado. Los Mazara eran un clan de cocineros, todos lo habían sido. La comida ocupaba un lugar importante.&lt;br /&gt;Desde uno de los sitios sagrados del restó, el otro era el escenario con su piano de media cola y aquella batería que según decían fue un obsequio de Al Foster para el trompetista cuyano, Lucio intentaba hacer honor a la tradición. Los sicilianos cocinan amparados en la subjetividad. Cada preparación tiene o debe tener el toque personal de las manos que la elaboran. No se usan medidas exactas. Si sale bien, sale bien.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El otrora comisario no tenía intenciones de quebrar los ritos milenarios del lugar en donde surgió la cosa nostra. Sólo ambicionaba conseguir los mismos olores y sabores que la nona María y años después su madre, dejaban escapar de la cocina de la casa en la calle Tucumán donde vivieran siempre. Fue por tales motivos que comenzó a preocuparse lo mismo que un alquimista en las proporciones empleadas. Los fracasos fueron muchos aunque nadie se quejó. De a poco las fórmulas aparecieron y a fin de eternizarlas las plasmó sobre las hojas de un cuaderno clasificándolas por número.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada día recordaba como una de las poesías que había aprendido de memoria para ese acto en el que recitó frente a toda la escuela lo que los médicos dijeron sobre su caso. Todo un milagro. Un centímetro más a la derecha y chau. Al mismo tiempo que ponía todo a punto para la cena hacía un balance y se sentía afortunado. Tenía un trabajo que lo reconfortaba. Le había ganado una pelea dura a la muerte y había conocido a Carina. Puso un cd en la bandeja del equipo y levantó el volumen hasta la mitad, el “Autumn Leaves” de Miles llenó el lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Encendió el horno. Lo precisaba muy caliente. No era lo más oportuno para un día que había superado sin temor los treinta y tres grados, pero siempre se podía apelar a las delicias del aire acondicionado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dispuso los ingredientes para la masa. Era por donde había que empezar para preparar una buena “sfinciuni”, como él decía, la verdadera pizza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las manos iban y venían dentro del bol confundiendo con poca delicadeza harina, levadura, aceite de oliva, un diente de ajo triturado y el sello siciliano unas gotas de jugo de limón. El timbre del teléfono lo sacó de ritmo. Era Santino, nunca lo pensaba como Sonny. Llamaba para desearle suerte y decirle que no se preocupara, que la cocina estaría muy bien sin él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Completó la unión de los ingredientes y estiró la masa en una fuente cuadrada, la cual cubrió con un repasador. Eligió la opción, repetir en el centro musical, subió unos puntos más el sonido y se dispuso a ducharse.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como si se hubiese tratado de algo ensayado escuchó el timbre del portero eléctrico en el preciso momento que cerraba el agua. Se rodeó la cintura con una toalla y con toda la velocidad que ahora poseía fue a atender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La voz esperada le anunció su llegada. Todavía faltaba bastante para la hora que habían acordado. Le alegró que así fuera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Te abro.-contestó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aún con el tubo en la mano oyó un, pará, soltá, qué carajo te pasa. Seguido de un grito de Carina al que acompañó el estallido de unos vidrios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin prestar atención a su desnudez casi total, atrapó el bastón y se lanzó hacía el ascensor. El aparato demoró hasta desesperarlo para llegar desde la planta baja, en donde lo abandonarán, hasta el octavo piso. El camino de regreso no fue menos largo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya en la entrada tropezó con la pareja de recién casados del primero “A” que contemplaban los restos de lo que fuera una botella de vino tinto. Manuel, el encargado lavaba el piso quejándose, como lo hacía todo. Ninguno escuchó, vio o pudo decirle nada. La persona que estaba esperando había desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de ponerse cualquier ropa, llamó a la policía. En eso estaba cuando un Take five algo metálico surgió de su celular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una voz de hombre que ama el cigarrillo preguntó si hablaba con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí querés ver a tu mina entera de vuelta, vení antes de media hora a la vieja estación de trenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El tiempo de las preguntas no existió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se vistió con prendas oscuras. Sacó la reglamentaría que estaba sobre el ropero en la habitación, la cargó y la enganchó en el cinturón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acababa de apretar otra vez el botón para traer al ascensor cuando recordó el horno.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Pero será posible, la puta madre que los parió!—por poco rugió en medio del desolado pasillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giró la llave del gas. Había llegado a pasos de la puerta cuando regresó. Deslizó hacia afuera el primer cajón, el de los cubiertos, y metiendo la mano por debajo encontró lo que buscaba, un cuchillo militar Botero Black. Nunca supo bien por qué lo había comprado. Tal vez esta noche obtuviera una respuesta a tal pregunta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre la mesada de granito quedaron los tomates frescos, las cebollas, los filetes de anchoas y un recipiente hermético que cobijaba dos grandes trozos de queso parmigiano y pecorino. El helado de chocolate con almendras y dulce de leche llegaría más tarde desde la esquina. A eso de las doce, doce y media.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante el viaje, quince minutos más o menos, todavía sentía la sensación el cosquilleo de la masa entre los dedos. Pronto tendría que cambiarla por el frío de una Colt 45.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde que el último vagón se alejara para no volver, la estación de trenes se transformó en un refugio para vagabundos. Unos eran hombres y mujeres, los otros perros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucio agradeció la noche clara y la luna enorme. Caminó por el medio del andén, quería que lo vieran de todas partes. Bastón, pierna, bastón, la otra pierna. Gritó un: ¡Eh! anunciante de su llegada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las luces de un auto lo cegaron. Una sombra descendió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No sé te ocurra dar un paso más. —la orden la había escupido la misma boca que antes hablara por teléfono.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Acá me tienen. ¿Qué mierda quieren de mí?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucio mantenía la pistola pegada a la derecha del cuerpo. Estaba listo para lo que fuera que ocurriera. El pensar que algo le podría pasar a Carina había traído de regreso al hombre que creyó haber dejado en el pasado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te traemos un mensaje del Gordo Soriano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Del Gordo! Y por qué no me habló él, sin armar tanto quilombo.—cada minuto que pasaba, mas confundido estaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Está con algunos problemitas. Sabía que si no era por las malas no ibas a aceptar escucharlo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Hablemos todo lo que quieran, pero dejen que ella se vaya. No tiene nada que ver con esto. La cosa es entre Soriano y yo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No le gustó nada que lo vendieras, sabés. Es un tipo muy sensible cuando se trata de temas de guita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo hice mi laburo. El Gordo es una lacra que nos ensució a todos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El caso Soriano había sido muy comentado. Estuvo en todo los medios por más de un mes. La resonancia que alcanzó fue tanta que hasta corrió el rumor sobre el rodaje de una película basada en las andanzas del policía corrupto que estaba a la cabeza de una poderosa banda de piratas del asfalto. Lucio se infiltró en el grupo, estuvo con él cerca de un año. Llegó a ser uno de sus generales y después de haber declarado en el juicio escuchó cómo era sentenciado a veinte años. No hubo diario, revista, radio o programa de televisión que no quisiera entrevistar al siciliano, como lo apodaban. Uno de los tantos grabadores que le quitaban el aire en todos lados era sujetado por aquellos días por una inexperta Carina Knorr.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—El Gordo sabe que así es esta joda, pero ahora se vino viejo y enfermo. Dice que tenés una guita que es de él y quiere que se la devuelvas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedarse con el botín de Soriano había sido la espada que pendió sobre su cabeza por mucho tiempo. Fue la salida que encontró para ayudar a Santino. Era su sangre. Un buen tipo cuyo terrible crimen había sido querer ser un músico de jazz. La suerte no siempre sabe de música, pero sin duda conoce sobre billetes. El Siciljazz así lo demostraba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sacála del auto y dejáme que la vea. —dijo con el tono que antes utilizara con sus subalternos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta de atrás del vehículo se abrió para dejar salir un tipo flaquito que dio la vuelta pasando delante del haz de claridad. Sacó a la periodista tirándola del brazo. La colocaron dentro de la isla que creaban los faros. Tenía las manos atadas en la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Estás bien?—preguntó el hombre que para esta hora tendría que estar proponiéndole matrimonio. Tal era el motivo de la cena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sí, pero tengo miedo.—respondió la mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo va a salir bien.—la tranquilizó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El que tenía aspecto de liderar dijo que ya la había visto. Que querían el dinero ahora mismo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No lo tengo, pero decíle al Gordo que me dé un par de días. Lo voy a conseguir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Me parece que no entendés lo que significa apuro…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sonido del disparo le impidió terminar la frase. Cayó de rodillas herido en el hombro derecho. El flaquito corrió a refugiarse debajo del auto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucio permanecía con el brazo extendido mientras con dificultad, el suelo no era lo mejor para su bastón, se acercaba a Carina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mujer se apartó del hombre que se quejaba de rodillas para correr al resguardo de su futuro esposo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¡Carina dejáte de joder y matálo de una puta vez!—gritó enojado, sin dejar de apretarse la zona afectada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lucio pareció quedar clavado como tiempo atrás lo estuvieran los durmientes. La sorpresa venció sin problemas a dos décadas de oficio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cómo podía ser posible. No ella por el amor de Dios. Carina empuñaba un 22 corto y disparó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La bala se le incrustó en el estomago y lo tendió de cara a la tierra. Estaba aturdido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Te manda saludos Pedro Blanco.—dijo la periodista al tiempo que hacía fuerza para ponerlo boca arriba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Y pensar que yo te lo hubiera dado todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tales fueron las últimas palabras que pudo escuchar Carina Knorr antes que la hoja de doce centímetros del Botero Black le atravesara con limpieza la garganta.&lt;o:p&gt;&lt;/o:p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;  &lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color: rgb(0, 0, 0);font-family:georgia;" &gt;© Rodolfo Tornello, junio de 2006.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;----------------------------------------------------------------------&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-9175992048510636109?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/9175992048510636109/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/03/la-cena.html#comment-form' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/9175992048510636109'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/9175992048510636109'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/03/la-cena.html' title='LA CENA'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-222065328196466916</id><published>2009-02-27T17:55:00.000-08:00</published><updated>2009-02-27T18:25:22.197-08:00</updated><title type='text'>LOS QUE ESCRIBEN 1</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigdvU8UnI/AAAAAAAAACA/AIlltB3Wfyk/s1600-h/nietzsche.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307668593637085810" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 159px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigdvU8UnI/AAAAAAAAACA/AIlltB3Wfyk/s200/nietzsche.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigWJvnvnI/AAAAAAAAAB4/PsDVOF3owEc/s1600-h/Stephen-King-2max.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307668463289351794" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 169px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigWJvnvnI/AAAAAAAAAB4/PsDVOF3owEc/s200/Stephen-King-2max.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigPtYWqII/AAAAAAAAABw/Z7hByQUHxe4/s1600-h/gabo.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307668352596355202" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 128px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigPtYWqII/AAAAAAAAABw/Z7hByQUHxe4/s200/gabo.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigEK_khMI/AAAAAAAAABo/_7gbsoM9grA/s1600-h/Augusto_Monterroso.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307668154387039426" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 150px; CURSOR: hand; HEIGHT: 183px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigEK_khMI/AAAAAAAAABo/_7gbsoM9grA/s200/Augusto_Monterroso.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaifzULRa_I/AAAAAAAAABg/nVwLV_P6K3I/s1600-h/horacio%20quiroga.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307667864794262514" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 135px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaifzULRa_I/AAAAAAAAABg/nVwLV_P6K3I/s200/horacio%2520quiroga.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaifshPbg6I/AAAAAAAAABY/1olPRxcnq38/s1600-h/CL.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307667748042277794" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; CURSOR: hand; HEIGHT: 196px" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaifshPbg6I/AAAAAAAAABY/1olPRxcnq38/s200/CL.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaifgUUaIRI/AAAAAAAAABQ/ezawUflYXv4/s1600-h/ORWELL.bmp"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307667538415067410" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 144px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaifgUUaIRI/AAAAAAAAABQ/ezawUflYXv4/s200/ORWELL.bmp" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307667100158888754" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 200px; CURSOR: hand; HEIGHT: 172px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaifGzr_izI/AAAAAAAAABI/GQcP3UJn_Fo/s200/KEN+FOLLET.bmp" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Saie6bR8bBI/AAAAAAAAABA/euROBI0qmyo/s1600-h/ISABEL+ALLENDE.bmp"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307666887448751122" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 200px; CURSOR: hand; HEIGHT: 200px" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/Saie6bR8bBI/AAAAAAAAABA/euROBI0qmyo/s200/ISABEL+ALLENDE.bmp" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Isabel Allende&lt;/strong&gt;:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mejor de los casos la escritura intenta dar voz a quienes no la tienen o a quienes han sido silenciados, pero cuando lo hago no me impongo la tarea de representar a nadie, trascender, dar un mensaje o explicar los misterios del universo, simplemente trato de contar en el tono de las conversaciones privadas, procurando que no se me olviden el humor y la compasión, dos ingredientes necesarios para dar vida a los personajes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No escojo el tema, el tema me escoge a mí. Mi trabajo consiste en dedicar suficiente tiempo, silencio y disciplina a la escritura para que los personajes aparezcan de cuerpo entero y hablen por sí mismos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Carezco de un plan, no sé lo que ocurrirá. Una frase inicial entreabre una puerta por donde me asomo tímidamente a otro mundo. En los meses siguientes explorará ese territorio palabra a palabra. Los personajes, que al principio son muy borrosos, irán revelándose con sus contornos precisos, cada uno con su propia voz, su biografía, su carácter, sus mañas y grandezas, tan reales e independientes que sería inútil de mi parte tratar de controlarlos. La historia se desdoblará lentamente, un pliegue a la vez, hasta llegar a los estratos más profundos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Ken Follet:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Algunos autores empiezan por los personajes, pero la mayoría de los escritores populares funcionamos al revés: pensamos en una historia, una idea, y luego pensamos en qué ha sucedido antes y después y quienes son estas personas, lo que quieren y desean, y así crece la historia.&lt;br /&gt;No se le debe permitir al lector ni un momento de respiro. Los personajes resuelven un problema surge otro, y eso hace que los lectores den vuelta la página.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;George Orwell:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Dejando aparte la necesidad de ganarse la vida, creo que hay cuatro grandes motivos para escribir, por lo menos para escribir prosa. Existen en diverso grado en cada escritor, y concretamente en cada uno de ellos varían las proporciones de vez en cuando, según el ambiente en que vive. Son estos motivos:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1. El egoísmo agudo. Deseo de parecer listo, de que hablen de uno, de ser recordado después de la muerte, resarcirse de los mayores que lo despreciaron a uno en la infancia, etc., etc. Es una falsedad pretender que no es éste un motivo de gran importancia. Los escritores comparten esta característica con los científicos, artistas, políticos, abogados, militares, negociantes de gran éxito, o sea con la capa superior de la humanidad. La gran masa de los seres humanos no es intensamente egoísta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de los treinta años de edad abandonan la ambición individual -muchos casi pierden incluso la impresión de ser individuos y viven principalmente para otros, o sencillamente los ahoga el trabajo. Pero también está la minoría de los bien dotados, los voluntariosos decididos a vivir su propia vida hasta el final, y los escritores pertenecen a esta clase. Habría que decir los escritores serios, que suelen ser más vanos y egoístas que los periodistas, aunque menos interesados por el dinero.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2. Entusiasmo estético. Percepción de la belleza en el mundo externo o, por otra parte. en las palabras y su acertada combinación. Placer en el impacto de un sonido sobre otro, en la firmeza de la buena prosa o el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno cree valiosa y que no debería perderse. El motivo estético es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras y frases mimadas que le atraerán por razones no utilitarias; o puede darle especial importancia a la tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Ningún libro que esté por encima del nivel de una guía de ferrocarriles estará completamente libre de consideraciones estéticas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son para hallar los hechos verdaderos y almacenarlos para la posteridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4. Propósito político, y empleo la palabra “político” en el sentido más amplio posible. Deseo de empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún libro está libre de matiz político. La opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política ya es en sí misma una actitud política.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Clarice Lispector:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;Horacio Quiroga:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.&lt;br /&gt;Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.&lt;br /&gt;Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.&lt;br /&gt;No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.&lt;br /&gt;Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.&lt;br /&gt;No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.&lt;br /&gt;Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.&lt;br /&gt;No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino&lt;br /&gt;No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Augusto Monterroso:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y&lt;br /&gt;aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Gabriel García Márquez:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una cosa es una historia larga, y otra, una historia alargada.&lt;br /&gt;Es más fácil atrapar un conejo que un lector.&lt;br /&gt;Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad.&lt;br /&gt;Cuando uno se aburre escribiendo el lector se aburre leyendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;Stephen King:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Asesina las palabras y frases superfluas. Pero tampoco te pases.&lt;br /&gt;Es preciso que los personajes no suenen postizos, que sean y suenen honestos, con sus lados buenos y sus lados malos. Eso hará que la gente los vea humanos, y pueda crear conexiones con ellos.&lt;br /&gt;Si haces caso de los críticos, no conseguirás demasiado. Tu escritura se volverá peor y además aburrirá.&lt;br /&gt;Lleva siempre un libro encima. Lee de todo. Expande horizontes. Conoce.&lt;br /&gt;Escribe, escribe y escribe. No esperes que venga la invitación a escribir por parte de alguna musa anónima.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;&lt;br /&gt;Friedrich Nietzsche:&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.&lt;br /&gt;El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-222065328196466916?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/222065328196466916/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/02/los-que-escriben-1.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/222065328196466916'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/222065328196466916'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/02/los-que-escriben-1.html' title='LOS QUE ESCRIBEN 1'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaigdvU8UnI/AAAAAAAAACA/AIlltB3Wfyk/s72-c/nietzsche.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-4273658684068004930</id><published>2009-02-27T17:48:00.000-08:00</published><updated>2009-02-27T17:54:50.548-08:00</updated><title type='text'>EL OFICIO DE APRENDER A ESCRIBIR</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaiY-Y_oriI/AAAAAAAAAA4/XlFl-6__8w0/s1600-h/pluma+libro.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307660358484799010" style="FLOAT: right; MARGIN: 0px 0px 10px 10px; WIDTH: 320px; CURSOR: hand; HEIGHT: 256px" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaiY-Y_oriI/AAAAAAAAAA4/XlFl-6__8w0/s320/pluma+libro.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Una realidad recorre el ambiente: cada vez hay más gente que escribe cuentos y novelas. El taller reemplazó de algún modo a los bares de los años ’60. “Escritores-maestros” y “alumnos” aportan claves.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No sería exagerado afirmar que Buenos Aires acaba de añadir otro atributo a su genealogía cultural. “La más europea de las ciudades latinoamericanas” es “la capital de los talleres literarios”, un fenómeno que en estos últimos años está creciendo sin parar y que probablemente se haya adoptado de la tradición norteamericana. Pueden ser un espacio de preparación o de orientación para ese puñado cada vez más numeroso de jóvenes, y no tanto, que desea escribir y publicar. Si en los ’60, los bares y las revistas literarias eran los lugares de aprendizaje donde se debatía apasionadamente entre pares, los talleres llegaron, a principios de los ’80, para suplantar esa experiencia. Página/12 convocó a Hebe Uhart, Guillermo Saccomanno, Alicia Steimberg y Liliana Heker para debatir sobre el rol que cumplen los talleres en la formación de un escritor. ¿Por qué cada vez hay más gente que escribe, más incluso de la que se pueda imaginar? Saccomanno cree que a partir de la crisis de 2001, la literatura demostró que tiene una mayor posibilidad de expresar el malestar social. Heker señala que la escritura es democrática, pero la literatura no. Y en una línea similar, Uhart opina que al ser la palabra una herramienta de uso común, parece más fácil dedicarse a escribir que a la pintura, que requiere conocer la técnica. Steimberg se anima a decir que casi todas las personas alfabetas tienen la fantasía de ser escritores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;La escritura como religión&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Saccomanno conoce el chiste que circula en el ambiente literario: “¿Querés ganar el premio Clarín?… Anotate en el taller de Saccomanno…”. Angela Pradelli, con El lugar del padre, en 2004, y Claudia Piñeiro, con Las viudas de los jueves, el año pasado, ganaron las últimas dos ediciones de este concurso, y ambas son alumnas de Saccomanno. “Mi taller no te propone ganar premios”, objeta el escritor. “Desnudemos el sistema: el libro es parte de un negocio. Si Julio Cortázar hoy se presentara a la editorial Sudamericana con Bestiario, lo más probable es que no se lo publicaran.” El autor de El pibe sostiene que a veces las editoriales chicas como Beatriz Viterbo, Interzona o Santiago Arcos son más interesantes para un autor que recién empieza a publicar porque lo cuidan y lo protegen. “La literatura argentina tiene hoy una potencia en términos de diversidad de poéticas que compiten entre sí que no tienen otras literaturas como la española, que está de culo blando –compara Saccomanno–. En la Argentina, a partir de la crisis de 2001, la literatura demostró que tiene una mayor posibilidad de expresar el malestar social.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ningún escritor sale de un taller –afirma Saccomanno–. Angela Pradelli, que para mí es uno de los ejemplos más formidables que tengo, ya había ganado un premio en Casa de las Américas y había editado un libro de cuentos cuando llegó a mi taller.” Para Saccomanno, el taller no forma, pero orienta. “A mí lo que me importa es que cada uno encuentre su propia voz, no que salgan todos con una voz parecida a la mía”, advierte el escritor, que hace diez años que se dedica a coordinar talleres. “A los que se quejan porque soy muy duro y riguroso, les digo: vayan al taller de Abelardo Castillo. Para mí es un lugar de trabajo, no es un espacio de terapia de grupo ni de halago fácil. Esto es un oficio, y creo, como decía Kafka, que la escritura es una religión.” El escritor señala que es erróneo trazar un antagonismo entre los talleres literarios y la carrera de letras. “A muchos de los chicos de mi taller les digo que vayan a las clases de Panessi, de Link, de Viñas. Me opongo a crear esa antinomia en un país en donde todo está dividido y conviene sumar y no restar.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Las vision recortadas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿De dónde viene la idea de los talleres literarios? Hebe Uhart traza una hipótesis: “Supongo que surge de observar la tradición norteamericana en la que grandes escritores, como Carson McCullers, han sido miembros de distintos talleres. Hay manuscritos de McCullers que están marcados con las observaciones que le había hecho su profesor de taller”, revela Uhart, que empezó a coordinar su primer taller en el famoso Bancadero, fundado por Alfredo Moffatt, en 1982. “Después de esa experiencia, podés coordinar cualquier cosa porque había gente muy fronteriza”, bromea la autora de Guiando la hiedra y Camilo asciende. Uhart no cree que los talleres sean un espacio de formación de escritores. “El coordinador de un taller impone una tónica y no todos compatibilizan con esa forma. El taller es una de las tantas motivaciones que puede tener alguien que está empezando a escribir”, opina la escritora, que tiene un puñado de grandes maestros que suele dar en sus talleres, como Chéjov, los norteamericanos Erskine Caldwell (“por la manera en que compone los personajes”), Mary McCarthy y Scott Fitzgerald, el escocés Saki,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;los argentinos Daniel Moyano e Isidoro Blaisten, el uruguayo Felisberto Hernández, el peruano Alfredo Bryce Echenique y el guatemalteco Augusto Monterroso, entre otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En cuanto al fenómeno, Uhart añade: “Hay mucha más gente que escribe de la que uno pueda pensar. Al ser la palabra una herramienta de uso común, parece más fácil escribir que dedicarse a la pintura, que requiere conocer la técnica. En una ciudad tan grande, con un conurbano tan grande, hay un prejuicio de que los escritores y los lectores son pocos. Son visiones recortadas que separan la escritura de la lectura”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Del bar a los talleres&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Liliana Heker cuenta cómo fue su formación, su aprendizaje y el de varios de los narradores de los ’60: “En esa época hubiéramos considerado al taller literario una mala palabra porque nos parecía ridículo que un escritor se considerara con autoridad para decirle a otro cómo se escribía –confiesa la autora de Zona de clivaje–. Había muchos grupos de escritores jóvenes, mucha discusión y pasión y así íbamos aprendiendo el oficio. Además, había gran cantidad de revistas literarias y editoriales chicas; un escritor joven tenía diversos caminos alternativos para publicar y esto sin duda aceleraba en nosotros ciertos procesos. Pero esta ebullición desapareció de manera feroz y violenta durante la dictadura. La discusión que se daba en general en los bares dejó de existir. Los talleres vinieron a suplantar esa experiencia y se quedaron porque cuando se terminó la dictadura no se recuperó esa experiencia anterior”. Heker empezó en 1978, cuando la llamaron del teatro IFT para que se encargara de un taller de narrativa. Por sus talleres pasaron, entre otros, Silvia Schujer (“que escribió uno de los primeros cuentos que escuché sobre desaparecidos”, puntualiza la escritora), Raúl Brasca, Guillermo Martínez, Ricardo Mariño y Pablo Ramos (ver aparte), entre otros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Heker señala que “hay que trabajar mucho para encontrar ese tono, esa música, ese efecto que se quiere dar. Un escritor aprende su oficio y se puede transmitir el propio saber para que el otro lo procese a su manera y pueda hacer su aprendizaje”. La escritora aclara que le interesa que los que asisten a su taller estén dispuestos a encarar la literatura como un trabajo. ¿Qué implica esta decisión? “Bancarse las críticas, aunque sean realmente duras, y sobre todo que tenga pasión por la lectura y por la escritura. No me importa que escriba bien, porque nadie empieza haciendo bien nada de lo que hace.” Los talleres crecen como hongos y Heker reconoce que le sorprende que haya tanta gente interesada en escribir. “En un concurso pueden llegar hasta más de 1000 cuentos y es increíble que haya mil personas que escriban cuentos. Debe tener que ver con la necesidad de la gente de expresarse, aunque pocas veces esté relacionado con una elección fuerte de trabajar en la literatura y de construir una obra”, explica. “Si hay un concurso de composiciones musicales, no van a recibir tanto material porque hay poca gente que tiene acceso a un saber musical. Pero para escribir lo único que se requiere es no ser analfabeto, y creo que cualquier persona se siente con ese saber y piensa que puede escribir un cuento. En realidad la escritura es democrática, pero la literatura no.” Heker menciona a varios maestros argentinos del género cuento como Castillo, Isidoro Blaisten y Juan José Saer. Sin embargo, Heker observa que hay influencias que son peligrosas. “Borges construye cuentos como los dioses, pero su influencia puede ser nefasta porque una cosa es aprender de Borges y otra es copiarlo. Hay influencias que si no se las asimila bien, pueden derivar en la mera copia.” Si cada escritor va eligiendo su propia familia de maestros, Heker no duda en señalar tres pilares, que nunca faltan en sus talleres: Maupassant, Chéjov y Poe. Con fama de dura a la hora de señalar lo que falla en un texto, Heker concede que existe un malentendido bastante generalizado. “Hay gente que viene a leer sus textos para lucirse; creen que han escrito algo genial. Esa gente suele no volver a la clase siguiente de mi crítica.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Un poco de locura&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Alicia Steimberg plantea que el taller acompaña el proceso de hacerse escritor por un tiempo bastante corto. “Un escritor se forma, principalmente, leyendo, pero obviamente tiene que haber otros ingredientes, porque un magnífico lector no tiene por qué ser escritor”, sugiere la autora de La loca 101. “No podría decir que todas las personas alfabetas quieran ser escritores, pero me animaría a decir que casi todas. Pero si vos querés ser médica, no vas a probar cómo te sale agarrar un bisturí y abrirle la panza a alguien, ¿no? Puede ser una locura, pero también hay un poco de locura en el hecho de dedicarse a escribir”, subraya la escritora. “El error de la gente es pensar que se descubre a un escritor yendo a un taller literario.” Steimberg, que lleva ya 20 años dando talleres, precisa que detecta mucha ansiedad en quienes comienzan un taller. “Es muy frecuente que alguien que no ha estado trabajando mayormente o que ni siquiera escribió un ensayo de cuento, al mes pregunte: ‘¿estoy mejor?’”, revela la escritora. “Estuve veinte años trabajando antes de publicar mi primer libro, Músicos y relojeros. Tenía 38 cuando salió, pero desde los 18 escribía con intención literaria, aunque no sé si era literatura aquello que escribía porque nunca se lo mostré a nadie”, recuerda. “En cierto momento tuve un gran estímulo, mi segundo marido, que me encontró ya en una situación en que tenía que publicar porque había pasado demasiado tiempo. El me dijo que probara con los concursos y mandé Músicos y relojeros a dos concursos al mismo tiempo, cosa que no se debe hacer, pero resultó bien.” Como quedó finalista del Seix Barral y el listado se publicó en los diarios argentinos, la llamaron para ver el original, les interesó y se lo publicaron. Steimberg reivindica la práctica de la reescritura como el mejor ejercicio de taller literario. “Borges pensaba que lo único que podemos hacer es reescribir. El decía algo parecido al Eclesiastés: ‘Todo está ya escrito, todo sucedió ya’.” &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-4273658684068004930?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/4273658684068004930/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/02/el-oficio-de-aprender-escribir.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/4273658684068004930'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/4273658684068004930'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/02/el-oficio-de-aprender-escribir.html' title='EL OFICIO DE APRENDER A ESCRIBIR'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaiY-Y_oriI/AAAAAAAAAA4/XlFl-6__8w0/s72-c/pluma+libro.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-8031811436699840584</id><published>2009-02-27T17:41:00.000-08:00</published><updated>2009-02-27T17:48:30.165-08:00</updated><title type='text'>¿QUÉ ES UN TALLER LITERARIO?</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaiXz9Udu1I/AAAAAAAAAAw/U3Jo87ZWQp0/s1600-h/MAQUINA.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5307659079745649490" style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 149px; CURSOR: hand; HEIGHT: 102px" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaiXz9Udu1I/AAAAAAAAAAw/U3Jo87ZWQp0/s320/MAQUINA.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;“Los talleres literarios no sirven para nada”, dijo Abelardo Castillo, escritor y coordinador de un taller, y explicó que no hay mejor taller que “la propia biblioteca de un escritor”.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Para Isidoro Blaisten, “un taller es fundamentalmente un lugar de encuentro donde alguien que tiene una vocación literaria viene a encontrase con sus pares”, explicó. Es también escritor y coordinador.&lt;br /&gt;“El coordinador no inventa nada, sólo saca a la luz lo que ya está en el que viene al taller”, afirmó Elizabeth Ascona Cranwell, escritora que coordina dos talleres, uno de poesía y otro de narrativa.&lt;br /&gt;Blaisten tiene un concepto estricto de lo que debe ser un taller: “Es un lugar de trabajo, de reelaboración de lo escrito. Si hay que rehacer el texto, se rehace. Hay que leer lo producido por uno mismo como si fuera hecho por el peor enemigo”.&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Algo mejor&lt;br /&gt;&lt;/strong&gt;Los escritores que coordinan talleres literarios no son pocos. Y a esta altura, algunos se atreven a sacar conclusiones.&lt;br /&gt;Liliana Heker y Eduardo Gudiño Kiefer, ambos escritores y maestros, coinciden en que un mejoramiento general de la técnica, una escritura correcta, es el rastro más visible que va dejando el taller literario.&lt;br /&gt;“La prueba son los trabajos que llegan a los concursos -dice Gudiño Kiefer-. Han mejorado mucho y se nota el aprendizaje de la técnica, sobre todo en los concursos de cuento”. De todos modos, la corrección es regla, agrega, y otra cosa es convertirse en escritor. “De lo correcto a lo literario hay una distancia enorme”,dijo.&lt;br /&gt;Algunos talleres publican antologías o colecciones para dar a conocer a los más jóvenes y, por supuesto, los concursos suelen ser otra pista de aterrizaje frecuente.&lt;br /&gt;Gran cantidad de escritores jóvenes publicados y premiados han surgido de estos grupos: Juan Forn, autor de “Nadar de noche”, Jorge Castelli, ganador del concurso de inéditos de La Nación, Marcelo Carusso, autor de “Brull”, Claudia Solans y María Fernanda Curten, los dos primeros premios del último certamen del Fondo Nacional de las Artes.&lt;br /&gt;De todos modos, dice Castillo, los escritores que aspiran a ver su nombre impreso en la tapa de un libro saben que el taller puede ser un camino para su objetivo, pero tienen que luchar contra los prejuicios.&lt;br /&gt;“Hay una cierta desconfianza de los editores, de los otros escritores hacia los que surgen de un taller o que pasaron por un taller”, aseguró Castillo. Y la explicación es sencilla, no siempre el taller está bien llevado y muchas veces el resultado es una copia sin brillo del coordinador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;Vueltas&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Otra vuelta de tuerca. En la oferta de encuentros literarios hay de todo, como en botica.&lt;br /&gt;Universitarios, escolares, lúdicos, profesionales. Para principiantes, para escribas ya más entrenados y con lecturas abundantes (en general, el requisito para ser admitido por los escritores), para aquellos que no tienen pretensiones literarias y sólo quieren liberarse.&lt;br /&gt;“Para los que están solos y aburridos, para los que dejaron al psicólogo, para los que no tienen televisor, para las señoras que quieren escaparse de las obligaciones hogareñas, para los jubilados que se aburren en casa y sacan de los viejos cajones los poemas de la juventud.”&lt;br /&gt;La ironía de los escritores no tiene límites, pero, al parecer, es proporcional con la osadía de algunos habitués itinerantes, más interesados en el encuentro social que en ponerse a trabajar con las palabras.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;strong&gt;En la escuela&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;Las escuelas no son ajenas a este fenómeno. En forma experimental al principio, desde los setenta, y ya regularmente en los últimos años, maestros y alumnos -a partir de los cinco años- se sumergen en un mar embravecido de palabras con el firme objetivo de domarlas para hacerlas parte de una historia.&lt;br /&gt;La casi arcaica fórmula pongan de título “Redacción; tema: las vacaciones”, dio paso a la ejercitación de la escritura como un juego en el que los chicos aprenden a perderles el miedo a las palabras.”Los programas actuales -confirma Pampillo- contemplan la experiencia de la escritura de manera menos esquemática. El estudio de la sintaxis ya no es religión sino herramienta. Poder leer y producir textos es ahora el objetivo primordial.” &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5656043163275393599-8031811436699840584?l=escribirficcion.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://escribirficcion.blogspot.com/feeds/8031811436699840584/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/02/que-es-un-taller-literario.html#comment-form' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/8031811436699840584'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5656043163275393599/posts/default/8031811436699840584'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://escribirficcion.blogspot.com/2009/02/que-es-un-taller-literario.html' title='¿QUÉ ES UN TALLER LITERARIO?'/><author><name>Rodolfo Tornello</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06482757521931795313</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://4.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SVT2umLrhXI/AAAAAAAAAAM/VB4nUwpYzNI/S220/El+Sosias+Fotos+Garage+140.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_nltwl6Hhn6s/SaiXz9Udu1I/AAAAAAAAAAw/U3Jo87ZWQp0/s72-c/MAQUINA.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5656043163275393599.post-5270752169935198751</id><published>2008-12-26T07:28:00.000-08:00</published><updated>2009-01-28T15:26:45.476-08:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;span style="FONT-WEIGHT: bold;font-size:130%;" &gt;&lt;span style="font-family:georgia;"&gt;A LA CIUDAD Y AL MUNDO&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Casi todos los cardenales que integrarían el cónclave ya estaban en Roma. Procedían de más de cincuenta países de todo el mundo.&lt;br /&gt;Eran ciento treinta y cinco los príncipes de la Iglesia que aún no habían alcanzado la edad de ochenta años; se hallaban aptos para elegir un nuevo sucesor de Pedro, el pescador.&lt;br /&gt;La ciudad- Estado del Vaticano hervía de gente. De cada cinco personas, tres vestían ropas de clérigos; muchos de ellos eran asistentes de los purpurados.&lt;br /&gt;Luis Ortega era uno de esos seres que se movía entre tan espeluznante cantidad de hombres y mujeres. Se había agenciado una holgada sotana negra que le permitía ocultar una daga recién afilada y un cable de acero.&lt;br /&gt;Según lo establece el derecho canónico deben transcurrir once días, una vez muerto el Papa, para que el Sacro Colegio Cardenalicio se reúna bajo llave, ese es el significado latino de la palabra cónclave, y se disponga a proclamar al siguiente vicario de Cristo. El lugar suele ser la Capilla Sixtina.&lt;br /&gt;De esos once días, tres habían quedado atrás. En la mañana de la cuarta jornada un avión de Air France depositó a uno de los objetivos de Ortega en la ciudad.&lt;br /&gt;Ortega era uno de los asesinos mejor preparados de todo el mundo. Su entrenamiento había sido puesto a punto en las calles del Distrito Federal. Integrando la organización que se conoce como “M”, la poderosa mafia mejicana. La conversión a agente libre fue el resultado de haber asesinado a quemarropa a un comisario que era para sus jefes algo tan incómodo como una espina que se atraviesa en la garganta. El premio por la arriesgada faena fue un nuevo rostro. El último regalo que recibió de la “M” consistió en un tiro en la espalda con una bala de esas que se usan en las películas. El episodio fue registrado por todos los servicios de seguridad.&lt;br /&gt;Así fue como Luís Ortega se evaporó de todos los archivos ganándose el apodo de “Espectro”.&lt;br /&gt;Si se necesitaba que alguien dejara el mundo de los vivos y por supuesto podía pagar el precio, “Espectro”, era garantía de éxito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su Eminencia, el Cardenal Jean Louis Coulet, oraba en sus aposentos cuando sintió un dolor terrible en el cuello. Intentó gritar; pedir auxilio, pero no pudo hacerlo.&lt;br /&gt;Espectro desenrolló la bolsa que ocultaba bajo los hábitos en la que podían verse los sellos del servicio de correos del Vaticano, e introdujo al inerte purpurado. Guardó el cable de acero, se cargó la bolsa al hombro y salió. Nadie se fijó más de lo esperado en un delgado sacerdote que transportaba una bolsa con cartas. Espectro atravesó el Palacio Vaticano, recorrió los jardines y en unos momentos dejó atrás el Arco de las Campanas. Agradeció que Su Eminencia, al parecer no hubiera cometido el pecado de la gula.&lt;br /&gt;El cuerpo de Jean Louis Coulet fue encontrado una semana después de que un nuevo Papa ocupara el trono de Pedro. Ya era demasiado tarde.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Mercedes azul viajaba a poca velocidad. Llovía tanto que resultaba difícil ver hacia adelante, a pesar de que los limpiaparabrisas realizaban su labor de manera infatigable.&lt;br /&gt;La luz roja lo obligó a detenerse, fue entonces cuando el Cardenal Robert Schleck, Arzobispo de Chelsea, sintió los suaves golpes en la ventanilla trasera. Pidió a su edecán, monseñor Antonio Hoyos, que no avanzara y que bajara el cristal, el cual era a prueba de balas. Un instante más tarde ambos hombres yacían muertos. Las bocinas en manos de los impacientes conductores se entremezclaban creando una molesta y monótona melodía, que tenía por objetivo conseguir que el Mercedes azul continuara su marcha.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El gigantesco 747 de TWA procedente de Colombia, cuyo destino final era la ciudad de Roma, viajaba repleto. Todo el mundo quería estar presente cuando la fumata blanca hiciese su aparición. María Gutiérrez, la bonita azafata de piel morena de veinte y pocos años, se ocupaba de recolectar las bandejas con los restos de los alimentos, cuando creyó ver en los asientos doce, trece y catorce de primera clase a personas que dormían. El resto del pasaje había bajado de la nave. Al acercarse comprobó que se trataba de tres sacerdotes. Uno de ellos a juzgar por sus vestiduras era un cardenal.&lt;br /&gt;— Hemos llegado, Su Eminencia— anunció la muchacha con voz suave.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No obtuvo respuesta. Tocó en el hombro al cura esperando despertarlo. La cabeza de Miguel Núñez, Arzobispo de Bogotá, cayó hacia delante como si se tratase de una marioneta a la que nadie le maneja los hilos. La posterior autopsia reveló que la causa del deceso fue debido a una inyección de aire.&lt;br /&gt;Espectro había ganado en buena ley un millón y medio de euros. No volvería a trabajar por un largo, largo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante seis días los boletos de la elección fueron quemados con el agregado de paja húmeda. Por la chimenea pudo verse humo negro. Al amanecer del séptimo día, la Curia romana se encerró otra vez en la capilla que hiciera levantar su Santidad, Sixto IV. Cerca del mediodía los boletos se mezclaron con paja seca, las más de cincuenta mil personas entre las que se contaban, fieles y curiosos; que esperaban en la Plaza de San Pedro, supieron que la Santa Iglesia Católica tenía un nuevo rey. Las campanas de la Basílica comenzaron a sonar.&lt;br /&gt;Unos minutos antes que el humo blanco se confundiera con el aire, el Secretario de Colegio Cardenalicio anunció el resultado del escrutinio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Rotzinger: nueve votos, Sendri: Ocho votos, Camalo: siete votos, Nives: cinco votos, Ferrara: sesenta y tres votos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Cardenal Rafael Ferrara se puso de pie e hizo la señal de la cruz.&lt;br /&gt;Escuchó la pregunta de rigor:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Aceptas ejercer el oficio de Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia Universal?&lt;br /&gt;—Sí, acepto— respondió Ferrara.&lt;br /&gt;— ¿Qué nombre deseas llevar?&lt;br /&gt;—Rafael.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una hora y media después de la aparición del humo claro, el Cardenal Protodiacono, el chileno Jorge Arturo Medina Estévez apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro, que se conoce como “La Logia de la Bendición”y pronunció la fórmula de anuncio:&lt;br /&gt;—Nuntió vobis gaudium magnum: habemus Papam.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Según marca la tradición, después de su elección el nuevo Sumo Pontífice debe trasladarse con el Cardenal Camarlengo y el Maestro de Ceremonias Litúrgicas, al “Cuarto de las Lágrimas”; una pequeña habitación contigua a la capilla Sixtina, en donde se viste con el hábito blanco y llora ante la magnitud y la responsabilidad de la tarea que debe afrontar.&lt;br /&gt;Rafael Ferrara se vistió con las ropas que lo identificarían como nuevo pastor de un rebaño disperso alrededor del mundo que superaba los mil cien millones de cabezas y acto seguido rió con fuerza para celebrar el primer logro de su proyecto.&lt;br /&gt;Todos los cardenales esperaron con paciencia, su turno para arrodillarse ante el Obispo de Roma y besar, el anillo de Pedro. A partir de ese momento la Iglesia, tenía un nuevo monarca, Rafael, el Papa número doscientos sesenta y cinco.&lt;br /&gt;Al aparecer en el balcón para dar la bendición Urbi et Orbi fue recibido por banderas de todos los colores y un sin fin de aplausos y gritos. Concluido el rito se dirigió a los presentes en la plaza en italiano, la ovación fue instantánea. No era nada extraño que el nuevo depositario de las llaves del reino de los cielos hablara, entre otras muchas lenguas, un perfecto italiano. Esa era la lengua de sus abuelos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noticia se desparramó más rápido que la lava de un volcán en erupción por todo el planeta. El nuevo Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano era un argentino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A miles y miles de kilómetros del Estado más pequeño, más rico y más poderoso de todo el globo, una pareja de ancianos tomaba su desayuno, consistente en café con leche y tostadas de pan integral untadas con dulce de durazno. Había cuatro horas de diferencia entre Italia y Argentina; al dar las ocho en punto la pantalla del majestuoso televisor de veintinueve pulgadas que llevaba más de tres horas funcionando sin sonido, mostró la chimenea de la Capilla Sixtina que dejaba escapar un espeso humo de color blanco.&lt;br /&gt;Mientras Vicente aumentaba el volumen, gracias al aparato de control remoto, Constanza, su esposa de toda la vida, le preparaba otra tostada al tiempo que declaraba en tono solemne:&lt;br /&gt;— Tenemos Papa.&lt;br /&gt;De haberlo querido ellos hubieran podido estar en el Vaticano para ser los primeros en besar el anillo del pescador, que desde ahora descansaba en el dedo del mayor de sus hijos, Rafael, pero ese no era el plan que los Ferrara habían trazado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vicente Ferrara era el segundo hijo de Cosme Ferrara, un siciliano que luchó en el frente alpino durante la Gran Guerra. Vino a la Argentina en compañía de Vicenta, su esposa y un robusto bebé de poco más de un año, Enzo, quien resistió los noventa días que demoró atravesar el océano con una permanente mueca de alegría. Con la familia viajaba un florentino llamado Giuseppe Torelli, su amigo más cercano.&lt;br /&gt;Cosme decidió abandonar su patria, cuando estaba metido en una trinchera con el barro hasta las rodillas, medio muerto de hambre y frío. Fue en ese lugar donde conoció a Giuseppe un ser con un optimismo a prueba de todo que le contó lo que a él le habían contado sobre un bello país en el sur de América del sur: en donde uno si era trabajador y austero podía llegar a convertirse en millonario.&lt;br /&gt;En 1920 desembarcaron en el puerto de Buenos Aires. Era un caluroso día de noviembre. Se sentían felices y repletos de esperanza. Los hombres guardaban en los bolsillos de sus sacos, demasiado gruesos para estas temperaturas, los manuales del inmigrante que les habían entregado antes que la goleta, “La Estrella”, zarpara hacia el nuevo mundo. Los manuales eran confeccionados por el gobierno para facilitar la llegada de todas aquellas personas que elegían la Argentina con la intención de dejar atrás los devastadores ecos de la guerra. Algunos además tenían la ilusión de formar parte de la revolución agropecuaria que con la ayuda del ferrocarril estaba llevando adelante el gobierno de Hipólito Irigoyen. Los manuales les servían a los viajeros para conocer cómo iba a ser la travesía, la llegada y la posterior vida en el país. Los instruía sobre cómo comprar un boleto de tren y cómo conseguir un empleo.&lt;br /&gt;La ciudad de Buenos Aires abrazaba lo mismo que una madre cariñosa aunque algo sobre protectora a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que deseaban habitar suelo argentino. El barrio de La Boca les ofreció a los recién desembarcados un lugar en donde empezar a edificar el futuro.&lt;br /&gt;El propietario del conventillo, en el que se alojaban razas tan diversas que formaban una moderna Babel, era un hombre de huesos largos, cuyo espeso cabello se parecía al trigo y un perpetuo cigarrillo de fabricación propia siempre a punto de caérsele del labio inferior. Todos lo nombraban “el ruso”, aunque en realidad era húngaro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El ruso conoció la tierra de los gauchos dos décadas antes que Cosme, Vicenta y Giuseppe. A pesar de no poder ser considerado rico, era alguien a quien no le faltaba sin sobrarle.&lt;br /&gt;Comenzó con dos candelabros de oro que habían sido de su abuela paterna. Su patrimonio se completaba con un traje gris, que jamás tuvo mejores épocas, dos camisas blancas y dos pares de botines negros.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las doradas piezas se convirtieron en un terreno grande y muy plano. Sobre el cual fue levantando adobe por adobe, en el tiempo libre que le dejaba su puesto de estibador, modestas y limpias habitaciones; ocho en total, con un baño en común que contaba entre sus lujos, con un bonito espejo en forma de rombo.&lt;br /&gt;Cuando el grupo de italianos conoció al ruso, éste hablaba un castellano sin tropiezos y a fuerza de haber tenido que lidiar, como él mismo decía, con gente de tantos y tan lejanos lugares; sabía hacerse entender por cualquiera.&lt;br /&gt;Las piezas tenían un costo de dos pesos por mes. Una, la más espaciosa, la ocuparon los Ferrara. La última que quedaba libre fue para Giuseppe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Vicenta, tenía los ojos y el cabello oscuros como el fondo de un aljibe. Provenía de una familia que durante siglos había amasado el pan más sabroso y crujiente de toda Sicilia.&lt;br /&gt;Cosme, quien fuera siempre delgado, tanto que parecía que podía fracturarse si sufría alguna caída, había experimentado una pronunciada metamorfosis, fruto de su paso por el campo de batalla. Al volver su cuerpo se asemejaba al que años más tarde exhibirían los boxeadores de peso pesado. La sonrisa que antes lucía se evaporó, dejándole un rostro cuya expresión única era la de un hombre tranquilo y satisfecho consigo mismo. En los años que siguieron, años en los que construyó su sólido reino, nadie alcanzó a saber que era lo que pensaba o sentía. Hubo dos personas que lo sabían, por eso una lo amaba, la otra lo respetaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el pueblo de Erice, en la provincia de Trápani, vivían dos familias que no se ganaban el sustento diario con la pesca del atún, ni tampoco cultivando vid. Se trataba de los Ferrara y los Sabatini. Unos criaban vacas de cuya leche se elaboraba queso y manteca. Los otros eran panaderos.&lt;br /&gt;Vittorio Ferrara, un viudo que supo criar con amor y buenos consejos, a su hijo. Cada amanecer se ponía las ropas de trabajo, unos pantalones de pesada tela gris y una camisa celeste sobre la que reposaban unos tiradores muy añejos. Le gustaba llevar una gorra de pana negra que lo alejaba del sol del verano y del frío de la estación contraria.&lt;br /&gt;Vittorio era la clase de persona que a pesar de ostentar una maciza corpulencia, hecha a fuerza de madrugar y trabajar todos y cada día de la semana, daba la impresión de ser un atleta olímpico dueño de una agilidad elástica, la cual empleaba para saltar a su carreta y una vez allí dar la orden de avanzar a un tesonero caballo blanco, el cual era el motor que movía la pesada estructura. Junto a él siempre iba su hijo Cosme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los Sabatini eran una pareja feliz, él un individuo de piernas cortas con una expresión alegre. Ella una señora de generosas redondeces, que no ocultaba la dicha de haberlo encontrado. Vicenta, la hija, se encargaba de repartir el pan. Le causaba una enorme alegría ver acercarse la carreta de Don Vittorio; siempre con Cosme a su lado mostrando aquella sonrisa; más lo veo más me gusta pensaba cada mañana la jovencita hija de panaderos.&lt;br /&gt;Cuando las horas de los días se hicieron semanas, éstas meses y más tarde años. Cuando Vicenta adquirió esas formas que la hacían parecer una guitarra, y Cosme empezó a usar la navaja de afeitar de su padre; nadie se asombró al oír la noticia: el lechero y la panadera se casarían pronto, muy pronto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Está a punto de concluir junio. El pueblo de Sarajevo, en Bosnia, ha pasado por alto la hora del almuerzo. Algunos han tenido el tiempo suficiente para preparar huevos duros y poner algo de jamón ahumado al resguardo de dos rodajas de pan. Los más precavidos se han munido de odres con agua. Todos esperan a los visitantes.&lt;br /&gt;A la una de la tarde los curiosos que se apretujan a ambos lados de la ancha avenida principal, orgullo de la modesta ciudad, oyen muy lejos todavía el golpe de los cascos de los caballos sobre las piedras que forman la calle.&lt;br /&gt;Gavrilo Princip, un estudiante universitario, no apartaba la vista del lugar desde donde se acercaba el sonido del rítmico trote. Estaba nervioso, no asustado. Su Colt 44 en perfecto estado lo haría pasar a la eternidad. Princip no lograba comprender la algarabía de la gente. Se preguntaba sobre las causas que los ponían tan dichosos. Sería acaso que sólo él sentía el peso del yugo. El estudiante aguardaba, sabía que a un kilómetro de donde se encontraba, otro miembro de su equipo, tenía la misión de atacar primero; si lo hacía con éxito, Princip no actuaría y entonces reanudaría su vida hasta que le fuese solicitada alguna otra tarea, por parte de la Mlada Bosna, la joven Bosnia. Pero los caballos estaban cada vez más cerca, los sonidos de su llegada se hacían más y más audibles segundo a segundo. Un minuto después estaban allí, tiraban de un carruaje igual a los que se describen en los cuentos de hadas. Princip apretó el revólver dentro del bolsillo de su saco marrón y se puso alerta. Él no fallaría.&lt;br /&gt;El heredero al trono de Austria, saludaba levantando el brazo derecho, e inclinando de manera alternada la real testa hacia un lado u otro de la calle. A su lado, su esposa repetía los gestos agregando dos o tres sonrisas más.&lt;br /&gt;La condesa Sofía Chotek no conseguía calmarse luego del estruendo que se había producido mil metros atrás; aunque no sospechaba que las granadas las había arrojado un obrero austriaco que intentaba asesinarlos.&lt;br /&gt;El príncipe Francisco Fernando estaba seguro que al regresar del viaje, su tío, el Emperador, empezaría a respetarlo y a tratarlo como se lo merecía. No pudo continuar sus elucubraciones. Un nuevo estallido volvió a ensordecerlo y al instante sus ojos se cruzaron con los de un muchacho que empuñaba un revólver y le apuntaba a la cabeza. Intentó moverse, proteger a la duquesa. No lo logró. Estaba muerto.&lt;br /&gt;Cuando la duquesa de Hohemberg fallecía a raíz de dos impactos de bala en el hospital Konak. Cosme y Vicenta se besaban frente al altar de la iglesia de San Alberto, el santo de Trápani, plenos de felicidad y ajenos a la danza que practicaba la guerra sobre las tumbas de los miembros de la casa de Habsburgo, la misma danza que al cabo de once meses decidiría el rumbo de sus vidas futuras.&lt;br /&gt;Gavrilo Princip se ajustó con exactitud a las órdenes recibidas. Disparó, vació el tambor, dejó caer al suelo el arma y se confundió entre el mar de sacos marrones que intentaban no ser alcanzados por los disparos. Nadie lo vio, nadie lo señaló, nadie lo acusó, nadie lo detuvo. Ahora sabrán esos sucios austriacos que hablamos en serio, pensó exaltado por su proeza.&lt;br /&gt;El crimen que Gavrilo cometió fue la chispa que encendió la mecha de la Gran Guerra.&lt;br /&gt;El matrimonio Ferrara comenzó su vida en una casa blanca con un jardín sencillo en el frente. Obsequio de ambas familias. Lo tenían todo: amor, trabajo y muchos planes para el porvenir. Nada puede durar para siempre y ellos lo supieron aquel día de fines de mayo de 1915. Los hombres jóvenes tendrían que sumarse a la guerra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quién ha salido ileso después de veintiséis meses de hambre, frío, lluvia y barro en el frente alpino, ya no teme a casi nada en la vida. Los amigos enfrentaron la ciudad como los cazadores que eran, dispuestos a volver a casa con la piel del león. La bestia no es llamada en vano rey de la selva, sería más que difícil despellejarla. Con el diario La Nación doblado bajo el brazo de Giuseppe dieron inicio a la cacería. En sus caras podía verse la esperanza que dan los días lunes.&lt;br /&gt;Es imposible precisar cuántas cuadras caminaron y más aún con cuántas personas hablaron. Lo que es seguro es que al entrar en la pieza de la pensión, la esperanza se había desdibujado. Se sentían decepcionados, pero no preocupados, ya que les quedaban algunos ahorros.&lt;br /&gt;La escena de la llegada a la pieza con un gesto de cansancio y decepción se repitió durante varios días. Parecían actores representando la misma obra noche a noche.&lt;br /&gt;Pasado el décimo fracaso se dejó de lado a los clasificados. No se podía gastar un centavo más. Cuando al caer la tarde no consiguieron la piel, estaban otra vez listos para desempeñar sus roles sobre el escenario de la pensión, mas la alegría de Vicenta lo impidió.&lt;br /&gt;— Conseguí trabajo— dijo.&lt;br /&gt;Los hombres se miraron por un instante y rompieron en una carcajada tan cansada e incrédula como ellos. Vicenta les contó que se había convertido en la nueva ayudante de la modista que vivía en el fondo y no daba abasto con el trabajo. La celebración se hizo con un poco de pan, algo de queso duro y vino tinto.&lt;br /&gt;El buen cazador conoce las reglas para salir victorioso. Cosme y Giuseppe sabían que la paciencia y la perseverancia los harían vencer. La noche de la jornada número veintiuno se envolvieron en la gruesa piel del señor de la jungla y satisfechos entraron en la pensión.&lt;br /&gt;— Desde mañana, somos empleados del correo— anunciaron a dúo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las noticias desde Erice eran siempre buenas y siempre concluían con la promesa de que en cualquier momento tendrían que albergar a algún pariente. No se dieron cuenta y ya estaban festejando el quinto cumpleaños de Enzo. Giuseppe se había mudado a pocas cuadras del conventillo, era muy feliz junto a María, una muchacha que conoció en el trabajo, que lo convertiría en padre en tres meses.&lt;br /&gt;Las dos parejas la pasaban muy bien juntos y era por eso que todos los sábados se reunían alternando entre la pensión y la casa de los Torelli.&lt;br /&gt;María sería la anfitriona de esta noche. Despertó con los pies hinchados, Se sentía enferma, sus grandes ojos verdes mostraban señales claras de haber pasado una pésima noche.&lt;br /&gt;— Muy buenos días— la saludó Giuseppe, al tiempo que acomodaba las almohadas para que estuviese más cómoda.&lt;br /&gt;— Espero que sea un buen día, porque la noche fue un espanto.&lt;br /&gt;— Sí, parece que ha estado nervioso el amigo.&lt;br /&gt;— Dále con el amigo. Ella tiene nombre, se llama Juliana.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giuseppe la besó en la frente. Cuando se aseguró de que estaba sentada sin dificultad, salió de la habitación; para volver trayendo una bandeja de madera que se convertía en mesa al plegarle sus cuatro patas. El desayuno se componía de té y pan con dulce de ciruelas que Vicenta les había regalado.&lt;br /&gt;—Vamos a suspender lo de esta noche— dijo Giuseppe— no tenés buena cara.&lt;br /&gt;—Seguro que desayuno y me siento mejor.&lt;br /&gt;—Si no, suspendemos y listo. Ni un problema.&lt;br /&gt;—Me da no sé qué. Vicenta ya se debe haber puesto a preparar una torta para traer.&lt;br /&gt;—Si es por eso, quedáte tranquila que con Cosme y Enzito mucho no va a durar.&lt;br /&gt;María terminó el té, pero apenas probó el pan. A diferencia de Giuseppe no disfrutaba quedarse en la cama. Se vistió con un bonito vestido azul y recogió su largo cabello castaño detrás de la nuca. Era una mañana de verano aprovechó para quedarse descalza. Encendió la radio para oír algunos tangos, después se acomodó en el patio a leer el diario. Encontró una noticia que le interesó, se inauguraría una nueva tanguería, pedían empleados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Dr. Sayavedra jamás completó sus estudios de abogacía. Mucho menos obtuvo un doctorado en derecho. Quince de sus cuarenta años había sido afiliado a la Unión Cívica Radical, sus esfuerzos le fueron pagados con una candidatura a Senador Nacional. Era un hombre que amaba más que a cualquier mujer, el poder y la riqueza. Su aspecto inspiraba un respetuoso miedo, eso le gustaba, es mejor que te teman a que te amen, decía a sus acólitos con orgullo no disimulado. Usaba una barba muy bien recortada que le servía para ocultar una cicatriz en el lado izquierdo de la cara. El dueño del cuchillo se ocultaba debajo de toneladas de negra tierra y no volvería a postularse para ocupar una banca nunca más.&lt;br /&gt;El tiempo en que fue servidor público lo utilizó para hacer favores y crear alianzas. Apareció en las primeras planas de los diarios de mayor circulación acompañado por famosos del deporte, el arte y la política. Pasó a ser considerado un pionero al implementar un sistema de casinos ambulantes que recorrían la ciudad, ocultos en grandes camiones con acoplados que lucían en los costados el logotipo del frigorífico Santa Laura, una empresa que contaba con varios pisos de oficinas en la zona más céntrica de la ciudad y pagaba envidiables salarios a un centenar de empleados. La creación de una empresa fantasma fue la solución que encontró el doctor para hacer frente al cierre por parte de la policía de sus casas de juegos. Para ser exactos éste fue el segundo paso. El primero consistió en identificar a las personas que actuando como sólo lo hacen los desagradecidos, pasaban la información a las autoridades. Cinco fueron los que mordieron la generosa mano que alimentaba a ellos y a sus familias. Se los encontró a todos con un disparo de escopeta en la boca, el sasso in boca, que significa que un traidor no volverá a hablar.&lt;br /&gt;El correctivo disciplinario alcanzó a padres, tíos, hijos, sobrinos y primos.&lt;br /&gt;La fructífera rueda de la fortuna sobre ruedas se puso en marcha en tres vehículos. El suelo se hallaba cubierto de una mullida alfombra, rojo ladrillo. Pequeñas luces ubicadas de manera estratégica ofrecían a los visitantes una atmósfera agradable. Dos bellas mujeres mantenían los vasos llenos de la bebida preferida de cada invitado, mientras en un rincón un experto pianista ponía música a la escena.&lt;br /&gt;Cuando un jugador había llegado al límite de su suerte y quería retirarse; el chofer del camión, que conocía cada uno de los domicilios de los clientes de cada noche, variaba el recorrido habitual dirigiéndose a la dirección del desafortunado o desafortunada para dejarlo a él o ella en la puerta de su hogar.&lt;br /&gt;El servicio era lujoso y muy privado. La única forma posible de acceder a uno de los casinos móviles Santa Laura era con una recomendación personal de un antiguo cliente. Una vez efectuada la recomendación, el futuro nuevo amigo debía esperar alrededor de diez días para que fueran comprobadas sus cartas credenciales y se descartara cualquier vinculación con algún organismo de seguridad.&lt;br /&gt;El doctor Sayavedra había obtenido beneficios enormes de los casinos rodantes. Se consideraba un hombre de empresa, siempre atento a satisfacer a sus huéspedes. La demanda más frecuente se centraba en el sexo, después en la marihuana, sólo los más osados buscaban cocaína.&lt;br /&gt;Fiel a su espíritu de enmascarar hizo que uno de sus ayudantes más antiguos comprara una casa grande, en la que todo un batallón de albañiles, pintores y electricistas trabajó sin descanso para poner la vivienda en las condiciones requeridas por el doctor. Catorce eran las habitaciones provistas de un mobiliario digno de reyes. Camas con sábanas de seda y pisos de madera lustrada. Cada estancia contaba con un lujoso baño en donde esperaba una bañera con patas de bronce y agua siempre tibia. También había un armario con todo tipo de jabones, sales aromáticas traídas de Asia e innumerable cantidad de esponjas y cepillos con largos y torneados mangos.&lt;br /&gt;El lugar no sería conocido como una casa de mala nota, sino como un reducto de tango para hombres, que contaría con bailarinas profesionales. La orquesta se formó con siete profesores que ejecutaban guitarra, piano, flauta traversa, clarinete, violín, acordeón y canto.&lt;br /&gt;Sayavedra quería dar oportunidades a gente nueva para que engrosara sus filas. Le gustaba creerse un benefactor y más le gustaba que se le debieran favores. En todos los diarios apareció su aviso solicitando personal para la nueva tanguería, las bailarinas ya habían sido elegidas. Su entrenamiento estaba a cargo de la señorita Gailac, alguien que conocía como nadie el oficio de vender amor y compañía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La señorita Gailac era una mujer que se construyó a si misma. La belleza le abrió las puertas de los salones más prestigiosos de Buenos Aires. La hizo conocer a gente culta, rica y muy famosa. Hubiera podido ser una gran actriz de cine y el mundo no le habría negado nada, pero eso no era lo que el sino había escrito para su vida.&lt;br /&gt;Tenía veinte años, su existencia era una interminable fiesta. Se había jurado llegar tan lejos como fuera posible. El amplio guardarropa que poseía era fruto de agradecidos regalos, de hombres que a su lado habían pasado muy gratos momentos. Hasta el mismo presidente de la Nación se contaba entre quienes no habían podido resistir el cabello rubio y los ojos más azules que jamás haya visto alguien.&lt;br /&gt;Le era difícil seguir almacenando carteras y zapatos. Un capítulo aparte lo constituían las joyas. Una historia que se contaba de boca en boca como si se tratara de las leyendas épicas que han llegado hasta nuestros días, hablaba de una gargantilla acompañada por un par de aros de oro con rubíes y zafiros engarzados que pertenecía a la familia real de Afganistán. El heredero al trono, el Príncipe Razaf había encontrado la forma de hacerle llegar el fabuloso presente como muestra de su eterna devoción.&lt;br /&gt;La señorita Gailac no podía ser más feliz. Si alguien le hubiese insinuado tan sólo que su momento de gloria estaba a punto de consumirse como el fuego al que se lo priva de oxígeno, se hubiera limitado a reírse con esa risa suya que los hombres adoraban y las mujeres anhelaban para sus propias personalidades.&lt;br /&gt;El doctor Sayavedra cumplía sus bodas de plata. La Gailac fue invitada a la reunión junto con lo más selecto de la sociedad porteña.&lt;br /&gt;El dueño de casa la recibió con un semblante llenó de alegría.&lt;br /&gt;—Bienvenida, mi querida amiga. Como es habitual luce muy hermosa.&lt;br /&gt;—Es muy amable mi buen doctor. Usted está como de costumbre muy elegante.&lt;br /&gt;La mujer había elegido para la ocasión un sencillo vestido negro que dejaba todo librado a la imaginación. Llevaba zapatos de taco bajo y el atuendo se completaba con una pulsera de oro dieciocho quilates, que se combinaba con un fino collar y un par de pendientes de idéntico material. El trigueño cabello lo había atado en una cola de caballo y con excepción de un poco de pintura en los labios, no lucía maquillaje. No era de su agrado.&lt;br /&gt;Durante la cena, un hombre que llevaba un fino bigote, no le sacó ni por un segundo la vista de encima. Ella no pudo evitar imaginar los futuros regalos. Más tarde supo por boca del doctor Sayavedra que se trataba del Marqués de Loyola, un enviado del gobierno español que tenía la misión de realizar algunas compras. Entre otros productos cereales, carne vacuna y cueros.&lt;br /&gt;En el momento en que el hombre del prolijo bigote se deleitaba con las formas que insinuaba el negro vestido, el Marqués de Loyola dormía en compañía de su obesa esposa que roncaba tanto o más que una locomotora y no se atrevía ni siquiera a soñar con una mujer como la Gailac en su madrileña cama.&lt;br /&gt;El falso Marqués permaneció a prudente distancia y esperó, era parte de su oficio.&lt;br /&gt;En el majestuoso jardín de la residencia se había dispuesto un escenario sobre el cual se mezclaban el tango y los fox trots que la orquesta de Roberto Firpo interpretaba. La Gailac danzaba con la gracia de aquellos que no temen al ridículo y hasta se atrevía a improvisar piruetas, que resolvía con elegante exactitud.&lt;br /&gt;El doctor Sayavedra, que como todo buen anfitrión estaba pendiente de sus huéspedes, se las arregló para quitar a la muchacha de las garras de un cincuentón que la abrazaba con la misma delicadeza con que un camión aplasta al sapo que se atraviesa en su camino.&lt;br /&gt;—Creo que el marqués, no dormirá esta noche si no la conoce, mi querida amiga— comentó sonriendo el organizador de la velada.&lt;br /&gt;—Yo en cambio creo que exagera usted un poco, mi buen doctor— le contestó la Gailac también sonriente.&lt;br /&gt;Cuando las presentaciones concluyeron el ilegítimo noble dijo con su perfecto acento castizo adquirido después de horas y horas de escuchar e imitar a Doña Asunta, su abuela materna.&lt;br /&gt;—Permítame decirle señorita, que es usted un verdadero ángel.&lt;br /&gt;La joven conocía todos los aspectos del juego y se preparó para mover sus fichas.&lt;br /&gt;—Es Usted muy galante, Excelencia.&lt;br /&gt;— ¡Galante! Qué va. Sincero, sincero y nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre que decía ser un dignatario extranjero era Sergio Achaval, un estafador profesional que la policía francesa encontraría muerto en el mismo momento en que María ofrecía el postre a sus invitados y les comentaba sobre el aviso que solicitaba empleados para una nueva milonga.&lt;br /&gt;Achaval de veintiocho años, era el único hijo de un matrimonio que vivía de los frutos obtenidos del árbol del engaño. Lo que se conoce como cuento del tío. Sus padres poseedores de dotes que les hubieran proporcionado el aplauso en cualquier teatro, lo entrenaron desde antes que intentara dar un paso o pronunciar una palabra. En pocos años era un artista que brillaba en las colas de los cines y en los tranvías atestados a más no poder.&lt;br /&gt;Los trabajos pequeños eran su responsabilidad. En ocasiones participaba en alguno de los grandes como el tierno vástago de una familia que debe dejar el país y le urge liquidar sus reliquias familiares o era un niño con una áspera tos que sólo sanaría en las sierras y espera la solidaridad de los vecinos para llevar una vida feliz.&lt;br /&gt;Con el tiempo el dulce niño, se hizo un hombre de muy buena presencia, fruto de dos horas diarias de gimnasia; llevar el cabello cortado a la última moda y vestir ropas de excelente factura.&lt;br /&gt;La vida dentro del mundo de la falsedad es agotadora. Siempre se debe tener los sentidos alerta, lo mismo que el conejo que intenta escapar de los dientes de un puma. La familia Achaval supo ser ahorrativa. Una parte de cada trabajo se guardó. Este proceso de poner los huevos en canastas distintas, tuvo buenos resultados y posibilitó la compra de tres departamentos, cuya renta era suficiente para llevar una desahogada existencia. También se hicieron con una cantidad importante dentro del paquete accionario de empresas cuyos dividendos anuales alcanzaban seis dígitos.&lt;br /&gt;Había dos cosas que no obtenían todavía. En primer lugar la señora Achaval soñaba con vivir en una gran casa con muchas habitaciones, un inmenso parque y una pileta de natación. En segundo lugar el señor Achaval amaba a los caballos de carrera. Planeaba pasar sus últimos años criando bellos pura sangre.&lt;br /&gt;Estos eran los pensamientos que poblaban las mentes del clan de timadores cuando como una señal de los dioses se posó frente a los ojos del cabeza de familia, lo que sería sin lugar a dudas el colofón de sus brillantes puestas en escena. Bajo el título “¿será verdad?” y acompañada de varias fotografías se contaba la historia de la colección: “Los ojos de Kabul”, valuada en más de un millón y medio de dólares.&lt;br /&gt;A raíz de esta noticia la señorita Gailac se convirtió, sin saberlo, en el centro de atención de la familia. La puesta a punto les insumió un año de trabajo. Para cuando Sergio atravesó el umbral de los Sayavedra, la conocía mejor que ella misma.&lt;br /&gt;Siguiendo un plan que había sido trazado con la misma meticulosidad con la que un arquitecto realiza los planos para construir un fastuoso edificio; Sergio dejó que los días transcurrieran y como si se tratara de otra de sus obligaciones diplomáticas apareció ya muy tarde en una recepción que ofrecía el embajador del Brasil, con motivo de celebrar el día de la independencia de su país. Sus cartas credenciales eran perfectas. Nadie se hubiera ni siquiera atrevido a imaginar que eran apócrifas. Para completar la caracterización se había dejado ver casi a diario por la embajada española para que con ese aire despreocupado que había fabricado, las cámaras lo capturaran, para estamparlo en las páginas de todos los diarios saludando a importantes autoridades locales; luego de haber hablado de cualquier cosa. La suerte se convirtió en una aliada admirable, posibilitando que no se cruzara nunca con alguien que conociera al verdadero Marques de Loyola. Por eso, fue natural que se lo contara entre los invitados del embajador de Brasil.&lt;br /&gt;Era mucho más que natural que la Gailac estuviera en la fiesta. No había reunión en la que no fuera participada y sus ausencias se contaban con los dedos de una mano. Esa noche había elegido un vestido color rosa muy claro que parecía haber sido diseñado con exclusividad para su cuerpo. Sergio la observó y supo que tendría que realizar un gran esfuerzo para no caer rendido a sus pies.&lt;br /&gt;Ella lo recordó desde que puso un pie dentro del salón. Ya vendrá, pensó y continuó con la rutina que le había acarreado tantos beneficios; seguir mostrándose encantadora, inteligente y divertida.&lt;br /&gt;Como si se tratara de piezas sobre un tablero fueron efectuando jugadas hasta que quedaron cara a cara.&lt;br /&gt;— ¿No nos hemos visto antes? — preguntó Sergio jugando su juego con la perfección de los maestros.&lt;br /&gt;— Creo recordarlo ¿No estaba usted en el aniversario de los Sayavedra?&lt;br /&gt;Sergio sonrió como si hubiera encontrado un billete de lotería premiado que había buscado por varios días.&lt;br /&gt;—Ahora la ubico. Debe disculparme por mi escasa memoria, merezco un horrible castigo.&lt;br /&gt;—No será necesario, si baila conmigo.&lt;br /&gt;—Eso va a ser todo un placer- declaró al tiempo que ofrecía su brazo.&lt;br /&gt;La orquesta atacó el primer acorde de una canción alegre. Él la abrazó por la cintura con suave seguridad. Ella se dejó guiar y por un momento trató de detener su cerebro y no pensar con su habitual lógica. Tal vez en esta oportunidad sea diferente, fantaseó.&lt;br /&gt;Los músicos eran bastante hábiles, aunque la cantante era tan sólo buena presencia, pero estos detalles no eran de importancia. Bailaron sin hablar. Intercambiaron sonrisas y nada más.&lt;br /&gt;La esbelta vocalista escupió la última frase de un bolero muy de moda y la mujer sintió un pánico similar al que debe experimentar alguien que no se ha acercado ni por casualidad a un río y por accidente cae al agua. Se despidió con torpeza y salió, él no intentó detenerla.&lt;br /&gt;Le resultó imposible dormir. La mañana la alcanzó cuando intentaba borrar esa sensación de angustia que la había mantenido insomne. Dejó la cama y caminó despacio hasta el baño. Llenó la bañadera con agua caliente, para dejarla sólo cuando el frío le indicó que había pasado un largo rato.&lt;br /&gt;No era posible que esto fuera real. Esas cosas pasaban en el cine y en las novelas pésimas con las que su madre atiborraba la biblioteca que heredó de su abuela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A mitad de camino entre las ciudades de San Juan y Mendoza, se ubica el pueblo de Media Agua, hoy célebre por sus sándwiches de jamón crudo en pan casero. A fines del siglo XIX, nació en ese árido territorio una niña que muchos años más tarde tendría a príncipes y presidentes tratando de ganar su afecto.&lt;br /&gt;María Martínez, la madre, tenía un puesto de dulces y conservas. El padre, un comerciante itinerante de calzados, que eligió el pueblo como parte de sus recorridos quincenales; un buen día dejó de venir. Por eso María no pudo contarle que estaba embarazada, no pudo contarle que nació una hermosa niña, no pudo contarle que la llamó Rosa y no pudo nunca dejar de esperarlo. Fue por tal motivo que trasladó el puesto a la calle principal.&lt;br /&gt;Cuando el viajero entrara, la vería. Entonces reconocería en los ojos de Rosita, los suyos propios y se volvería loco de alegría. Las llevaría con él a la capital para nunca hacerles faltar nada.&lt;br /&gt;El nómade vendedor no supo encontrar el camino de regreso por lo que María se fue apagando todos los días un poco hasta convertirse en un remedo de la mujer que fuera.&lt;br /&gt;Rosa tenía ocho años y trabajaba a la par de su madre en la elaboración de dulces, los cuales alcanzaban siete variedades tales como damasco, durazno, uva, ciruela, membrillo, pera y tomate. Entre las conservas se contaban cebollas en vinagre, pimientos morrones asados, berenjenas, tomates enteros y hecho salsa.&lt;br /&gt;Eran largas jornadas en las que la niña, que no asistía a la escuela, aprendía de libros que María había adquirido gracias a aquellos vecinos que viajaban con frecuencia a la capital. La madre, dueña de una educación básica, pretendía que su hija tuviera un futuro más amplio y si bien no le era posible que fuese a diario a una escuela, debido a que la más cercana quedaba a ochenta kilómetros, la mujer había organizado un rudimentario plan de estudios que incluía lengua, matemáticas, historia y geografía. Por las noches se hacía presente la literatura de la mano de uno o dos capítulos de alguna novela. Las cuales en su mayoría eran protagonizadas por hombres de brazos fuertes y corazones tiernos como un pedazo de pan.&lt;br /&gt;Fueron años bellos en los cuales Rosa aprendió a soñar con la vuelta de su padre, pero también aprendió a odiar a ese hombre por el cual María muy tarde en las noches lloraba sin obtener consuelo.&lt;br /&gt;Ella no pasaría por eso. Ella no esperaría jamás a un hombre en la calle principal de su pueblo. Ella no amaría nunca a nadie, para que nadie se atreviera a dejarla sola y abandonada.&lt;br /&gt;Guardando lealtad a estos preceptos se convirtió en mujer. Al morir María, tal vez por que estaba ya muy cansada de esperar y seguir esperando, liquido todas sus pertenencias y se fue a Buenos Aires donde se transformó en la Gailac.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La manera más segura y eficaz que encontraba de mantenerse firme en su promesa de no sucumbir ante el perfume que destila el amor, era desaparecer. Eso sería lo más apropiado, se evaporaría al menos por una temporada. Hasta estar segura que el Marqués había vuelto a su tierra. Lo más lógico era que tuviera que rendir cuentas a algún superior. Se sintió más tranquila, relajada y casi contenta. El baño siempre le producía ese efecto. Algunos días sin fiestas, conciertos u otras aglomeraciones no le harían nada mal, después de todo.&lt;br /&gt;El bello reloj de pared le informó que había llegado el mediodía y su estómago le informó que tenía hambre. Se preparó una ensalada de tomate y lechuga, la acompañó con algo de queso fresco y pan negro. En la cocina no había mesa alguna, aunque el espacio lo hubiera permitido de sobra, la razón era que odiaba comer en la cocina. Colocó los alimentos en una fuente y se los llevó al comedor. Encendió la radio buscando compañía y sacó del bargueño su última botella de malbec.&lt;br /&gt;Las horas que siguieron fueron tan tranquilas que nadie podría haber imaginado con cuanta exactitud se cumplía aquel proverbio que reza: la procesión va por dentro. Se obligó a no sentir a no pensar y mucho menos a imaginar. No era verdad, no lo estaba viviendo en su propia carne. Ella no. Ella la fría, la ambiciosa que había logrado escapar como si se tratara de un campo de refugiados de la sucia y dolorosa pobreza. Ella que vivía tan sólo de empeñar joyas, algunos vestidos y tapados de piel. Ella que llevaba años sin abrir un ojo antes del mediodía, y todo por haber sido tan estricta en su proceder. Pasarla bien, estaba bien. Enamorarse, ¡qué estupidez!.&lt;br /&gt;El cautiverio que se impuso no cumplió su cometido. El teléfono parecía una especie de máquina creada para enloquecerla. Lo desconectó para intentar dormir, no lo logró. Volvió a llenar la bañadera, auque esta vez no esperó que el agua le hiciera sentir frío. Se jabonó el cuerpo con fuerza con la ayuda de un cepillo, se enjuagó y dejó el enlosado cubículo. No supo cuándo se había hecho de noche. Eligió una falda sencilla de color gris perla, la combinó con una camisa del mismo tono. Se puso unas sandalias negras y protegió su cabello húmedo con un pañuelo de un gris algo más claro que las otras prendas. Cuando estuvo en la calle, caminó hacia el restaurante “Florencia”, propiedad de un italiano grueso que no había perdido el acento de su pueblo, tal vez como una forma de mantener la promesa que le hiciera a su esposa hacia ya treinta años:&lt;br /&gt;—Cuando me haya establecido te vengo a buscar, cara mia. No temas; jamás podré olvidar esta tierra.&lt;br /&gt;La Gailac buscó un lugar vacío entre las mesas del fondo, tenía hambre. Mañana volvería a medirse con los alimentos, está noche no.&lt;br /&gt;El opulento florentino quería a la muchacha como a la hija que pudo tener y al verla llegar se apresuró para atenderla. El oficio de mozo, nada más lo ejercía con ella. La cena consistió en un plato de ravioles, cubiertos con una salsa simple hecha de tomates, ajo y albahaca fresca. Su aroma era capaz de sacar a alguien de un estado de coma profundo. No habían transcurrido diez segundos desde que apoyara el plato sobre la mesa y ya regresaba trayendo un recipiente con picante queso parmesano y otro con pan de orégano. El delicioso cuadro no hubiera estado terminado sin una botella de espeso vino tinto de la casa.&lt;br /&gt;El propietario del lugar no pronunció palabra, en su lugar se dedicó a sonreír en cada una de sus idas y vueltas, como si quisiera decirle, todo se pondrá mejor.&lt;br /&gt;Comió despacio. Se tomó tiempo para mirar a su alrededor, escuchando algunas conversaciones e imaginando otras. Después de terminar la segunda copa de vino, creyó estar sufriendo una alucinación fruto del poco descanso. El Marqués de Loyola le sonreía desde otra mesa mientras levantaba su copa a manera de saludo.&lt;br /&gt;Cómo no se dio cuenta de su llegada, nunca lo sabría. En realidad Sergio la había seguido desde su edificio, después de una larga e imperturbable guardia de muchas horas. Unos pesos en la mano de dos o tres empleados decidieron su entrada por la puerta trasera. El ilícito Marqués era bueno en lo suyo. Sabía cuando ella le devolvió el saludo con una reluciente sonrisa, que había alcanzado su primera victoria. La muralla de la ciudad que pretendía invadir tenía ahora una fisura.&lt;br /&gt;Con la convicción de poder vencer cualquier embrujo, creyéndose la poseedora de una poción mágica que le evitaría caer en la trampa que le había costado la vida a María, su madre, la cual se fue consumiendo como vela que es olvidada sobre una repisa y sintiéndose avergonzada por el terror que la dominó, luego de aquel baile. Se dispuso a disfrutar de una breve, pero no por eso poco intensa relación, con un miembro de la realeza europea otra vez.&lt;br /&gt;Dos meses habían pasado desde su encuentro en el “Florencia” y él no había intentado ni siquiera un tenue beso. Ella disfrutaba con los paseos, las cenas, los bailes, pero él aún no había intentado besarla. La muralla se desmoronaba a gran velocidad. El sitio de la ciudad no duraría.&lt;br /&gt;La rendición incondicional se firmó con un beso largo y tibio que acompañó al sí ofrecido como respuesta a la propuesta de matrimonio.&lt;br /&gt;Sergio según todo lo indicaba se desempeñaba a las mil maravillas. El gobierno de su país había ofrecido al Marqués de Loyola ocupar un importante cargo en la embajada. El fraudulento aristócrata relató con tantos detalles el ritual de declinación de la oferta, que la mujer creyó haber presenciado todo sentada en un rincón en el despacho del embajador de la Madre Patria . Al término de la entrevista se había decidido que el enviado terminaría con las operaciones de exportación que tenía pendientes, para después acompañado de su novia volver a Madrid, en donde se celebraría la boda y sería recompensado con un puesto de alto rango en el gobierno español.&lt;br /&gt;La chica que supo vender dulces junto a su madre, no daba crédito a todo lo&lt;br /&gt;que se le anunciaba. Ella viajaría a España, conocería a personas de la más rancia nobleza y se convertiría en Marquesa. Su nueva vida daría comienzo en quince días, más o menos, todo dependía de cómo se fueran desenvolviendo los negocios de su prometido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es de madrugada. El sonido del timbre del teléfono la despierta. Suena todavía dos veces hasta que lo atiende.&lt;br /&gt;—Hola.&lt;br /&gt;— ¿Es usted la señorita Gailac? — la interroga un voz de mujer fumadora.&lt;br /&gt;—Sí ¿Qué desea?&lt;br /&gt;—Mire, disculpe por la hora. La llamo del Hospital Libanés, sucede que ha ingresado un paciente que entre sus cosas tenía ese número.&lt;br /&gt;No logra entender, todavía está dormida.&lt;br /&gt;— ¿Sigue ahí, señorita? — quiere saber la ronca voz.&lt;br /&gt;—Sí, sí estoy acá.&lt;br /&gt;— ¿Conoce a un tal Sergio Loyola?&lt;br /&gt;La habitación empezó a dar vueltas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para continuar la conversación.&lt;br /&gt;—Lo conozco, es mi novio.&lt;br /&gt;—El joven ha sido muy golpeado. Alguien lo encontró en la calle y lo trajo…&lt;br /&gt;La Gailac no dejó que la seca voz siguiera relatando.&lt;br /&gt;— ¿Hospital Libanés, me dijo?&lt;br /&gt;—Sí, señorita.&lt;br /&gt;—Voy para allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como cada noche el lugar no puede albergar un alma más. Los mozos van y vienen con las bandejas como expertos malabaristas, sorteando cabezas, hombros y brazos. Todo por un sueldo de miseria, más las propinas.&lt;br /&gt;Javier Esquivel termina su tercera cerveza. No deja de vigilar la puerta de entrada. Ha decidido esperar quince minutos más y si no pasa nada volverá mañana. Se abre la puerta, él por fin llegó. De no ser por ese ridículo bigotito no hubiera podido reconocerlo. Parece un lord inglés el muy desgraciado.&lt;br /&gt;El recién llegado se acomoda en una mesa sobre la que reposa un cartel blanco con un nombre. Se supone que es el suyo. Pide una copa de vino. Esquivel lo observa como el cirujano que estudia el abdomen donde debe poner a trabajar el bisturí. No le vendrán nada mal los pesos prometidos, seguro encontrará alguna belleza bien dispuesta a gastarlos con él.&lt;br /&gt;El distinguido personaje acaba la bebida, deja algunos billetes sobre la mesa y sale. El bebedor de cerveza lo sigue.&lt;br /&gt;—Que no se te pase la mano.&lt;br /&gt;—No te hagás problema, vas a quedar hecho una pinturita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La calle elegida está oscura a excepción de un farol que arroja un círculo de claridad a pocos metros de los hombres. Esquivel hace un rollo con los billetes y los guarda en el bolsillo trasero del pantalón. Separa las piernas, se balancea como solía hacerlo en sus épocas de boxeador.&lt;br /&gt;— ¿Estás listo? — pregunta sonriente.&lt;br /&gt;—Listo.&lt;br /&gt;El púgil sabe lo que hace. Golpea varias veces en la cara, sigue en el estómago sobre el cinturón. En pocos minutos Sergio está como necesita estar.&lt;br /&gt;El agresor lo carga sobre el hombro derecho con la misma facilidad con que cualquiera levanta un papel del suelo. Lo deposita en la parte de atrás del mateo con el que se gana la vida y diez minutos después lo deja en la entrada del Hospital Libanés.&lt;br /&gt;Dos costillas rotas y una fisura en la clavícula, sin contar que la noche del asalto iba a reunirse con importantes comerciantes y en una actitud poco prudente llevaba encima la suma estipulada para las transacciones. Fue el saldo que lo dejó más de dos semanas en el hospital y claro esta lo obligó a suspender el viaje y el casamiento.&lt;br /&gt;Sergio estaba a punto de apoderarse de la ciudad y de esa forma hacer más grande el honor de su casta. Restaba sólo el golpe final, el tiro de gracia.&lt;br /&gt;Se sentía tan avergonzado. Cómo podría explicar a aquellos que depositaron su confianza y su dinero en él, que presa de su estúpida buena fe lo había perdido todo.&lt;br /&gt;La novia, le sostenía la mano y lo miraba con esa ternura que tienen las novias para sus amores. Había encontrado la solución al conflicto y al pronunciar la primera palabra, la muralla se desintegró como castillo de arena que enfrenta una fuerte ola. Con la certeza de ser absoluto conquistador, de saber que la ciudad se había rendido por completo, escuchó la historia dejando que su rostro fuera pasando del asombro al agradecimiento. Como era de esperar al principio no aceptó que su futura esposa afrontara sus compromisos. Se negó con estudiada firmeza.&lt;br /&gt;—La decisión está tomada-anunció la mujer-además para qué las quiero. No puedo exhibirme con ellas y tengo muchas más, tantas que no sé si en toda la vida las voy a poder usar.&lt;br /&gt;—La corte española es un sitio apropiado para eso, mi amor.&lt;br /&gt;—Otra razón más a mi favor para querer resolver el asunto.&lt;br /&gt;—No sé que decir, mi vida…&lt;br /&gt;—Gracias estaría bien— dijo feliz la muchacha y lo besó en su amoratada mejilla con suavidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se suele decir que el amor es ciego. De no haberse encontrado cegada por la promesa de un futuro próspero junto al hombre que amaba con la misma intensidad que lo hiciera su madre con su errante amor. Ella tendría que haber sospechado que algo poco normal estaba sucediendo. Dos días se habían ido desde que decidiera vender “Los ojos de Kabul”, cuando en todos los diarios se pudo leer la noticia, que carecía de imagen alguna, sobre la llegada a estas tierras de Sócrates Yanopolaus, el poderoso empresario griego. El compatriota de Homero era propietario de una flota de barcos con los que pescaba en todos los mares del mundo. La compañía de Yanopolaus abastecía de pescados y mariscos a toda Europa. Se trataba de un ser excéntrico que había diseñado un racimo de reglas con las cuales vivía y hacia vivir. Una de ellas se refería a su aversión por ser retratado. Se tejían miles de hipótesis, ninguna verdadera, pero le ayudaban a crear esa atmósfera de mito que los griegos han sabido explotar desde los tiempos de Hércules y sus doce trabajos.&lt;br /&gt;El hombre que aborrecía el mar, sin tenerle un mínimo de respeto, aunque tan sólo fuera por que lo había convertido en una de las fortunas más fabulosas que existían, se ufanaba de ser un gran conocedor en materia de obras de arte. Se le atribuía una soberbia colección privada. El último dato que aportaba la reseña periodística, con el cual la alarma tendría que haberse encendido lo mismo que la luz del faro que guía en la noche a los barcos; y no lo hizo. Era un rasgo de la personalidad del descendiente de Zeus que pocos conocían. El magnate naviero era un acérrimo misógino, con la intención de rodear de verosimilitud este aspecto se citaba una frase publicada en un popular diario de su país: “No haría nunca negocios con una mujer. No confío en ellas.”&lt;br /&gt;Al día siguiente, miércoles cerca del mediodía, Sergio se alejó llevando en una valija de cuero marrón el premio por su meticuloso trabajo. La Gailac no volvió a saber de él hasta la tarde de aquel domingo en el que Sayavedra entró en la tanguería a días de su inauguración. Ella charlaba sobre pequeños trucos útiles con sus discípulas.&lt;br /&gt;Levantó la cabeza, lo vio y fue a su encuentro&lt;br /&gt;—Lo encontramos.&lt;br /&gt;Su rostro permaneció pasivo, las manos le temblaban. El doctor Sayavedra las sostuvo entre las suyas.&lt;br /&gt;—Vivía en Niza, en una gran villa. Criaba caballos de carrera— comenzó relatando el antiguo Senador Nacional— no opuso resistencia. Para la policía se trata de un incendio que no pudo ser sofocado a tiempo.&lt;br /&gt;La mujer abrazó a su fiel amigo y sin hacer comentarios retornó a su tarea docente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fueron muchas las personas que respondieron a la convocatoria de los diarios. La mayoría eran inmigrantes que dominaban los oficios de cocineros, mozos, cantineros, actores de variedades y músicos. Todos tenían confianza en sus habilidades, tan sólo esperaban una oportunidad para poder demostrarlas.&lt;br /&gt;A Cosme y Giuseppe no les valió de nada haber madrugado, Dios no los ayudó; eran los últimos de la fila. Durante las horas de espera charlaron con varias personas y pronto supieron que carecían de las destrezas que decían poseer los demás aspirantes. Sin perder la esperanza permanecieron en sus lugares contemplando como el cordón humano se hacía más y más corto hasta que se encontraron frente a un hombre que era acompañado por una mujer con porte de aristócrata. Él con una barba bien recortada, lucía un traje azul de tres piezas, confeccionado sin duda a pedido. La camisa blanca no mostraba la más insignificante arruga y la corbata a rayas debía valer más de lo que ambos ganaban en una quincena. Los zapatos, con un brillo que hacía pensar que eran nuevos, eran negros.&lt;br /&gt;. La mujer con casi la misma altura que su compañero mostraba un gesto amable que invitaba a sentirse cómodo. Su atuendo era un bonito. Llevaba un vestido de color marrón claro y los zapatos compartían el tono terroso de la vestimenta. Usaba el cabello corto y tanto los labios como las uñas estaban cubiertas de un rojo intenso.&lt;br /&gt;A pocos minutos de haber iniciado la entrevista; Bety, la mujer, y el doctor Sayavedra supieron que los italianos no poseían ninguna de las capacidades que necesitaban. Sin embargo, el propietario hizo una marca en forma de cruz al lado de sus apellidos. Se trataba de hombres que habían sobrevivido a la guerra. Nunca estaba de más tener soldados a la mano. Bety compartía la opinión de su esposo en cuanto a la falta de actitudes específicas, pero se dejó guiar por la buena impresión que los amigos le causaron. Eran respetuosos, muy corteses y bastante, por que no pensarlo, atractivos. También ella dibujó una cruz en su lista.&lt;br /&gt;El regreso a casa se tornó lento y sin expectativas .Casi no hablaron. Al día siguiente, con visibles marcas de cansancio, volvieron al trabajo. Primero vaciaron los papeleros. Luego fue el turno de los baños y los pisos. Al promediar la mañana unos mates y unas media lunas para poder seguir.&lt;br /&gt;—No nos vendría mal conseguir algo en la tanguería— comentó entre mates Giuseppe.&lt;br /&gt;—Aunque nos pagaran lo mismo, siempre va a ser mejor que fregar baños y juntar papeles— dijo el siciliano todavía con la boca llena.&lt;br /&gt;—Te imaginás que nos llamen como personal de limpieza— se rió Giuseppe—eso si que sería el colmo de los colmos.&lt;br /&gt;—Por lo menos es otro ambiente y quien te dice por ahí sale algo.&lt;br /&gt;—Dios te oiga.&lt;br /&gt;—Tengamos fe, hermano. La verdad yo este laburo no lo banco más— sentenció Cosme con el lunfardo que empezaba a descubrir.&lt;br /&gt;En menos de dos semanas la invocación de Giuseppe fue atendida. Había un puesto para cada uno. Cosme estaría como portero y el florentino tendría que hacerse cargo de estacionar los autos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El lugar fue nombrado “343”, aludiendo a la numeración de la casa. La fiesta de inauguración fue a todo lujo. El doctor Sayavedra había usado como fuente de inspiración para su reducto a los selectos clubes londinenses en donde los hombres son el único público. A esta exclusividad le suma la música y el baile al mejor estilo de los cabarets de París.&lt;br /&gt;El salón era inmenso con la forma de una “T “acostada. A cada cliente o grupo de clientes lo recibía Cosme con su soberbio smoking. Una vez adentro quedaban en manos de una señorita, la cual los acompañaba hasta la mesa asignada mediante reserva telefónica. Para atender las cincuenta mesas que estaban distribuidas a prudente distancia unas de otras, había diez mujeres más que hermosas que iban vestidas con un traje idéntico al de Cosme, pero en lugar de pantalones, usaban unas breves faldas acompañadas de medias negras y zapatos que le ponían el punto final al sugerente uniforme.&lt;br /&gt;Los parroquianos disponían de una extensa carta de vinos, champagne, cerveza traída desde la misma Alemania, y contaban además con la posibilidad de solicitar bebidas especiales que un cantinero preparaba protegido por una deslumbrante barra de caoba, realizando los malabares que aprendiera viajando con el circo de “Los Hermanos Verbeke”, por dos décadas.&lt;br /&gt;En cuanto a lo gastronómico la oferta era pantagruélica. Tres cocineros y dos maestros reposteros ofrecían recetas que iban desde comida italiana hasta francesa. Sin olvidar las delicias americanas como tacos mejicanos y locro, empanadas y asado criollo. La fama de la tarta de crema con frutillas del 343 llegó a ser conocida hasta en el número diez de la calle Downing.&lt;br /&gt;En forma perpendicular al sector de comedor, es decir en la parte de arriba de la “T”, se instaló un escenario en donde algunas de las alumnas de la señorita Gailac lucían lo aprendido acompañadas por la orquesta. Cada baile con las chicas que no estaban sobre la tarima costaba cinco pesos. Estos iban a parar completos a las carteras de las danzarinas. Una puerta al costado del escenario comunicaba con las catorce habitaciones. Las cuales podían ser ocupadas por horas o hasta por una noche, si se estaba dispuesto a gastar cien pesos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El imperio Sayavedra se edificaba sobre dos pilares. El 343 con sus múltiples atracciones y los casinos rodantes “Santa Laura”. Ambos emprendimientos fabricaban ingresos sin pausa. Tanto un sitio como el otro gozaban de inmenso prestigio. La lista de espera de los jugadores que ansiaban conocer el lujoso centro nocturno desde adentro igualaba a la de quienes amaban en las alfombradas habitaciones y deseaban que la blanca pelota de la ruleta se detuviera en su número.&lt;br /&gt;Las decisiones concernientes a los negocios eran tomadas por un triunvirato que completaban junto al doctor Sayavedra, su esposa Bety y la señorita Gailac, su amiga incondicional.&lt;br /&gt;No era concebible tener más éxito. Los negocios se movían con la velocidad de un tren sin frenos y a ninguna de las cabezas del reino se le ocurría que algo podía llegar a detener la marcha del poderoso caballo de acero. Lo cierto es que donde menos se lo espera aparece el problema que detiene la más incesante carrera. Lo que se conocería como “la pequeña guerra”, tuvo su inicio con la desaparición de cinco de las chicas del 343, a lo que siguieron una serie de actos de sabotaje que le costaron al grupo Sayavedra perdidas por varios miles de pesos. Era imperativo descubrir lo que estaba sucediendo y acabar con el inconveniente. De lo contrario en poco tiempo todo lo que habían conseguido se volvería un montón de nada.&lt;br /&gt;—A mí nadie me saca de la cabeza que atrás de todo está la mano del Turco-comentó Bety.&lt;br /&gt;El doctor Sayavedra y la Gailac ocupaban dos de los sofás que había en la habitación que se utilizaba como oficina en los fondos del 343.&lt;br /&gt;—Es posible, pero ¿Cómo podemos estar seguros? — preguntó la Gailac.&lt;br /&gt;—No tenemos que perderle pisada—intervino el doctor Sayavedra. —&lt;br /&gt;—Sería una buena idea darle ese trabajo a los tanos— dijo Bety ocupando el tercer sillón.&lt;br /&gt;—¿A un portero y a un tipo que estaciona autos? — exclamó con cara de asombro la Gailac.&lt;br /&gt;—Bety tiene razón. Ellos podrían servir. — le contestó el doctor Sayavedra— El Turco no los conoce y esta gente ha sido de armas tomar y si la cosa se pone negra, seguro saben que hacer.&lt;br /&gt;—Lo que ustedes decidan, para mi está bien— dijo la Gailac.&lt;br /&gt;—Ningún problema entonces. Mandálos llamar Bety.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alí Ben Kadar no tenía la apariencia magnífica del doctor Sayavedra y el otro aspecto que los diferenciaba era que a primera vista no inspiraba miedo. Era oriundo de Estambul. Flaco como una rama de tamarindo, con un par de ojos sin brillo que ocultaba con anteojos oscuros, que nunca se quitaba en presencia de persona alguna. Día por medio se afeitaba el cráneo y gustaba de usar pañuelos a manera de turbante. Su más grande orgullo era ser poseedor de más de mil ejemplares diferentes. Se decía que hasta cuando verificaba la calidad de la mercancía que luego ofrecía a los clientes llevaba los anteojos y alguno de los turbantes.&lt;br /&gt;Así como existían diferencias, podían encontrarse similitudes. Tanto el doctor Sayavedra como Alí Ben Kadar eran pioneros e innovadores. Uno inició los casinos sobre ruedas, el otro implantó un sistema para entregar favores sexuales a domicilio.&lt;br /&gt;El harén del hombre que parecía haberse escabullido de las páginas de Las Mil y Una Noches, estaba compuesto por mujeres de todas las razas que convivían en un edificio lindante a sus oficinas. Estas gozaban de una existencia en apariencia feliz, aunque en la realidad vivían la vida de las esclavas. Alí Ben Kadar tenía contacto con cada una de ellas una vez, cuando realizaba la sesión amatoria que le servía de evaluación. De ahí en adelante las obreras sexuales eran custodiadas por un grupo de hombres fieles y temerosos de su señor que habían sido elegidos con celoso cuidado en la ciudad natal del Hombre de los Mil Turbantes, como lo llamaban.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quien hoy era un hombre que no perdonaba la más mínima insurrección y menos aun la traición, ayer era un niño que crecía a orillas del Mar Negro. Cuando faltaban escasos días para que cumpliera una docena de años, el cansancio lo venció no permitiéndole despertar a tiempo para salir junto a su padre a pescar como lo hacían cada día. Al llegar al puerto divisó el barco no muy lejos de la costa. Saltó a una canoa y remó. Remó con la energía que reman los que están a punto de tener una docena de años para celebrar. Al poco tiempo alcanzó la nave que avanzaba con lentitud. Trepó por una de las escaleras colgantes de estribor mientras llamaba a su padre con toda la voz. No obtuvo respuesta ni encontró a los dos hombres que trabajaban con él. La embarcación iba a la deriva, sin nadie a bordo. Era algo muy extraño.&lt;br /&gt;De nuevo en el puerto y con el “Samira” bien amarrado, se dedicó a preguntar por su padre y también por sus dos amigos a los que siempre llamaba, tíos. Pasó el día completo caminando y averiguando, pero nadie supo decirle nada en concreto sobre el paradero de los tres hombres.&lt;br /&gt;Al anochecer sumido en un estado de angustia y miedo, llegó a la casa. Su padre no estaba. Encendió el farol, comió algo de pan con carne seca y sin poder evitarlo más se durmió.&lt;br /&gt;Despertó sobresaltado llamando a su padre. Nadie le contestó. Entonces recordó lo sucedido. Lo que le quedaba claro era que el barco había sido obligado a zarpar, las amarras no estaban rotas. Los que lo hicieron, no habían contado con la posibilidad de que llegara tan rápido al muelle y diera alcance a la nave. Alí Ben Kadar no entendía por que causa su padre y sus tíos habían sido víctimas de un sabotaje. Ellos eran gente buena que trabajaba y jamás buscaba problemas con nadie.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el mismo momento que el pequeño pescador daba vueltas y vueltas sobre los últimos acontecimientos. Mustafá Kadar, el padre, permanecía atado a un aparato digno de haber sido utilizado en los tiempos de la inquisición. Se hallaba por completo desnudo, sujeto a una mesa de madera cuyo centro se separaba por la acción de una rueda, ejerciendo un dolor punzante en las extremidades del extenuado hombre.&lt;br /&gt;—Sabemos que ha recibido una bolsa con muchos diamantes. ¿En dónde está?&lt;br /&gt;Los captores vestían chilabas negras y cubrían sus facciones con pañuelos, que sólo dejaban al descubierto los ojos, de igual color. El más bajo de los cuatro, el que ponía a funcionar la horrenda máquina, hizo girar la rueda dos vueltas hacia atrás. El cuerpo de Mustafá se relajó. En ese efímero instante de calma el pescador lo comprendió todo. Vino a su memoria una frase que le había escuchado pronunciar muchas veces a su padre y que hasta hoy no había tenido sentido, “el agua duerme y el enemigo vigila”.&lt;br /&gt;Mustafá Kadar había quedado viudo un año después de nacer Alí Ben. Samira sufrió una rara y desconocida enfermedad que le afectó los pulmones y se llevó rápido su vida.&lt;br /&gt;Como lo fueran su abuelo y su padre él era pescador y Alí Ben lo sería cuando creciera.&lt;br /&gt;Trabajó sin descanso y para cuando su hijo tenía once años era propietario de uno de los barcos más grandes y veloces de todos los que había en el puerto.&lt;br /&gt;Esa espléndida herramienta de trabajo era una de las causas que hoy lo mantenían atrapado en una cámara de torturas. La otra, la traición de aquellos a los que creía sus hermanos.&lt;br /&gt;Mustafá fue contratado para transportar hasta la isla de Creta maquinarias agrícolas. Por está tarea se le entregó una bolsa que rebosaba diamantes. El motivo por el que lo eligieron no era uno sino varios. Tenía la embarcación de mayor calado, conocía el Mar Egeo como si el mismo Poseidón le indicara la ruta a seguir y era célebre por navegar entre tormentas.&lt;br /&gt;El buen marino no demoró nada en buscar a sus amigos para participarlos de las buenas nuevas. Tenía la cara encendida lo mismo que una luciérnaga, mientras les decía que gracias a ese encargo estaba en condiciones de prestar a Abdul, su cofrade de tantos y tantos años, la suma que le hacia falta para adquirir su propio barco. Era tan enorme su regocijo y tan inmensa la confianza que había depositado en aquellos seres que no advirtió las miradas que intercambiaron. Tampoco notó la chispa que les brotó de los ojos cuando como si de telepatía se tratase, la mente de los que iban a traicionar se pobló de una sola idea ¿Por qué tiene que ser un préstamo, si puede ser un obsequio?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La mañana en que Alí Ben no salió hacia el muelle junto a Mustafá, dos hombres esperaban cerca de donde el barco de los Kadar estaba encallado. Uno era bajo y de mirada esquiva. El otro parecía estar siempre feliz. Una daga le había dibujado una imborrable sonrisa durante una pelea por conseguir el amor de una belleza que lo desvelaba. No se movieron cuando Mustafá apareció en la esquina, por fortuna el niño no lo acompañaba, no les agradaba la idea de dañar a alguien tan joven. Esto se trataba nada más que de un negocio. Matar no era el objetivo.&lt;br /&gt;Cuando el marinero pasó a su lado los hombres lo saludaron inclinando la cabeza. El más pequeño lo siguió, mientras el de la permanente mueca colocaba un dardo en su cerbatana, para luego de apuntar soplar con fuerza. El proyectil viajó un par de metros y fue a incrustarse en el cuello del desprevenido caminante. El menudo perseguidor recibió el cuerpo que cayó laxo hacia atrás. En poco tiempo el aire se colmo de un irrespirable olor, la mandrágora era infalible.&lt;br /&gt;Mustafá recuperó el conocimiento cuando Alí Ben subía por la escalera de estribor para hallar la nave sin capitán y sin tripulación. Le dolía la cabeza. Le llevó tiempo comprender que se encontraba preso de pies y manos. El dolor fue un buen ayudante.&lt;br /&gt;Al cabo de algunas horas, los captores supieron que la madera con la que Mustafá estaba hecho no se astillaría con facilidad. Abdul, quien sin dudas estaba al mando, apeló al último recurso que le quedaba para hacerse del brillante botín.&lt;br /&gt;—Vayan por el muchacho— ordenó intentando que la voz le sonara diferente— si en unas horas no saben de mi, corten una de sus manos.&lt;br /&gt;Mustafá se rindió. Explicó hasta con el mínimo detalle en donde podían encontrar las piedras.&lt;br /&gt;Sin esperar que la orden fuera pronunciada el hombre bajo, seguido por su sonriente socio, partieron para ejecutarla.&lt;br /&gt;El pescador fue liberado de las ataduras. Abdul sabía que no había mentido y sabía también que ni por un instante habían logrado ocultar su identidad. No podían dejarlo vivir, por que serían ellos los que tarde o temprano morirían. Abdul no dudó y clavó diez veces el curvado puñal con mango de marfil en el pecho de su fiel amigo. El cuerpo fue arrastrado y abandonado para que los perros se complacieran con la magullada y caliente carne.&lt;br /&gt;Cuando Alí Ben encontró, siete horas más tarde, el cadáver de quien fuera su padre; éste era una masa irreconocible. Sólo la pulsera de oro en la que podía leerse Samira, comprobó su identidad.&lt;br /&gt;Los días que siguieron al hallazgo del cuerpo de Mustafá, los dedicó primero a vender el barco. A pesar de ser un niño que no superaba al metro veinte de estatura, se manejó como el más experimentado negociante. Consiguió que Abu Sabin, dueño de una poderosa flota, pagara un buen precio por la nave. El empresario creyó estar ayudando al muchacho a llegar con una tía que lo esperaba para cuidarlo de ahora en adelante. Lo cierto era que con Mustafá, Alí Ben había perdido el último de sus parientes.&lt;br /&gt;El segundo paso fue dar con los amigos y compañeros de su padre. No quedó nadie a quien no preguntara. No quedó sitio que no visitara. Daban la impresión de haber desaparecido cual agua que se evapora por el sol. Su peregrinaje lo llevó a saber de aquellas personas que habían contratado a Mustafá para viajar a la isla de Creta. Por ellos supo de la existencia de una bolsa con miles de diamantes.&lt;br /&gt;Fue por aquel tiempo que los rasgos que formarían su especial carácter empezaron a aflorar. No era posible pensar en una casualidad. Si Abdul y Yamil no daban señales de estar con vida, la causa era una y tan sólo una, ellos habían causado que su padre se encontrara con la hoja de la hoz de la muerte.&lt;br /&gt;Siempre aparentando que realizaba encargos para terceras personas, para evitar que le hicieran preguntas, se compró ropa nueva y siguió durmiendo en su antigua vivienda. Durante el día no se dejaba ver por el puerto ni por ninguno de los lugares que frecuentaba con Mustafá. Por las noches reanudaba la búsqueda amparado en ese aspecto de huérfano triste. Todos parecían dispuestos a escuchar la descripción que el flacucho niño hacia de sus tíos perdidos.&lt;br /&gt;Alí Ben pasó dos años macerando venganza el la sangre. Cada noche esperaba encontrar el rastro que le permitiera dar con los culpables de la desdicha en la que se había transformado su vida. Buscando que la fortuna fuera más benévola de lo que había sido en Estambul, y luego de viajar como le fue posible durante ocho días, llegó a Bursa, la ciudad turca famosa por sus aguas termales y su sedería. Contaba con el dinero suficiente para sobrevivir unos días, pero la escasez de efectivo no le preocupaba, ya que cada vez se volvía más y más diestro en arte de robar. La gente no se fijaba en él. Él uno más entre los muchos niños que deambulaban por las atestadas calles de la ciudad sin otro rumbo, más que el de la deriva. Sus sentidos se encontraban atentos, lo mismo que la araña que se prepara para engullir la mosca que no supo volar a tiempo. Poseía una inteligencia poco común. Si las circunstancias hubieran sido otras, no habría sido célebre por ser el más cruel y hábil de los proxenetas; sino por sus logros en el campo de la ciencia o la literatura.&lt;br /&gt;La ciudad con sus calles repletas de vendedores ambulantes lo dejó fascinado. En ella descubrió su afición por los bellos pañuelos y en ella consiguió un par de anteojos oscuros que le resultaron útiles en extremo para vivir la existencia de un ciego que si bien nada ve, todo lo oye.&lt;br /&gt;Alí Ben no premeditaba sus acciones. Dejaba que las palabras del azar lo guiaran. Cierto día, una de esas mañanas de un calor que hace parecer que la piel va a derretirse, vagaba por el Mercado Central buscando algo que robar, cuando unos anteojos negros atrajeron su atención. Fue allí donde como le sucedería otras muchas veces en la vida oyó una aterciopelada y bien timbrada voz, que no era otra que su propia voz que le decía: te servirán para parecer un ciego. Nadie le prohíbe el paso a un ciego y menos a uno que intenta encontrar a sus amados tíos perdidos. Esperó el momento adecuado y se apoderó del artículo. Cuando se los hubo probado, se sintió muy satisfecho le gustó mucho como se ajustaban a su cara. Con el correr de los años adquirió muchos y de mejor calidad, pero aquellos fueron uno de los elementos de su venganza y por eso les tuvo siempre un especial apego.&lt;br /&gt;Tres meses habían pasado desde que arribara a la capital turca de la seda. Tres meses de sembrar búsqueda y cosechar desaliento. Cuando ya no tenía ningún camino para donde girar, cuando ya no sabía si detenerse o llorar. Un viejo proverbio se cumplió, como suele pasar siempre con los proverbios, más aun si son viejos. Un comerciante sabía de quiénes estaba hablando el ciego y supo también decirle que sus parientes ya no estaban por estas tierras. Habían emigrado a un país lejano de América del Sur, llamado Argentina. Agradeció la información y mientras se alejaba repetía como si se tratara de un mantra&lt;br /&gt;—La siembra es voluntaria. La cosecha es obligatoria.&lt;br /&gt;Cuando cumplió los quince años consiguió un puesto como grumete en una goleta que zarpaba desde el Mar de Mármara, cuyo destino final se suponía sería la costa de Montevideo, en Uruguay. Tendría que transcurrir una década para que Alí Ben consiguiera que el alma de Mustafá descansara en paz y otros dos años para poder pisar de nuevo Asia, esta vez en busca de las bellezas que darían forma a su próspero emprendimiento, como así también a quiénes serían sus fieles empleados.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cosme y Giussepe llegaron al cuartel general del Turco con órdenes muy precisas de la señorita Gailac y como buenos soldados estaban dispuestos a obedecer. Los recibió un hombre que dijo llamarse Abdul de unos cincuenta y tantos años, que vestía de manera impecable, cerraba el atuendo con unos zapatos negros muy pulidos. Lo que más sorprendió a los recién llegados fue que su anfitrión a modo de saludo les tendió la mano izquierda. Era manco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Abdul y Yamil se habían adaptado de maravillas a la vida de la ciudad de Rosario. Habían conseguido casi hasta olvidar el pasado criminal de Estambul. Ambos se casaron y eran felices con mujeres argentinas que les regalaron tres hijos a cada uno. Llegaron a convencerse que ellos eran dos más de los tantos seres buenos y trabajadores que habitaban este extenso país. Se ganaban el pan comerciando telas y no esperaban nada más que alcanzar una buena vejez acompañados por sus numerosas familias.&lt;br /&gt;Habían comprado un terreno y en él levantaron dos casas idénticas como hermanos gemelos. El martes ya muy entrada la noche, Alí Ben Kadar ingresó por la ventana que daba a la calle, a la cocina de Yamil. Todos los ocupantes de la vivienda dormían. Todos sin contar al dueño de casa.&lt;br /&gt;Yamil sufría otra vez de acidez. Estaba seguro que otra vez no podría dormir. Se incorporó despacio para que Helena, su mujer, no se despertara. Se calzó unas pantuflas y buscó, en la oscuridad, una bata porque sintió frío. Al acercarse a la cocina creyó ver una sombra que se movía.&lt;br /&gt;— ¿Quién anda ahí? — interrogó severo, convencido de poder ahuyentar al intruso.&lt;br /&gt;Al oír la voz, Alí Ben no se sobresaltó. Giró en redondo y lanzó el cuchillo que empuñaba. El arma actuó certera y mató a Yamil en el acto.&lt;br /&gt;El hijo del pescador limpió el puñal en la ropa del traidor y fue en busca de las habitaciones. En la primera que encontró, la claridad de la noche se filtraba por la ventana, dejando ver tres camas e infinidad de juguetes por todos lados. Se acercó a cada lecho y con perfección de cirujano, cortó el cuello de los niños. La mujer dormía apacible, al igual que sus hijos murió sin darse cuenta de nada.&lt;br /&gt;Dispuesto a continuar con el sagrado castigo saltó la pared que separaba una casa de otra. Lo sorprendió un perro de aspecto amenazante que no llegó a proferir un segundo ladrido, ya que la hoja de la cimitarra así lo dispuso. La cerradura de la puerta del frente no fue un problema y la masacre parcial se completó en pocos minutos. Abdul no despertó hasta que el dolor en el brazo derecho lo hizo aullar como animal herido. La mano abandonó el brazo con facilidad. Alí Ben no quería matarlo, tampoco quiso hacerlo con Yamil. Su intención era dejarlos solos en el mundo para que así probaran algo del dolor que había tenido que masticar todos estos años.&lt;br /&gt;El ideólogo de la perfidia se vendó como pudo el truncado miembro y cada vez con un grito más desesperado fue descubriendo uno por uno a los miembros de su extinta familia. También como pudo, ya sin una gota de aliento en todo el cuerpo, llegó hasta la casa de un vecino que había sido médico. Éste se acostumbró a no hacer preguntas a sus pacientes; todos ellos miembros activos de los bajos fondos que lo recompensaron mucho y muy bien. La historia que contó fue poco verosímil, pero lo mismo daba mientras pudiera pagar.&lt;br /&gt;Pasó una larga temporada en el hospital. Al sentirse recuperado volvió a su hogar, sólo lo esperaba un espacio vacío en el que descansaban las ruinas de las que fueran dos bellas casas. Alí Ben lo había incendiado todo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Por favor tomen asiento, caballeros— ofreció Abdul, al tiempo que se acomodaba tras un escritorio en donde se apilaban algunas carpetas de cuero negro, al lado de una bonita y pequeña lámpara.- ustedes dirán ¿En qué puedo serles útil?&lt;br /&gt;Cosme habló. Muy tranquilo y exagerando un acento que hacia mucho había olvidado.&lt;br /&gt;—Quisiéramos entrevistarnos con el señor Alí Ben Kadar.&lt;br /&gt;— ¿Por qué asunto sería? — interpeló Abdul.&lt;br /&gt;—Mi amigo y yo,— declaró señalando a Giuseppe, quien apenas sonrió. —estamos organizando una reunión para unos comerciantes que llegarán en pocos días desde Sicilia. Son personas de mucho dinero, ejemplares esposos y padres; cuyas mujeres han dejado de lado hace tiempo los placeres de la carne. Optando por los placeres gastronómicos. —hizo un gesto que quería expresar: usted entiende de lo que hablo.&lt;br /&gt;Abdul asintió y continuó escuchando.&lt;br /&gt;—Se nos ha informado— prosiguió Cosme— que el señor Kadar está en condiciones de prestarnos el servicio que buscamos. Por un justo pago, claro.&lt;br /&gt;El lisiado colaborador del Turco estudió a quienes tenía enfrente. Dos hombres que vestían con suma elegancia, con un aspecto que no contradecía sus dichos.&lt;br /&gt;Mientras Abdul realizaba su inspección. Giussepe recorría con la vista la habitación. Se trataba de un lugar amplio de paredes color pastel, sin luz en el techo. Unas lámparas de pie en las esquinas proporcionaban una luminosidad correcta y sedante. Además del escritorio y de las sillas que ocupaban, había en el centro una mesa no demasiado alta, rodeada de cuatro sillones tapizados en un tono algo más oscuro que el de las paredes. También pudo ver un mueble con bebidas, algunos vasos y un par de pinturas que mostraban paisajes de tierras lejanas.&lt;br /&gt;Apenas el siciliano hubo terminado de hablar llevó la mano derecha al bolsillo interior del saco, del cual extrajo un grueso fajo de billetes que dejó sobre la mesa.&lt;br /&gt;—Son diez mil dólares.&lt;br /&gt;Abdul envolvió el dinero con su mano como si con sólo sentir el peso fuera capaz de contarlo.&lt;br /&gt;Giussepe intervino por primera vez. Su voz sonó como una orden:&lt;br /&gt;—Por favor sírvase llamar al señor Kadar.&lt;br /&gt;El secretario se incorporó. Salió sin decir palabra. Cuando la puerta se abrió, los espías del doctor Sayavedra vieron un hombre que se mantenía quieto, lo mismo que una estatua y vigilaba.&lt;br /&gt;Pasaron varios minutos. Los amigos se mantuvieron en silencio. La puerta se abrió otra vez, pero ahora para dar paso a una mujer que lucía unos pantalones tan ajustados que parecían estar pegados a la piel. Llevaba además una blusa corta que dejaba admirar un abdomen liso y firme. El cabello, negro y abundante, estaba recogido en una trenza que superaba el metro de largo. Les dedicó una sonrisa suave a cada uno. Depositó sobre la mesa una fuente que contenía una cafetera a juzgar por el aroma que llenó el recinto y un plato con unos bollos que pronto supieron eran de manzana.&lt;br /&gt;La espera se prolongó, pero gracias al café y los deliciosos buñuelos no fue tediosa.&lt;br /&gt;Era la tercera vez que la puerta permitía el paso a alguien. En esta ocasión ese alguien era sin duda la persona que esperaban. Sus vestiduras eran elegantes y del color de la sangre. Todo era rojo camisa, pantalón y calzado.&lt;br /&gt;—Caballeros, si son tan amables— dijo como si los saludara haciendo un gesto para que lo siguieran. El anfitrión se tocaba la cabeza con un turbante que armonizaba con el resto de las prendas, llevaba uno de los tantos pares de anteojos que poseía.&lt;br /&gt;El grupo con Alí Ben Kadar a la cabeza y el guardaespaldas cerrando la marcha caminó por un pasillo hasta encontrar una puerta de doble hoja. Cuando el Hombre de los Mil Turbantes estaba a punto de llegar ésta se abrió como si hubiera pronunciado “ábrete sésamo”. Los individuos que se acomodaron en los extremos de la abertura para que su señor tuviera el camino libre, ostentaban el mismo feroz aspecto que quien cuidaba la retaguardia.&lt;br /&gt;Una vez adentro los supuestos comerciantes perdieron el aliento. El salón estaba por completo pintado de blanco. Dos de las paredes las ocupaba un sillón cuya forma emulaba a la letra L. La porción más larga del bello mueble se enfrentaba con la puerta de acceso. No existía ningún objeto decorativo y la claridad era tan intensa, debido a la potente iluminación; que el lugar se asemejaba a un día de verano con mucho sol. La habitación tenía una segunda entrada, la cual miraba la parte corta de la L. Ésta daba a unas escaleras que servían para unir la blanca sala con el edificio en donde se alojaban las quince mujeres responsables de privar por un instante de oxigeno a los deslumbrados empleados del 343.&lt;br /&gt;Las había rubias, morenas, pelirrojas. De piel mate o muy clara y algunas tenían las facciones típicas del continente negro. Sus cuerpos, cubiertos con unas túnicas blancas, daban la impresión de haber sido cincelados por Miguel Ángel. Ni uno ni otro de los amigos percibieron en qué momento el Turco desapareció, pero lo cierto era que ya no los acompañaba. Los infiltrados iban registrando detalle a detalle para ofrecer un panorama completo a su empleador.&lt;br /&gt;Cosme buscó con la mirada a la mujer que les llevara el café. Con desilusión comprobó que no formaba parte del grupo. Que lástima, le hubiera gustado verla con una de esas sugerentes y largas camisas. La gran puerta se abrió. La muchacha de la larga trenza vestía igual que sus compañeras.&lt;br /&gt;—Perdón por el retraso, caballeros— se excusó la joven y fue a ubicarse con sus compañeras.&lt;br /&gt;Ninguno de los dos hombres se atrevió a emitir un sonido. Estaban extasiados, era un ser tan bello que asustaba.&lt;br /&gt;Abdul quien había repetido un sin fin de veces este trámite y que además se había dado el lujo de conocer a todas y cada una en una deliciosa intimidad, no pudo menos que sonreír.&lt;br /&gt;—Nuestras chicas, son únicas ¿No es verdad? — comentó atreviéndose a utilizar la primera persona del plural, por que Alí Ben Kadar estaba ausente.&lt;br /&gt;—Concordamos en un cien por ciento, mi amigo— respondió Giussepe.&lt;br /&gt;—Les ruego se sirvan elegir a diez y me hagan saber el día, la hora y el lugar a donde debemos enviarlas.&lt;br /&gt;Tanto a Cosme como a Giussepe les desagradó casi al unísono que aquel sujeto se refiriera a tan hermosas mujeres como si fueran bolsas de harina.&lt;br /&gt;La selección fue rápida. La primera elegida fue la muchacha de la trenza. Cosme no podía dejar de observarla a pesar de todos sus esfuerzos. Luego el florentino señaló otras nueve. Daba lo mismo una que otra todas tenían ese aura de ninfas y ellas lo sabían muy bien. La fecha de la mentada celebración se fijó para dentro de veinte días. El lugar, así como el horario quedaban por confirmar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Han realizado una labor muy prolija, señores. — los felicitó el doctor Sayavedra esa misma noche en su oficina en los fondos del 343.&lt;br /&gt;—Nos alegra poder serle útil, doctor— contestó Cosme.&lt;br /&gt;—El paso siguiente es conocer todos los movimientos del Turco.&lt;br /&gt;Giussepe relató con todo detalle la fuerte seguridad que rodeaba al hijo del pescador. El doctor Sayavedra caminó unos pasos hasta llegar a descolgar de la pared una reproducción de “Habitación azul” de Pablo Picasso, que servía para disimular una caja fuerte. Retiró un juego de llaves, dos “Smith &amp;amp; Wesson” plateadas calibre treinta y ocho, un atado de dólares y otro de pesos, el segundo algo más abultado que el primero.&lt;br /&gt;—A partir de este mismo momento dejan todo lo que venían haciendo— les informó el doctor Sayavedra. — Quiero que se peguen como estampillas al Turco y su gente. Todo lo pongo en sus manos. — les entregó las armas y el dinero. No fue necesario preguntar si sabían usarlas- Averiguan todo sobre la operación que tiene montada ese sucio y cuando sea oportuno les caemos encima y los hacemos mierda.&lt;br /&gt;El propietario del 343 puso a disposición de los espías un Ford impecable de color azul con el tanque lleno.&lt;br /&gt;Los que habían luchado en el frente alpino dejaron que los días pasaran y volvieron a operar tras las líneas enemigas. Fue el Turco en persona quien los recibió.&lt;br /&gt;—Mis buenos amigos, es un placer verlos de nuevo— declaró con una gran sonrisa.&lt;br /&gt;El motivo de esta segunda visita era sencillo, explicó Giussepe, los visitantes se habían incrementado y buscaban aumentar la compañía.&lt;br /&gt;—Me alegra saber que sus negocios marchan a las mil maravillas. — dijo el Turco.&lt;br /&gt;—Si a nosotros nos va bien a usted le ira mejor, estimado Kadar— sentenció Cosme.&lt;br /&gt;—Así lo espero…,así lo espero, amigos míos.&lt;br /&gt;Tomaron café, muy negro, que les sirvió una mujer de tez oscura y ojos de gato, con una figura que invitaba a la caricia. Pagaron el resto del importe y hablaron un rato de cualquier cosa. Cosme había esperado poder ver a la chica de la larga trenza, pero no fue así.&lt;br /&gt;El doctor Sayavedra confiaba en esa rara intuición que tantas veces en el pasado le había hecho salir victorioso. Fue aquel sexto sentido el que hizo que encomendara una complicada tarea a hombres que no pertenecían a su entorno.&lt;br /&gt;En sus tiempos en el ejército, Cosme y Giussepe, habían tenido muchas oportunidades de dejar claro que los trabajos de inteligencia estaban hechos a su exacta medida. No recibieron más entrenamiento que el básico, pero poseían el talento necesario para lograr entrar, permanecer y salir con lo que se les había solicitado. Conocían el arte del espionaje lo mismo que sus nombres. Todo se resumía en un procedimiento sencillo y a la vez con infinito riesgo: obtener los secretos de un Estado para transmitirlos a otro.&lt;br /&gt;Dos semanas después de que se les asignara la misión, se apostaron frente a los territorios del Turco. Una amistad de las tantas que había conseguido el doctor Sayavedra les fue crucial para trazar un plan que debía seguirse lo mismo que el rastro dejado por las migas de pan para poder volver a casa. Alfred Stieglitz, un fotógrafo estadounidense que había disfrutado de las bondades de los casinos rodantes, le obsequió a Sayavedra una moderna cámara de 35 milímetros. Por su parte el jefe de Cosme y Giuseppe, entregó a quien estaba haciendo de la captura de imágenes una nueva forma de arte, una colección de cincuenta chalecos, su prenda preferida, de muy fina factura y un marco de oro de unos anteojos redondos con los que apareció hasta su muerte en todos lados. Como buen político que había sido no se olvidó del resto de la familia. Para la esposa, encargó al mejor orfebre de Buenos Aires que le fabricara un precioso mate de plata con su exquisita bombilla y prometió enviar a Nueva York más yerba para cuando la que acompañaba el presente se hubiera terminado. Muchos años después cuando Alí Ben Kadar y su séquito no eran más que un recuerdo perdido entre tantos otros, el matrimonio Sayavedra todavía disfrutaba contemplando la delicada pintura que de su regalo había hecho Georgia O’ Keeffe.&lt;br /&gt;Para los amigos no fue difícil apropiarse de los conocimientos básicos del buen fotógrafo. Con tan valiosa arma en sus manos, fotografiaron sin descanso a toda persona que entró o dejó las oficinas. El mecanismo del negocio que había montado Alí Ben Kadar era preciso como una máquina que bien lubricada hace encajar cada pieza en la otra de manera inequívoca.&lt;br /&gt;Cuando se debía acudir a un compromiso con una sola de las chicas, ésta era trasladada en un Mercedes Benz negro que por lo regular conducía el guardaespaldas que habían visto en la primera visita. El hombre manejaba con precaución quirúrgica. Al llegar al lugar de la cita, en casi todos los casos hoteles de lujo, el mastodonte secundaba a la exquisita dama hasta la recepción como primera escala para terminar el recorrido en la puerta misma de la habitación en la que desplegaría sus bellas artes. Una vez que el servicio se había brindado la muchacha caminaba sobre sus pasos, para volver a encontrarse con su carcelero que la depositaba otra vez en el vehículo y de regreso al punto de partida.&lt;br /&gt;El procedimiento empleado en caso de tratarse de más de una empleada era el mismo con la diferencia que si debían entregarse dos unidades, el protector, ya un viejo conocido del lente de la cámara, se hacía acompañar por un colega. Cuando la entrega iba desde tres hasta veinte mujeres, se las llevaba en un transporte similar al de pasajeros, sólo que sin ventana alguna.&lt;br /&gt;La vigilancia se había prolongado por más de un mes. El doctor Sayavedra no tenía todavía los medios para poner fuera del juego a su mayor competidor. Sus fieles vasallos se habían pertrechado con pelucas, anteojos negros, barba y hasta narices falsas, en un comercio que descubrieron, en cuyo frente había un cartel que anunciaba que si ellos no lo tenían era por que ese disfraz no existía. Para completar la caracterización habían echado mano a sus peores y más viejas prendas. El objetivo era adquirir el aspecto de los mendigos que deambulaban tanto de día como de noche por la zona. El aspecto más escabroso de la tarea había sido ocultar la cámara fotográfica, pero nada era imposible para quienes se proponen salir airosos y unos trozos de tela fueron más que suficiente para disimular aquel aparato que les daría la victoria absoluta de la batalla inicial de la Pequeña Guerra.&lt;br /&gt;Los enemigos de Alí Ben Kadar sabían que éste, contaba con un harén de cuarenta mujeres y que lo protegía con doce guardias armados. Pronto algo tendría que ocurrir. La vigilancia no podría extenderse por mucho más tiempo. No tenía sentido. Había que entrar en acción.&lt;br /&gt;Era domingo. Cinco minutos habían pasado de las tres de la tarde. Cosme montaba guardia, mientras su camarada había partido a buscar un poco de fiambre, pan y una botella de vino. El siciliano creyó estar frente a una visión. Se repuso y accionó repetidas veces el obturador. La señorita Gailac Había bajado de un auto y con su aire resuelto entraba en los dominios del hombre de los mil turbantes.&lt;br /&gt;— ¿Qué puede estar haciendo ella ahí? — Giussepe no salía de su asombro.&lt;br /&gt;—La verdad, che, que no me lo explico— Cosme se sentía igual de confundido.&lt;br /&gt;— ¿Estará cumpliendo algún encargo del doctor?&lt;br /&gt;—Puede ser, pero no creo. Tendrían que habernos avisado.&lt;br /&gt;Sesenta minutos se les escurrieron tejiendo hipótesis, hasta que la Gailac volvió a entrar en escena. Era acompañada por el mismo Turco.&lt;br /&gt;Los que los observaban, abrieron los ojos más allá de los límites posibles cuando Alí Ben Kadar rodeó por la cintura a la mujer, con el mismo brazo que había dado muerte a tantos seres y luego la besó en los labios. Los antiguos soldados agradecieron haberlo capturado todo con la cámara, de lo contrario ¿quién les creería?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La noche de la inauguración del 343 no fue uno de los primeros en llegar. Estaba feliz de haber sido elegido. Una sola cosa empañaba esa dicha, el brazo le dolía como nunca. Una vez que hubo entrado, una señorita lo acompañó hasta una mesa en donde reposaba un cartel con el nombre que proporcionara para conseguir la reserva, Mohamed Sabih, no podía ocultar su ascendencia. Sus rasgos lo delataban como un heredero directo de Solimán, el magnifico. El lugar que le asignaran enfrentaba el escenario justo en el centro, eso le agradó. Pidió una copa de coñac “Napoleón” y se dedicó a observar, para eso su señor se había preocupado en invertir tiempo y dinero fabricándole una identidad digna de estar en la noche de estreno de un lugar como éste.&lt;br /&gt;De un momento a otro las luces se extinguieron, obligando a los presentes a guardar silencio. Estaba claro que algo sucedería. Abdul agudizó al máximo sus sentidos y esperó. El sosiego se quebró cual vidrio apedreado, merced al sonido de unos acordes que se fueron asomando despacio como un exhausto caminante. El gordo saludo de las cuerdas del contrabajo dio la bienvenida al recién llegado. Por último el golpe susurrante de las escobillas sobre el terso lomo del tambor proporcionó un ritmo parejo. El peregrino, ahora algo más recuperado desgranó un puñado de grados conjuntos, que sus amigos sostuvieron con un acompañamiento que se incrementó como si un volcán se preparara para erupcionar. El hombre manco disfrutaba con la música. Era la primera vez que oía algo así; le resultaba muy agradable. Al igual que el resto de la concurrencia se sobresalto cuando los sonidos cesaron súbitos y una luz que dibujaba un círculo envolvió a una mujer elegante y rubia.&lt;br /&gt;—Caballeros, sean todos ustedes muy bienvenidos— anunció la Gailac, al tiempo que el trío volvía a su trabajo— el 343 les desea que pasen la primera de muchas veladas inolvidables.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Todas las chicas son una maravilla, pero hay una que no puede compararse con ninguna— relataba Abdul en la habitación de Alí Ben Kadar.&lt;br /&gt;El Turco se mostró interesado, exigió más detalles.&lt;br /&gt;—Has hecho un buen trabajo. — dijo cuando su lacayo terminó el informe—podés ir a descansar, lo tenés bien ganado.&lt;br /&gt;—Como digas, señor— contestó el empleado con esa mirada cargada de temor que no cambiaría jamás en presencia de aquel personaje.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Cómo puede ser posible que nos haya hecho esto? — se preguntó Bety Sayavedra sin esperar una respuesta.&lt;br /&gt;El dueño del 343 estudió las fotos por quinta vez, y por quinta vez a su rostro asomó un gesto de pasmosa incredulidad. La persona de las imágenes era y no había duda, su amiga de tantos años.&lt;br /&gt;—Peguémosle cuatro tiros y tiremos su desagradecido cuerpo de traidora frente a lo del Turco, para que se entere que nadie puede ni siquiera intentar joder con nosotros— gritó Bety fuera de sí.&lt;br /&gt;—No. Tenemos que dejar que siga creyendo que nos está ganando de mano. Ella debe andar con ese cabrón por alguna razón. — reflexionó el doctor Sayavedra.&lt;br /&gt;—La razón, la razón es más que simple. Es una asquerosa, una hija de la gran puta. Eso es lo que es. —los ojos de la mujer parecían estar a punto de prenderse fuego.&lt;br /&gt;—Bety, mi amor.-Sayavedra habló con mucha calma— Algo no anda bien, pensá ¿Por qué nos jugaría sucio? Acaso no somos como una familia.&lt;br /&gt;—Qué familia ni un carajo. Hay que pararla, antes que el Turco nos caiga encima.&lt;br /&gt;El doctor Sayavedra se paseaba por la oficina tratando de poner en orden las ideas.&lt;br /&gt;—Vamos a aguantar para ver qué pasa. — dijo — Por ahora lo tenemos bien marcado y el tipo está tranquilo.&lt;br /&gt;Bety permaneció en silencio, pero no intentó disimular su desacuerdo.&lt;br /&gt;—Te ruego, mi amor que mantengás las apariencias. Todo debe seguir como hasta ahora. —pidió Sayavedra.&lt;br /&gt;—Te estás equivocando. Sabés que siempre he respetado tus juicios, pero esta vez yo tengo razón. Hay que freírla en aceite y hay que hacerlo ya.&lt;br /&gt;El esposo se detuvo. Giró para poder mirarla y que no quedaran dudas.&lt;br /&gt;—Mirá cuando yo ya no esté, hacé lo que te parezca. Por ahora las ordenes las doy yo, y se acabó el tema— así dijo y salió de la habitación con pasos largos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alí Ben Kadar estaba solo en el departamento emplazado en la parte alta de su local. El ámbito privado del poderoso hombre no tenía ni un gramo de reminiscencias asiáticas. Los muebles eran franceses y las cortinas, pesadas y azules, habían llegado desde Italia. No soportaba la luz cenital, por eso todo el lugar se iluminaba con veladores y lámparas de pie que fueron fabricados unos en Inglaterra y las otras en España. Amaba Europa.&lt;br /&gt;Una vez que Abdul se hubo retirado, se quedó pensando en todo lo que éste le había relatado. No estaría nada mal estar de vuelta, pensó.&lt;br /&gt;A Alí Ben Kadar no le hacía falta nada en la vida y ese era su mayor problema. La rutina lo tenía hastiado como un niño que ha pasado una semana dentro de una fábrica de chocolates. No le era difícil recordar los tiempos que habían quedado perdidos por allá lejos, muy lejos, cuando comenzaba a cimentar sus dotes de mercader. Por aquel entonces le resultaba narcotizante adoctrinar con sus artes aprendidas en calles, bares y otro sin fin de reductos, a las bellezas que harían las delicias de miles de agradecidos clientes. No le había escatimado a la emoción y a la adrenalina cuando al regresar a su Estambul natal reclutó a ese selecto grupo con los que recorrió hasta el más lejano de los continentes buscando, eligiendo y secuestrando a las mujeres que constituirían el motor de su riqueza y poder. Aquellos días habían pasado como siempre sucede con los días y estos días eran el tedio hecho horas.&lt;br /&gt;Casi sin notarlo se durmió en la gigantesca cama con sábanas de seda del color de la noche. Al despertar tres horas más tarde, todavía con las ropas, el turbante y los anteojos puestos, elaboró su estrategia y eso lo hizo sentir vivo. Vivo como la noche en que vengó a su padre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuarenta y cinco días antes de ser vista besándose con Alí Ben Kadar, la Gailac se disponía a cruzar una de las calles del centro. Pudo ver al bello auto negro, pero creyó tener tiempo suficiente antes de que llegara hasta ella. No sucedió así, había dado dos pasos y la enorme carroza metálica alcanzó a tocarle las piernas con el paragolpes delantero. El chofer frenó muy a tiempo, pero no con el necesario para evitar que ella gritara a causa del miedo.&lt;br /&gt;Como si hubiera sido un caballero de reluciente armadura Alí Ben Kadar saltó del vehículo y fue a prestar auxilio.&lt;br /&gt;— ¿Está usted bien, señorita? — preguntó con voz angustiada.&lt;br /&gt;—Sí…,sí. Soy una tonta y no pude evitar asustarme.&lt;br /&gt;—El tonto o más bien el ciego es mi chofer que no la vio antes.&lt;br /&gt;La Gailac una vez recuperada quedó deslumbrada por la apariencia de su salvador. El traje color verde oliva, tenía un perfecto corte italiano, la camisa de seda blanca y los zapatos nuevos de un negro intenso. Lo que la dejó fuera de combate fue el exótico pañuelo que le cubría la cabeza y los anteojos negros con forma de pentágono.&lt;br /&gt;— ¿La acerco a alguna parte? — preguntó el Turco— Es lo menos que puedo hacer.&lt;br /&gt;—No se haga problema,-respondió la Gailac— iba a la zapatería aquella—señaló hacia una vidriera a espaldas del hombre— a mirar algunos zapatos y carteras.&lt;br /&gt;—Me sentiré honrado si me permite escoltarla.&lt;br /&gt;—No logro imaginar mejor compañía— contestó sacando a relucir su cautivante sonrisa y se encaminó hacia el comercio seguida por el Turco.&lt;br /&gt;Él insistió en pagar los tres pares de zapatos y las dos carteras. Ella se rehusó las dos primeras veces, para luego exclamar:&lt;br /&gt;—La tercera es la vencida, según dicen.&lt;br /&gt;—Eso dicen.&lt;br /&gt;Alí Ben Kadar extendió unos billetes a la vendedora invitándola a conservar el vuelto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Antes de llevarla hasta donde vaya, quisiera que me acompañara a tomar algo fresco-le dijo Alí Ben Kadar e hizo una seña para que el auto se acercara.&lt;br /&gt;—No quiero abusar de su sentimiento de culpa-respondió muy seria la muchacha.&lt;br /&gt;—No conozco tal sentimiento. Me gusta seguir mis instintos y lo hago.&lt;br /&gt;—Siempre me ha interesado la gente que se deja llevar por el instinto.&lt;br /&gt;La Gailac se corrió para permitir que el Turco le abriera la puerta del auto. El chofer se dedicó a guardar los paquetes en el baúl.&lt;br /&gt;Fueron a un bar en San Telmo. Bebieron, cerveza él, ella un jugo de naranjas. La charla giró en torno a temas sin importancia.&lt;br /&gt;—Tendrá que disculparme— nunció la chica— debo retocar mi maquillaje.&lt;br /&gt;—Tome su tiempo. No pienso ir a ningún lado.&lt;br /&gt;Cuando la Gailac se alejó el chofer, que disfrutaba de una cerveza en la barra, caminó hacia el baño de damas y se paró frente a la puerta para permitir que su señor accionara sin ser interrumpido.&lt;br /&gt;El primer paso fue sencillo. Metió la mano en el bolsillo interno derecho del saco y al instante ubicó lo que buscaba, una cajita de metal rectangular que contenía veinte pastillas de escopolamina. Se las conocía con el nombre de burundanga. El costo habría valido la pena, si cumplían lo que prometían. Tomó una píldora y la dejó caer dentro del vaso con jugo de naranjas.&lt;br /&gt;Según sabía cada comprimido contenía cien miligramos de droga. Su efecto se prolongaba durante dos horas. El tóxico penetra la barrera hematoencefálica y altera el sistema nervioso central. Las persona afectada pierde la memoria, se vuelve un autómata capaz de obedecer cualquier orden que le sea impartida o de pensar que lo que se le está diciendo, por extraño que pueda sonar, es la verdad más pura, simple y absoluta.&lt;br /&gt;La muchacha volvió radiante, ajena a todo. El cuadro estaba intacto como lo había dejado. El apuesto personaje en la mesa esperaba con paciencia teñida de remordimiento y apoyado en el mostrador el chofer charlaba con el hombre que servía las bebidas y seguía paladeando una cerveza fría.&lt;br /&gt;Alí Ben Kadar levantó la copa con un gesto teatral y dijo:&lt;br /&gt;—Brindo, porque está más bella que hace cinco minutos. Si acaso eso es posible.&lt;br /&gt;—Yo voy a brindar por los frustrados accidentes de tránsito-dijo la joven cuando se hubo sentado. Acto seguido tomó un largo trago de su bebida.&lt;br /&gt;El narcótico se pone en funcionamiento en pocos minutos. La víctima no presenta signos visibles. El mercader le tomó las manos a la mujer. Para cualquiera que lo observara se trataba de un gesto de afecto por parte de un hombre hacia una belleza semejante. Cerrándole la derecha en forma de puño, le dijo:&lt;br /&gt;—En tu mano tenés un afilado puñal. Sentada en la barra, se encuentra una persona que me ha ofendido. Matálo.&lt;br /&gt;Confirmando todos los pronósticos, la Gailac, se dirigió hasta el mostrador con paso seguro y manteniendo la mano derecha como si sostuviera un cuchillo, golpeó, golpeó y volvió a golpear la espalda del chofer, hasta que el Turco le dio la orden de detenerse.&lt;br /&gt;Mientras caminaban hasta el auto Alí Ben Kadar comentó a su empleado.&lt;br /&gt;—Ya podemos decirle adiós al imperio Sayavedra.&lt;br /&gt;La carcajada que acompañó a la frase congeló la sangre en las venas del chofer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue gracias a la droga que mina la voluntad que la Gailac se convirtió en instrumento para tender una trampa a las muchachas que desaparecieron del 343 y cayeron en las manos de Alí Ben Kadar. El Turco recibió una suma de miedo por entregarlas al capitán de un barco con pabellón ruso, quien a su vez fue premiado con una cuantiosa cantidad por depositar la sensual mercancía bajo la custodia de un ucraniano que se alimentaba merced al dinero que conseguía por vender entretenimiento de toda clase a los jerarcas del partido.&lt;br /&gt;Los planes del enemigo del doctor Sayavedra se cumplieron con tal perfección que poco a poco consiguió hacerse con la información que le ofrecía una desmedida ventaja para pelear la guerra que él mismo se dedicara a iniciar.&lt;br /&gt;La eficacia de la pócima quedaba cada vez más demostrada. Los enojos que sufría la amiga del matrimonio por ver como estaba en peligro todo lo que habían conseguido eran reales lo mismo que la lluvia, la nieve, el frío o el calor.&lt;br /&gt;El Turco y sus ayudantes se ubicaban siempre un paso adelante de sus contrincantes. Interceptaban los embarques de comida y bebida, los cuales muchas veces eran arrojados al río y otras se les colocaban sal o azúcar para que continuaran su recorrido inutilizados.&lt;br /&gt;Frustraron la llegada al 343 de dos importantes cómicos que habían sido contratados. Uno fue atropellado y debió pasar seis meses en el hospital con los costos a cargo de los Sayavedra, el otro sufrió una severa intoxicación por ingesta de paella en mal estado, cortesía de los colaboradores que Alí Ben Kadar tenía en todos lados, percibiendo fabulosas remuneraciones.&lt;br /&gt;Muchos de los clientes de toda la vida de los casinos fueron asaltados y además golpeados cuando abordaban camiones que pretendían ser “Santa Laura”, pero eran ocupados por hombres ávidos de maltratar y saquear que también respondían al hijo del pescador de Estambul. Estos seres no volverían a apostar ni siquiera en un juego familiar de la lotería por lo que les quedaba de vida.&lt;br /&gt;El astuto estratega había ideado un sistema cuyos inconvenientes para ponerlo en práctica se relacionaban en proporción directa con su efectividad. El derrumbe que tuvo que afrontar su antagonista, así lo atestiguaba. El procedimiento era el siguiente: a toda hora alguien de su entorno le seguía los pasos a la Gailac y siendo esta una persona a la que le encantaba pasear, charlar y comprar, las oportunidades de mezclar la droga con alimentos azucarados, en donde mejor funcionaba, o bebidas eran muchas. Una vez que el trance iniciaba, era llevada ante el Turco, quien en el par de horas siguientes se dedicaba a exprimir su cerebro lo mismo que una naranja para conocer los pasos que pensaba dar su enemigo.&lt;br /&gt;El Hombre de los Mil Turbantes se regocijaba en su victoria parcial. Tenía esa seguridad que tienen los poseedores de un arma mortífera de estar tan cerca del final de la batalla que empezaba a tranquilizarse. Tal tranquilidad iba a costarle caro. Todo lo caro que cuesta la soberbia a quienes la enarbolan. Él que creía ser alguien omnisciente, no era más que otro de tantos que creían ser lo que no eran. Lo que el Turco no sabía era que el ejército del 343 no había permanecido en cuarteles de invierno y que lo vigilaban ojos atentos.&lt;br /&gt;No era posible que relacionara a los dos prósperos comerciantes italianos con aquellos individuos a los que despreciaba y no había hecho eliminar por un gesto de compasión que aún no alcanzaba a comprender, que se pasaban horas y más horas en la vereda mendigando.&lt;br /&gt;Las tareas de vigilancia de Cosme y Giussepe se habían situado en un punto muerto, que volvió a la vida debido a que la presa, Alí Ben Kadar, sucumbió a su adicción. Un firme y sinuoso cuerpo de mujer.&lt;br /&gt;El domingo que la narcotizada maestra de ceremonias del 343 fue dejada en la puerta de los dominios de Alí Ben Kadar con la orden expresa de ingresar al edificio. El hombre que la esperaba modificó la rutina. No la condujo al lugar de siempre, sino que la llevó a sus habitaciones y le habló con las palabras que emplean los enamorados, al tiempo que la iba despojando de sus prendas. Poco faltaba para que el hechizo se fuera como el humo, cuando las dos figuras se pusieron frente a la atenta lente que controlaba Cosme. Entonces el Turco cometió el error que inclinó la balanza en su contra. Rodeó por la cintura a la señorita Gailac con el mismo brazo con que había dado muerte a tantos seres y luego la besó en los labios.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si la persona hubiese sido otra, el doctor Sayavedra no hubiera tenido un segundo de vacilación y la orden se habría escapado de su boca, casi al mismo tiempo de saber que estaba siendo traicionado. Pero no pudo hacerlo. A ella la quería como se quiere a una hija y tal vez más. Le resultaba imposible pensar en que fuera la causa de todas sus desgracias. No tenía motivos para portarse desleal y si tuviera alguno, se estaba comportando con la sangre fría de un tiburón.&lt;br /&gt;El creador de los casinos móviles estaba seguro que la muchacha había caído bajo las garras del chantaje, mas no lograba imaginar basado en qué, no tenía familia ni nada con lo que se la pudiera presionar.&lt;br /&gt;La irrupción de Bety en la estancia, puso fin a sus especulaciones.&lt;br /&gt;Como todos los domingos Bety acomodó la bandeja del desayuno sobre la cama y después lo besó por segunda vez. La primera fue cuando acababa de despertar.&lt;br /&gt;— ¿Qué haría sin vos, amor? — dijo el doctor Sayavedra.&lt;br /&gt;—Buscarte otra, seguro— bromeó Bety.&lt;br /&gt;—Ni loco y perderme el desayuno de los domingos— le siguió el juego Sayavedra.&lt;br /&gt;—No jodás. Cualquier puede preparar té y pan con manteca.&lt;br /&gt;—Lo voy a tener en cuenta, amor mío.&lt;br /&gt;—A pesar de las bromas, no se te borra el gesto de preocupación.&lt;br /&gt;—Pasa, que no puedo entenderlo.&lt;br /&gt;—Yo lo hubiera esperado de cualquiera, pero no de ella— Bety adoraba a la Gailac lo mismo que su esposo.&lt;br /&gt;—Pensaba en eso un segundito antes de que entraras.&lt;br /&gt;—No me puedo sacar de la cabeza las imágenes de las fotos— Bety probó el té— ella es una chica tan fina ¿Cómo va a enredarse con ese Turco inmundo?&lt;br /&gt;— ¿¡Fina!? Me parece que no la llamaste así la última vez.&lt;br /&gt;—Ya me conocés— intentó disculparse Bety— soy leche hervida. No mido las palabras cuando me enojo. Vos sabés que la quiero como a una hija.&lt;br /&gt;—Sí mi amor, claro que lo sé. —le respondió e hizo chocar su taza con la de ella a manera de brindis.&lt;br /&gt;— ¿Qué medidas vas a tomar? — quiso saber Bety.&lt;br /&gt;—Lo primero que se me ocurre es hacerla seguir.&lt;br /&gt;—Por qué no le hablamos. Le decimos que no vamos a tomar ninguna acción si dice toda la verdad.&lt;br /&gt;—Mi amor, aquí está pasando algo más.&lt;br /&gt;—Está bien…, está bien, pero ¿qué?&lt;br /&gt;—Es lo que tenemos que averiguar y pronto o se nos va a venir el mundo encima. — sentenció el doctor Sayavedra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cosme y Giussepe habían observado muchas veces la escena que daba comienzo con la llegada de la señorita Gailac en un coche y que concluía al cabo de casi dos horas partiendo en el mismo vehículo. Pisando siempre los talones de la muchacha iban Vicenta, María o Margarita, la modista; quienes habían sido sumadas a la nomina del 343. Las tres mujeres se ocupan de manera alternada de seguir a la esbelta rubia, durante el día. Al caer la noche estaba en todo momento en el local del 343. Cuando llegaba a su departamento era custodiada por un falso policía que pretendía estar haciendo la ronda nocturna. El cuidado de los niños, Enzo y Juliana, la hija del matrimonio Torelli, quedaba en manos de las mujeres que no estaban en ese momento oficiando como la sombra de la Gailac.&lt;br /&gt;Una de las actividades que desempeñaba la chica que había nacido en Media Agua, San Juan, era la de ocuparse de los proveedores y de los representantes de los artistas, si éstos contaban con uno. Caso contrario la gestión la realizaban los propios ejecutantes de los variados oficios. No había accedido a poseer un sitio fijo dentro del 343 para llevar adelante sus labores. Prefería para tales propósitos, cualquiera de los tantos cafés y confiterías que atestaban las calles de la ciudad. Le encantaban los de la calle Corrientes y los de la Avenida Rivadavia. Pero como suele pasar con alguna ropa, una comida o una canción, sentía una debilidad particular por el café de la Avenida de Mayo al ochocientos. Aquel era un espacio en el que se respiraba el arte y la excentricidad. Hasta su nombre tenía para ella un toque de musicalizad, se trataba del Café Tortoni.&lt;br /&gt;Fue allí en donde la fortuna decidió mostrarle a Vicenta la luz al final del túnel.&lt;br /&gt;Ni bien la vio aparecer, el propietario de origen francés Curuchet, abandonó lo que hacia, para rendirle la pleitesía con la que esperaba, más temprano que tarde, tenerla entre sus sábanas.&lt;br /&gt;— ¡Qué alegría, verla de nuevo por acá!&lt;br /&gt;La Gailac extendió la mano derecha para que el siempre deslumbrado inmigrante la besara.&lt;br /&gt;—Con ésta clase de recibimientos, tenga por seguro que vendré mucho más a menudo.&lt;br /&gt;—Me sentiría muy honrado, si decidiera elegir al Tortoni como punto de encuentro permanente.&lt;br /&gt;—No sería muy justo para los demás-declaró con fingida soberbia— ¿No lo cree así, mi querido Curuchet?&lt;br /&gt;—Con profundo pesar, debo darle la razón.&lt;br /&gt;Intercambiaron algunas otras frases con idéntico e insulso contenido y como era costumbre el propietario deslizó el ofrecimiento para que fuera su invitada en una cena en su casa cuando le apeteciera. También como era habitual sobrevino una elegante declinación.&lt;br /&gt;La Gailac atravesó el salón repleto. Podía sentir sobre sus ropas, un conjunto de falda y blazer rojo, los ojos de la concurrencia masculina. Complementaba el delicioso traje con una blusa de un rosa suave. Llevaba finas medias de seda transparente y unos zapatos tan rojos como el traje, que la hacían parecer diez centímetros más alta. El cabello, estirado hacia atrás, lo lucía sujeto en un rodete.&lt;br /&gt;En una de las mesas charlaban muy animados Carlos Gardel y José Razzano. El zorzal la saludó regalándole una de sus sonrisas amplias. La Gailac se besó la palma de la mano y luego sopló en su dirección. El compositor de la música de “El día que me quieras”, que según se rumoreaba la había utilizado como su musa, levantó una mano para significar que atrapaba el presente.&lt;br /&gt;Ella contempló divertida la escena y siguió viaje hasta su mesa, la cual siempre se le reservaba en el último y más alejado rincón. En su recorrido se detuvo a saludar a Roberto Arlt, quien tomaba café y leía a Dostoiesnsky. El recién publicado novelista advirtió que era observado e interrumpió la lectura.&lt;br /&gt;—Acabo de terminar la novela— le dijo excitada—, me pareció fantástica.&lt;br /&gt;—Te lo agradezco.&lt;br /&gt;—No te quito más tiempo. Hasta cualquier momento. — se despidió la Gailac.&lt;br /&gt;—Avisá…, mirá si no voy a tener tiempo para un elogio. — respondió el autor de “El juguete rabioso”.&lt;br /&gt;Vicenta esperó unos cuantos minutos antes de entrar. Fue a partir de ese momento que la suerte marcó el comienzo del fin. El mozo que tomara la orden de la Gailac, un jugo de naranjas, se aproximó al mostrador para retirar la bandeja que contenía la bebida. Todo se desarrolló rápido, tanto que no pareció real, pero lo fue. Cuando el empleado estaba a punto de asir la bandeja, alguien le tocó el hombro obligándolo a darse vuelta.&lt;br /&gt;—Disculpe ¿Tendría cambio? —le consultó una muchacha cuyo cabello negro le llegaba hasta la cintura en forma de una imponente trenza.&lt;br /&gt;— De cien…a ver…, esperáte que me fijo. Dijo y sacó la billetera alargada, que ostentaba una publicidad de cerveza típica de los de su oficio, del bolsillo posterior del pantalón. Apartó cinco billetes de veinte y los entregó a la joven.&lt;br /&gt;— Muchas gracias. Muy amable.&lt;br /&gt;—Por favor, faltaba más.&lt;br /&gt;Vicenta se dedicó a seguir la trayectoria del mozo desde que dejó la mesa de la Gailac. Por eso pudo ver con claridad como un hombre acodado en la barra echó algo en la bebida, apenas el personaje de chaqueta blanca giró. Después el vaso fue a parar a la mesa y desde allí a los labios de la encargada de compras del 343. La esposa de Cosme Ferrara retuvo en su memoria hasta lo más ínfimo. Observó al tipo de la barra, con su temible porte, trasladarse hasta donde estaba la mujer rubia. Lo observó decirle algo, después de lo cual, la Gailac se incorporó y buscó la salida. Al pasar otra vez junto al escritor, éste que ya no leía, sino que garabateaba ideas para futuros proyectos, le dijo:&lt;br /&gt;— ¡Eh! ¡Che! ¿Qué pasó? Parece visita de médico.&lt;br /&gt;La mujer no se inmutó.&lt;br /&gt;— ¡Qué loca está esta mina por Dios! — pronunció para sí y volvió a enfrascarse en lo que hacía, un bosquejo que contaba la historia de una sociedad secreta cuyos macabros fines eran liderados por un personaje nombrado como “el astrólogo”. Ya en la calle la Gailac abordó un auto acechada siempre por los ojos de Vicenta. Primero el vehículo se alejó, luego aparecieron en la puerta el mastodonte y la chica de la trenza, a la que se la veía bastante nerviosa. El recorrido que se había iniciado en el café Tortoni, alcanzó la meta en los dominios de Alí Ben Kadar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Sabía que algo raro pasaba— dijo a los gritos el doctor Sayavedra.&lt;br /&gt;Vicenta había cedido su puesto a Margarita, para correr a casa de los Sayavedra. Pero antes pasó cerca, muy cerca de los mendigos. Junto al billete dejó caer dentro del sombrero de las limosnas un papelito escrito a toda velocidad que decía: “creo que tengo algo. Voy a lo del doctor”.&lt;br /&gt;—Ahora sí tenemos que hablar con ella, avisarle que está siendo usada en nuestra contra— propuso Bety con temblor en la voz.&lt;br /&gt;Vicenta no pronunció palabra. Sólo se limitó a observar y esperar.&lt;br /&gt;—Hay que poner en marcha el operativo para voltear a ese Turco de la misma mierda, hoy mismo— exclamó más calmado el doctor Sayavedra— .Cada día que pasa es un riesgo.&lt;br /&gt;Bety sirvió té para todos. Cuando estuvieron sentados preguntó:&lt;br /&gt;— ¿Usted qué opina Vicenta?&lt;br /&gt;La siciliana probó la infusión. No quería dar una mala impresión, así que tomó su tiempo antes de responder.&lt;br /&gt;—Con todo respeto, — comenzó diciendo— creo que no es tiempo de atacar.&lt;br /&gt;El matrimonio al unísono se acomodó en los sillones, dispuestos a prestar atención a lo que la mujer tuviera para decirles.&lt;br /&gt;—Continúe, por favor— la alentó Bety.&lt;br /&gt;—En mi opinión, habría que hacer circular una información muy tentadora que obligara al Turco a querer saber más y para lograrlo necesitará a la señorita.&lt;br /&gt;Tanto Bety como su marido no dejaban de felicitarse por haber contratado a éste grupo de gente, sin dudas muy hábiles y poco aprovechadas.&lt;br /&gt;—Lo que dice tiene una lógica interesante, señora— dijo Sayavedra.&lt;br /&gt;Vicenta no dio muestras de sentirse alagada. El hombre prosiguió.&lt;br /&gt;—El proceso de desinformación podríamos repetirlo un par de veces. Después aparecemos con todo lo que tenemos y lo hacemos pagar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Las fotografías constituían una prueba irrefutable. Ella aparecía en todas con el misterioso hombre que había conocido en la calle meses atrás. A pesar de los esfuerzos que hizo no logró recordar nada. Se hallaba desorientada, sin poder ni siquiera imaginarse que el gigante que la sacaba de los lugares, volvía a dejarla en el exacto sitio que ocupaba con el tiempo justo para que la droga perdiera sus poderes. Era una suerte que siempre gustara de visitar establecimientos grandes y repletos de personas que iban y venían. Cuando la muchacha volvía en si, su reloj marcaba la hora con el atraso preciso y su jugo estaba a medio consumir, proporcionado por la gente que Alí Ben Kadar había reclutado entre el personal de planta de cada lugar.&lt;br /&gt;Existía algo más que la Gailac desconocía, y lo cual la hizo enojar como no lo hacía desde las épocas en que María, su madre, pasaba horas y horas buscando en el horizonte la silueta de su padre, el Turco y su apuesto salvador eran uno solo.&lt;br /&gt;Los días del mayor enemigo que hubiera tenido nunca la familia Sayavedra estaban contados. El patriarca se sentía como ese jugador de truco que esconde en la mano, el ancho de espadas, el siete de oros y una carta negra para despistar al contrario. No podía por ninguna causa perder la mano.&lt;br /&gt;La primera orden que impartió fue para Cosme y Giussepe. Suspendan la vigilancia, les dijo, ya no tiene sentido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El miércoles cerca de las seis de la tarde, un día después de haber puesto fin a sus tareas como espías y dos desde que la Gailac se estuviera al tanto de todo. Los veteranos de los Alpes se encontraron, no por última vez, con Abdul en la habitación que ya les era conocida. El segundo del Turco los recibió como el que se reencuentra pasada una larga ausencia con esos amigos con los que fue tan feliz en la infancia. En está oportunidad los agasajó con licor de menta, el cual según dijo muy alegre, había preparado él mismo con su propia mano.&lt;br /&gt;Toda la transacción se llevó a cabo con el Turco brillando por su ausencia.&lt;br /&gt;-Ha pasado mucho tiempo desde su última visita. Pensé que se habían arrepentido y que no regresarían-les decía Abdul, mientras les llenaba por segunda vez las bonitas y diminutas copas de cristal, dejando la suya para el final.&lt;br /&gt;—De ninguna manera. Somos gente de palabra— aclaró Giussepe— .Lo que nos pasó es algo muy simple.&lt;br /&gt;Abdul inclinó el cuerpo hacia delante, apoyando el codo sobre el escritorio, como si en realidad le interesaba lo que iba a oír.&lt;br /&gt;—Nuestros negocios— siguió explicando Giussepe— nos obligan a viajar mucho por el interior. En este último viaje, nos surgieron algunos inconvenientes que hicieron imposible celebrar el previsto encuentro entre nuestros impacientes socios extranjeros y el personal de su empresa. Ahora todo está en su lugar y cuando usted diga ponemos todo en marcha.&lt;br /&gt;— ¿Cuándo estarían llegando al país sus socios? — consultó el manco.&lt;br /&gt;—Ellos ya están aquí y le repito que muy impacientes.&lt;br /&gt;—Es una buena novedad. Trataremos de calmarlos a la mayor brevedad posible.&lt;br /&gt;El hombre de una mano sola abrió uno de los cajones del mueble. Retiró una carpeta con tapas duras de color azul. Corrió las copas y la botella. La apoyó sobre el escritorio. Por un momento los pretendidos clientes tuvieron la sensación de que se había olvidado de ellos, su concentración era absoluta. Recorrió varias páginas siguiendo la lectura con el dedo índice. Después de cerrar el libro, anunció:&lt;br /&gt;—Caballeros, por favor discúlpenme un momento. Ahora estoy con ustedes.&lt;br /&gt;No habrán pasado cinco minutos y regresó con una carpeta delgada. Contenía fotografías.&lt;br /&gt;—Muy bien amigos, vamos a ver. — dijo y se reubicó en su lugar— Tengo aquí, —levantó la carpeta— a las veinte señoritas que habían seleccionado— hizo una pausa.&lt;br /&gt;— ¿Ocurre algo? — lo interrogó Cosme.&lt;br /&gt;Abdul les extendió la carpeta.&lt;br /&gt;—Lo que me temo es que alguna de las muchachas no se encuentran disponibles.&lt;br /&gt;— ¿Eso por cuánto tiempo?— esta vez el que consultaba era el florentino.&lt;br /&gt;—Por algunos meses. Pero no se aflijan, nuestra mercancía es toda de la más alta calidad. Sus invitados quedarán muy conformes. Eso se los garantizo.&lt;br /&gt;Cosme revisó una a una las imágenes. Algunas estaban atravesadas por una franja que decía:”reservada”. En la novena página comprobó lo que temía, la chica de la trenza estaba vedada.&lt;br /&gt;—Esto no representa problema alguno. Confiamos en su criterio para efectuar los reemplazos— dijo con su más fuerte acento peninsular.&lt;br /&gt;—Asunto arreglado, entonces— les ofreció otra dosis del verde brebaje.&lt;br /&gt;—Nuestros invitados, permanecerán en el país unas dos semanas más o menos— comentó Giussepe.&lt;br /&gt;— ¿Les parece adecuado el domingo entonces?&lt;br /&gt;—Será perfecto. El punto de reunión será, mi estancia en Lobos. He confeccionado un plano, bastante rudimentario por cierto— se disculpó el siciliano— para que puedan dar con el lugar. Se llama: “Última Morada”.&lt;br /&gt;—Nombre sugestivo, si los hay— bromeó el segundo de Alí Ben Kadar.&lt;br /&gt;—Opino lo mismo, estimado Abdul.&lt;br /&gt;Se estrecharon las siniestras y concluyeron la reunión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El martes por la noche, tuvo lugar un encuentro en casa de los Sayavedra. Participaron en él, la Gailac, Cosme, Vicenta, Giussepe, María y Margarita. También fueron participados dos de los más cualificados hombres del otrora político. Ambos de aspecto sumiso, quienes antes de ser sicarios, habían llevado pan a la mesa con sus salarios de policías. El conciliábulo terminó, cuando se hubo tomado la determinación de atacar en todos los frentes. El objeto era conseguir que el clandestino mundo en que vivían, tuviera un único, legitimo y soberano emperador; el doctor Sayavedra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Habían pasado las diez de la noche, era sábado. Alí Ben Kadar se paseaba nervioso, como enjaulado, por su departamento. Tenía la seguridad que sus informantes eran fidedignos, no podía ser de otro modo con todo lo que le costaban.&lt;br /&gt;. Tal vez la rubia y confiada mujer no ostentaba la posición de privilegio dentro de la organización, que había declarado bajo el poder del narcótico. Tal vez el antiguo miembro del partido Radical había conseguido apoyo económico de sus muchos amigos. Los tenía en todas las esferas sociales. Sea como fuere se decía en las calles que los casinos ambulantes no lograban albergar un jugador más. Todos los apostadores de la ciudad pretendían participar de sus dos nuevas propuestas lúdicas. La primera era un juego en el que se ganaba o perdía con relación a los resultados de los partidos de fútbol dominicales. A éste entretenimiento que ofrecía premios cuantiosos, se accedía con la compra de una tarjeta en donde podían leerse todos los encuentros de la fecha. El apostador debía elegir uno de los equipos y después consignar si éste ganaría, sería derrotado o empataría. La segunda se trataba de lo más novedoso y moderno en el universo de los juegos de azar. Unas máquinas en donde se introducía una moneda, para luego tirar de una palanca que poseían en el costado izquierdo. Si se acertaban tres figuras iguales: bananas, pelotas, paraguas, la persona afortunada se llevaba cien veces el valor de su riesgo.&lt;br /&gt;El Turco, cuyo rasgo más notorio era su temple de hielo, estaba fuera de sí. No lograba dar tregua a los pensamientos cuando Abdul entró.&lt;br /&gt;— ¿Alguna novedad? — inquirió.&lt;br /&gt;—Una. Los camiones son cuatro y ya no están pintados como los del frigorífico.&lt;br /&gt;—Traé como sea a la rubia. Ella tiene que decirnos algo. Movéte. — le ordenó con furia.&lt;br /&gt;—Se me ha informado que acaba de llegar al 343. No podemos sacarla de ahí y eso usted lo sabe, señor.&lt;br /&gt;—Tenés razón, pero es que no puedo con mis nervios-confesó, mostrando un costado desconocido, Alí Ben Kadar— ¿Cómo marcha lo de mañana?&lt;br /&gt;—Las seleccionadas están descansando. También los hombres que las escoltarán.&lt;br /&gt;—Por lo menos ese asunto está en orden.&lt;br /&gt;—Todo saldrá según lo previsto, señor. Confié en mí.&lt;br /&gt;—Si no lo hiciera, hace mucho que le harías compañía a Yamil ¿No lo creés así?&lt;br /&gt;—Así lo creo y se lo agradezco, señor-respondió agarrándose el brazo incompleto con su mano ilesa.&lt;br /&gt;—No le pierdan pisada a la rubia y cuando sea posible me la traen. Ahora andá quiero dormir un poco.&lt;br /&gt;—Lo que ordene, señor.&lt;br /&gt;Al salir Abdul sonreía como no lo había hecho desde que su primogénito nació. Estaba feliz por la suerte que corría el que le quitara todo para convertirlo en un esclavo temeroso&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El vehículo circulaba con todo en regla, a una velocidad normal. Transportaba la mercancía del Turco y a los seis guardias. De los cien kilómetros que tenían que cubrir, habían conquistado la cuarta parte. El camino era bueno, el tráfico escaso.&lt;br /&gt;El conductor, un hombre bajo bastante pasado en postres, se las ingeniaba para fumar en simultáneo con el manejo del volante y la palanca de cambios. El hecho de que la ruta nadara en desolación lo favorecía. En la parte de atrás algunas de las mujeres se entretenían oyendo una radio que funcionaba tomando energía de la batería del reacondicionado camión. Otras se pintaban de rojo las uñas de las manos y las menos intentaban conciliar el sueño. Este reducido grupo no pudo concretar sus expectativas, ya que la inesperada frenada que tuvo que efectuar el obeso fumador las impulsó a todas hacia delante.&lt;br /&gt;— ¿A éstos qué carajo les pasa? — gritó el gordo.&lt;br /&gt;Frente al transporte se habían atravesado dos autos de la policía, salidos de una calle lateral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giussepe encendió el tercer cigarrillo. La vista clavada en el edificio que tanto y tan bien conocía. Empezaba a oscurecer, tenía frío y los nervios tensos. Se preguntó cómo les iría a los demás, mientras se abrochaba el negro y largo abrigo, que había comprado junto con un sombrero a la última moda. Consultó el reloj, por desgracia aún no era tiempo. Lo tranquilizaba sentir el peso del revólver, colocado debajo de la axila izquierda. Como una precaución había fijado en el tobillo derecho, con la ayuda de una banda elástica, otra arma; pero de menor calibre. Además portaba en la cintura el puñal que le regalara su abuelo cuando cumplió once años, que tan buenos servicios le había prestado en el frente de batalla. No se atrevía a reconocerlo, pero estaba ansioso por utilizarlo. El cigarrillo se consumió. Lo tiró para luego pisarlo.&lt;br /&gt;El portón del edificio que habitaban los empleados de Alí Ben Kadar comenzó a abrirse. Giussepe reconoció al inmóvil guardaespaldas, que junto a Cosme conocieran más de cien días antes. También pudo distinguir tres sombras en la parte posterior del espléndido Mercedes negro. Del lado del acompañante un hombre comía un chocolate con gesto de felicidad. Gracias a las placas fotográficas era un viejo conocido del florentino. El auto partió, alguien desde adentro deslizó el portón en sentido contrario. Un coche lo siguió a prudente distancia. Al pasar a su lado el conductor inclinó la cabeza en ese característico movimiento que implica saludo. Giussepe se tocó el ala del sombrero como respuesta.&lt;br /&gt;En el lugar había ahora dieciséis mujeres, el Turco y cuatro de sus vasallos. Consultó por segunda vez el reloj. Cruzó la calle, giró a la izquierda y caminó hasta la esquina, luego dobló a la derecha. El Chevrolet verde con los seis hombres bajo su mando, tenía las ventanillas altas. Al verlo aparecer quien se sentaba tras el volante se bajó.&lt;br /&gt;—Estén preparados, no falta mucho. — anunció Giussepe.&lt;br /&gt;—Muy bien.&lt;br /&gt;El conductor hizo una seña y el resto de los ocupantes del auto verde se le unieron. Todos usaban sombreros y largos abrigos, muy prácticos a la hora de disimular escopetas.&lt;br /&gt;—Esperen cinco minutos y arranquen-les dijo el jefe antes de dar media vuelta y volver sobre sus pasos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días domingo y lunes no había actividad ni en el 343, ni en los casinos itinerantes. Era el momento en que sus muchos empleados disfrutaban de una bien ganada ociosidad. Por eso no resultaba extraño que la Gailac dedicara estás jornadas a reunirse con amistades.&lt;br /&gt;La confitería “Las Violetas”, de la calle Esmeralda se poblaba de exigua clientela a causa del clima imperante. La gente había preferido quedarse en sus casas a escuchar radio, jugar a las cartas o no hacer nada. Cuando la atractiva joven cruzó el umbral en compañía de tres mujeres de su misma clase e idéntica presencia. Un individuo que pretendía estar leyendo el diario la siguió con la vista, alerta lo mismo que el tigre que está a metros de atrapar a la liebre que será su almuerzo. El encargado se apresuró a recibirlas y con apabullante cortesía las escoltó hasta según declaró su mejor mesa.&lt;br /&gt;Una vez que el afable grupo se hubo acomodado; Miguel Nuñez, el administrador del lugar, anunció:&lt;br /&gt;—Ahora las atiende uno de los mozos, señoras.&lt;br /&gt;—Muy amable, Miguel— respondió con la naturalidad de vieja conocida, la Gailac.&lt;br /&gt;La puerta de entrada se abrió ahora para permitir la entrada a Abdul que estaba acompañado por la chica de la larga trenza. Nuñez repitió su ritual de buen anfitrión para guiarlos hasta la que dijo era su mejor mesa.&lt;br /&gt;La seña casi imperceptible que el segundo de Alí Ben Kadar le hizo al supuesto lector, fue recogida además de por su destinatario; por un personaje que lucía una tupida barba de cosaco y un gran abdomen. La vestimenta era clásica, camisa y saco blanco hasta el extremo, pantalón negro algo brillante a causa del uso y un moño bordeau para decorar el cuello de la camisa. El hombre que se ataviaba como el noventa por ciento de los mozos de Buenos Aires y otras partes del país, no era otro más que Cosme Ferrara.&lt;br /&gt;El siciliano, hijo de un lechero, se movió con el paso lento de algunos obesos. Al caminar se inclinaba para atrás como si fuera algo difícil mover aquel pesado compendió de carne, grasa y sangre.&lt;br /&gt;Desde la mesa que compartía con Vicenta, María y Margarita, la Gailac lo miraba acercarse sin poder dejar de pensar que en otro tiempo y en otras circunstancias Cosme podría haber sido un magnifico actor.&lt;br /&gt;La orden consistió en cuatro submarinos, tres churros rellenos con dulce de leche y uno con crema pastelera.&lt;br /&gt;Después de que el grueso mozo traspasó la puerta de vaivén, que comunicaba el salón con la cocina. La chica de la larga trenza se levantó para ir hasta el baño. Fue entonces cuando Abdul dejó la mesa para acercarse al barman. El falso lector vigilaba todo desde su lugar. Al aparecer el siciliano portando la bandeja, el manco le dedicó una mirada de esas que no ven, sin imaginarse que ese barbado e inflado espécimen, era la misma persona que conocía como un comerciante italiano.&lt;br /&gt;El empleado de “Las Violetas”, depositó la carga sobre el mostrador. Declaró con marcado tono estepario:&lt;br /&gt;—Marchan cuatro submarinos y cuatro churros, para la siete.&lt;br /&gt;El sujeto protegido por la barra tomó la debida nota.&lt;br /&gt;Cosme acababa de dejar el pedido en la mesa siete, cuando un alarido inundó el casi vacío establecimiento. El mozo giró en redondo y corrió al baño, de donde había surgido el feroz grito. Ese era el momento señalado para que Abdul entrara en acción, mas tuvo que detenerse aturdido por la sorpresa que le causó lo que escuchó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Buenos días— saludó tocándose la visera de la gorra, el hombre de Sayavedra que había vuelto a usar su uniforme de policía.&lt;br /&gt;—Buenas, agente… ¿Algún problema? — preguntó sorprendido el conductor.&lt;br /&gt;—Ningún problema, mi amigo. No se me asuste. Es pura rutina, nada más.&lt;br /&gt;—Mire que se fueron a buscar un lugar lindo para hacer controles.&lt;br /&gt;—Las órdenes no se discuten. Me permite su registro y los papeles del rodado.&lt;br /&gt;El chofer puso inmediatas manos a la obra. Otros dos agentes abordaron la cabina del vehículo, éstos portaban fusiles Mauser colgados del hombro.&lt;br /&gt;El gordo fumador los observó con poca confianza y alcanzó lo solicitado a quien parecía estar al frente del grupo.&lt;br /&gt;— ¿Para dónde va, mi amigo? — lo interpeló el oficial a cargo del operativo.&lt;br /&gt;—A Lobos, por trabajo.&lt;br /&gt;— ¿Qué hay en Lobos?&lt;br /&gt;—Llevo fardos de pasto para una estancia.&lt;br /&gt;— ¿No tienen pasto en Lobos?&lt;br /&gt;—Yo soy un empleado. Me mandan, voy y no pregunto.&lt;br /&gt;—Los papeles están en regla. Vamos a pegar una mirada a la parte de atrás.&lt;br /&gt;—Haga lo que tenga que hacer.&lt;br /&gt;El vehículo se dividía en dos por una puerta que separaba la cabina, del recinto en donde viajaban las mujeres.&lt;br /&gt;Al ver a la policía, el conductor, accionó un botón en el tablero que encendió una luz roja en la parte posterior. Los hombres de Sayavedra no conocían ese detalle y por eso no tomaron precauciones disfrutando de la farsa con la tranquilidad de saberse vencedores.&lt;br /&gt;El marco de la puerta albergó la silueta. El disparo retumbó como un trueno. El falso policía se movió con velocidad, aun así el proyectil le perforó el hombro derecho, empujándolo contra el asiento del conductor.&lt;br /&gt;El chofer saltó, con asombrosa agilidad, por la puerta que tenía a su izquierda. Rodó hasta quedar protegido debajo del camión. Uno de los dos hombres que habían subido en segundo lugar saltó al camino. El otro disparó la pistola Star acertando en la cabeza de quien hiriera a su compañero.&lt;br /&gt;De los cuatro custodios restantes, tres se valieron de las mujeres y las usaban como escudos. El cuarto rugió:&lt;br /&gt;—Déjennos salir, porque las amasijamos.&lt;br /&gt;—No tienen por dónde escapar. No lo hagan más complicado. —le respondió el herido.&lt;br /&gt;—Eso lo vamos a ver…, botón.&lt;br /&gt;El último miembro del grupo aguardaba en uno de los autos. Escuchó el tiro, vio a su compañero saltar hacia el camino y siguió con la mirada al gordo que se ocultaba debajo del micro. Dejó el auto para internarse en el campo. Tenía la intención de llegar hasta el ancho ceibo y ahí ocultarse, para poder apoyar a sus camaradas. Era una suerte que el transporte del Turco no contara con ventanas, pensó.&lt;br /&gt;El opulento conductor pudo observar los movimientos del rezagado del grupo agresor, pero en un instante se lo tragó la tierra. Estaba claro que se había ocultado detrás del árbol. Se arrastró debajo del camión hasta que consiguió asomar la cabeza. Sacó el revólver de la funda que llevaba sujeta al cinturón.&lt;br /&gt;—Quedáte piola gordo y andá parándote muy despacito. — a voz era la del hombre que había saltado después del primer disparo. Se encontraba parado en el techo.&lt;br /&gt;El herido bajó con la ayuda de uno de sus seguidores, había perdido mucha sangre, pero sabía resistir.&lt;br /&gt;El chofer se puso de pie y entregó el arma.&lt;br /&gt;—Muy bien gordo, así me gusta. —le dijo burlón quien lo sorprendiera.&lt;br /&gt;— ¿Qué van a hacer con nosotros? — se interesó el gordo.&lt;br /&gt;—Si largan todos los fierros y las minas, ya mismo. Te prometo que se comen un par de años y listo. —mintió el que fuera policía.&lt;br /&gt;—Escuchen botones, va a ser mejor que nos dejen rajar. Si no les juro por lo que más quieran que las bajamos a todas. —gritó desde adentro del vehículo el que debía estar al mando.&lt;br /&gt;—No seas gil, no te conviene ya cayó el gordo. Ríndanse no les queda otra salida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El herido no había terminado de hablar cuando un tiro lo hizo ponerse en guardia. El gordo se tiró al piso y allí se quedó, sin moverse. Un cuerpo se desplomó desde el techo para caer cual espantapájaros sobre la grava. El certero disparo lo había efectuado quien se protegía con el ceibo. Mientras el jefe los distraía hablando, una compuerta se había abierto en el techo del camión. De ella salió, igual que una serpiente, un individuo que sujetaba un puñal entre los dientes. El objetivo era dar cuenta del que había sorprendido al gordo. Antes que el reptil hombre alcanzara a incorporarse, el cuarto hombre, atento a todo, apuntó el Mauser y disparó.&lt;br /&gt;El impacto no fue mortal, la serpiente se retorcía en el suelo a los gritos.&lt;br /&gt;—Ya tenemos a dos y se me están hinchando las pelotas. Si no salen en dos minutos, trabo la puerta y le prendo fuego al micro. Ustedes eligen.&lt;br /&gt;—No creo que tengás esos huevos, botón de mierda. Además sos un policía, ¿Acaso pensás matar mujeres inocentes?&lt;br /&gt;—Te voy a querer ver dentro de un rato. Seguro que se te va a pasar lo machito.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo en su lugar, lo pensaba. —le aconsejó a Abdul la Gailac.&lt;br /&gt;Al darse la vuelta toda la gente del lugar estaba de pie. El falso lector era atenazado por dos personas que segundos antes reían frente a sus tazas de café.&lt;br /&gt;La sorpresa se hizo total al ver salir del baño al obeso mozo, pero ya sin la barba y acompañado por la joven de la trenza.&lt;br /&gt;— ¿Usted? — alcanzó a pronunciar envuelto como estaba en el asombro.&lt;br /&gt;— ¿Qué decís Abdul? ¿Te acordás de mí? — respondió Cosme con su mejor acento rioplatense.&lt;br /&gt;Vicenta se acercó al segundo de Alí Ben Kadar y le quitó el arma que llevaba oculta debajo del brazo derecho. Para su desgracia no era una profesional. Su revisión no fue exhaustiva.&lt;br /&gt;— ¿Y ahora? — se interesó el manco.&lt;br /&gt;—Mirá que sos impaciente, turquito. Esperáte que ahora te cuento. — el siciliano disfrutaba del momento y no se preocupaba por ocultarlo.&lt;br /&gt;La señorita Gailac se puso el abrigo. Camino hasta la puerta, la atravesó y una vez en la calle se encaramó en el auto que esperaba y que conocía por las fotos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Giussepe encendió el séptimo cigarrillo y acompañó con la mirada a la Gailac que se adentraba en los territorios del Turco. En ese exacto momento, el sexteto bajo su mando se dejó ver en la esquina. Aplastó el cigarrillo de la misma forma que lo hiciera con los otros seis y sin pronunciar palabra se colocó al frente del grupo.&lt;br /&gt;Atravesaron el umbral. Llegaron sin tropiezos hasta el pasillo que recorrieran Cosme y el florentino para conocer a las muchachas. El salón de la poderosa luz blanca estaba en una soledad total. Giussepe llegó primero hasta la puerta por donde se accedía a la vivienda de las mujeres, estaba cerrada. El más corpulento de sus soldados se aproximó, siempre sin hablar.&lt;br /&gt;—Rompé— ordenó Giussepe.&lt;br /&gt;El macizo ejemplar golpeó la cerradura con la culata de la escopeta. Ésta se dio por vencida al tercer intento, cediendo el paso a los visitantes inesperados.&lt;br /&gt;La escalera era pura penumbra.&lt;br /&gt;El mejor amigo de Cosme Ferrara desenfundó su revólver, para avanzar a la vanguardia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¿Qué recorrido hacen los nuevos camiones? — Alí Ben Kadar se expresaba de manera tranquila.&lt;br /&gt;—Uno tiene asignada la zona de Parque Patricios, — comenzó a decir la Gailac, ajustándose al plan que trazará el doctor Sayavedra— el segundo da vueltas por La Boca, otro por Barracas y el último por Pompeya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó el teléfono. La mujer guardó silencio.&lt;br /&gt;— ¡Hable! — contestó molesto el Turco.&lt;br /&gt;— Soy Abdul, señor.&lt;br /&gt;— ¡¿Qué ha pasado?! —estaba cada vez más irritado— ¿Por qué no han vuelto todavía?&lt;br /&gt;—Se nos pinchó una goma. Lo soluciono y salimos para allá. — la voz del manco era la de siempre con su ya típico aire de sumisión— ¿Está todo en orden, señor?&lt;br /&gt;—Mejor, no se puede. En este momento me estoy enterando de la ruta de los camiones.&lt;br /&gt;—Esa es una excelente noticia, señor.&lt;br /&gt;—Solucioná lo tuyo y venite rápido para acá, que la cosa se va a poner linda. — del enojo había pasado a la euforia sin motivo alguno como a veces le ocurría.&lt;br /&gt;—Lo antes posible estoy allí, señor.&lt;br /&gt;La línea enmudeció.&lt;br /&gt;Alí Ben Kadar llenó dos copas con sangrante cabernet. Ordenó a la mujer que tomara una. Se acomodó en su sillón predilecto dio un largo sorbo a la bebida y se preparó para seguir espiando a su mejor enemigo.&lt;br /&gt;— ¿Me decías que los camiones iban por…?&lt;br /&gt;La Gailac simuló estar pensando, para luego recitar:&lt;br /&gt;—Uno en Parque Patricios, otro en La Boca, otro en Barracas, y al último le toca Pompeya.&lt;br /&gt;Una feroz detonación la hizo sobresaltar. El Turco se paró y fue en busca de su revólver. Salió sin prestar la más mínima atención a la chica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Lo has hecho muy, pero muy bien mi viejo. — le decía Cosme a Abdul una vez que éste término la comunicación con su jefe.&lt;br /&gt;— ¿Y ahora qué— Abdul estaba más que furioso.&lt;br /&gt;—Ahora nos vamos todos juntos a visitar al Turco.&lt;br /&gt;—Están locos. No saben con quién se están metiendo. No tiene piedad, se los digo por experiencia. — comentó con vehemencia levantando el truncado miembro.&lt;br /&gt;A todos les corrió un frío por la espalda. Si el Turco ganaba no la pasarían nada bien; eso les quedaba claro.&lt;br /&gt;—Bueno es la hora— sentenció Cosme.&lt;br /&gt;María y Margarita no tendrían que participar de la etapa final, habían cumplido con su parte. En cambio, Vicenta no dejaría solo a su esposo. Con la decisión que todos le conocían se trepó al automóvil.&lt;br /&gt;Abdul iba a manejar. Cosme se sentó a su lado, en los asientos posteriores se ubicaron Vicenta y la joven de la trenza larga que estaba aterrorizada. La siciliana le tomó la mano, asegurándole que todo iría bien. La muchacha sonrió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Domingo Spasa le dio un ferviente beso a la botella de ginebra. Tenía un frío de esos que se van alojando bajo la piel a lo largo de años y años de vagabundear.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Ésta no va ser una buena noche-se decía en voz baja para hacerse compañía.&lt;br /&gt;Spasa quien había dejado atrás, hacía bastante tiempo, el medio siglo; sobrevivía recolectando botellas, diarios y cualquier otra cosa que la gente de la capital desechara. A veces conseguía colchones, alguna silla maltratada y hasta se tropezó con una radio que reparó con paciencia de santo. Ésta en señal de agradecimiento no volvió a fallar nunca más. De eso hacía diez años ya.&lt;br /&gt;—Vamos Rocinante. Ya sé que hace frío, ya lo sé…Aguantá un rato nomás y nos pegamos la vuelta.&lt;br /&gt;Como si hubiera comprendido, el flaco animal reanudó la marcha.&lt;br /&gt;El botín obtenido estaba compuesto por unos cuantos bultos, en su mayoría diarios viejos, que cada domingo retiraba del frente de la casa del arquitecto, una salamandra con aspecto extenuado que alguien había librado a su suerte en una esquina y cuatro botellas. Si el holandés le daba para un poco de pan y algunos gramos de salchichón, sería todo un milagro. Agradeció a los santos en pleno tener reservas de vino y ginebra. Manipuló las riendas para indicar a Rocinante que debía girar a la izquierda.&lt;br /&gt;— ¡Epa! Nos sacamos la grande, querido amigo. — dijo en tono alegre a su escuálido compañero de aventuras. Habían llegado a la cantina de Don Evaristo. Se bajó cual una flecha y corrió hacia la torre de cajas apiladas. Otra que salchichón pensó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Ford T azul se desplazaba a buen ritmo. Cosme consultaba cada tanto el reloj, tenían que llegar a más tardar en diez minutos. El tiempo jugaba un papel de suma importancia. Ninguno de los ocupantes habló desde que dejaron “Las Violetas”. Abdul se ocupaba del volante, cuando era necesario el siciliano realizaba el cambio de marcha con la mano derecha. Con la otra sostenía un bonito Smith &amp;amp; Wesson Special, calibre treinta y ocho.&lt;br /&gt;El asesino del padre del Turco sabía que no podía llegar hasta la guarida de Alí Ben Kadar. Conocía hasta el más ínfimo de los recursos con que éste contaba. Conocía además su absoluta impiedad. Los sentidos estaban alertas. En la primera oportunidad intentaría escapar.&lt;br /&gt;El Ford llegó a una esquina, ocho cuadras antes de su destino final. Abdul torció el volante y el auto obedeció dirigiéndose hacia la derecha. Cien metros adelante se presentó la puerta a la libertad. Con la agilidad que adquieren las personas que son privadas de algún sentido o miembro vital, el desesperado lacayo aceleró el motor hasta llevarlo al máximo de su capacidad y al mismo tiempo se sirvió del muñón para accionar la bocina.&lt;br /&gt;El caballo que tiraba de la carreta se encabritó. Comenzó a dar saltos para todos lados hasta que se paró en sus patas traseras, desafiando al monstruo mecánico.&lt;br /&gt;Con su mano buena, Abdul, abrió la puerta; saltó hacia la calle, rodó sobre el empedrado, se incorporó y por último se perdió en la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los hombres capturados, se hallaban sentados en la tierra. Estaban esposados al paragolpe delantero de uno de los patrulleros. Ambos tenían los faros encendidos. La noche era cerrada, sin estrellas.&lt;br /&gt;Al líder del grupo se le dio una precaria atención médica. Lo básico para que le fuera posible cumplir la misión que tenía asignada. Las mujeres deben salir de todo esto sanas y salvas. Los hombres que se pudran, le había ordenado el doctor Sayavedra.&lt;br /&gt;Utilizando opulentas cadenas que eran acompañadas por candados, expertos conocedores de su oficio, dos de los miembros del grupo se prepararon para trabar todas las puertas del camión, si recibían la señal del jefe.&lt;br /&gt;—Treinta segundos y todo se acabó. — vociferó el hombre de Sayavedra—Salgan cuando todavía pueden hacerlo.&lt;br /&gt;Una voz que se esforzaba por sonar segura contraatacó desde el interior del rodado.&lt;br /&gt;—Andáte vos y toda tu gente, derechito al carajo. Botón de cuarta.&lt;br /&gt;—Me parece que te equivocaste muy fiero, por que los que se van son todos ustedes.&lt;br /&gt;Como si se tratara de un acto muchas veces ensayado los hombres se pusieron a cumplir la orden que se impartió sólo con un leve movimiento de cabeza. Los candados se sellaron y el personaje que había montado guardia desde el ceibo se acercó cargando dos tachos grandes. En dos minutos todo el aire se impregnó con el olor del querosén. Hicieron falta dos más para que la fogata que tenía como principal protagonista al camión estuviera en su apogeo.&lt;br /&gt;Los seudos policías dieron media vuelta y caminaron en dirección de los autos. Ni por un minuto se preocuparon por la catarata de gritos e insultos que intentaba abrirse paso a través de las llamas.&lt;br /&gt;—Oigan, paren, locos de mierda. — gritó el gordo chofer.&lt;br /&gt;Como respuesta se ganó un tiro de escopeta que le destrozó la cabeza. La misma suerte corrió el otro prisionero. Los perros salvajes y demás animales se aprestaron a disfrutar del obsequio.&lt;br /&gt;Cuando viajaban de regreso a la capital, el jefe iba pensando que Sayavedra apoyaría su accionar. Se hizo lo que tuvo que hacerse.&lt;br /&gt;Una enorme bola de fuego iluminó la noche y les indicó que la primera batalla se había ganado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El final de la subida los enfrentó con una puerta muy semejante a la del inicio, cuya única diferencia, era que no estaba con llave.&lt;br /&gt;Giussepe la cruzó primero y el resto lo siguió en ordenada fila india. Un par de lamparitas desnudas colgaban del techo ofreciendo una sucia iluminación. El lugar destilaba un silencio críptico. Se desplazaban por un pasillo a cuyos lados se veían puertas cerradas, debía tratarse de las habitaciones de las chicas dedujo el florentino. El corredor se doblaba hacia la izquierda para terminar en dos salones. Uno de ellos tenía las paredes desnudas, dos mesas largas de pesada madera y muchas sillas, fabricadas por las mismas manos. Junto a los muebles descansaba una cocina muy ennegrecida. Además había una pileta para lavar y una mesada de granito colocada sobre un mueble que tenía tres puertas y ocultaba sin duda, todos los utensilios que son apropiados para el diario ir y venir en lugares de este tipo.&lt;br /&gt;El segundo espacio estaba reservado para los custodios.&lt;br /&gt;El grupo de invasores se acercaba con la cautela que tienen los que han adoptado las armas y la violencia como un medio para subsistir. La puerta de la sala de los guardianes estaba entreabierta. Podía oírse a un cantor desgranando los versos de “La morocha” de Ángel Villoldo.&lt;br /&gt;Giussepe se acercó para descubrir que el salón no contaba con división alguna, con excepción de una pieza pequeña, cuadrada que se ubicaba en un rincón y no podía ser nada más que un baño. Las camas, similares a los catres de campaña que se emplean en el ejército, se alineaban una al lado de la otra y ocupaban una buena parte del espacio disponible. Giussepe notó que tampoco en aquel recinto las paredes estaban ornamentadas. Había cuatro roperos parientes de las sillas y la mesa. Pegado al baño, una pileta azulejada sobre la que se había colocado un espejo, frente al cual el cantante se estaba afeitando. A pesar del intenso frío se encontraba desnudo de la cintura para arriba. Dos revólveres atravesaban su cinturón negro y gastado. Gracias al reflejo proporcionado por el espejo, Giussepe supo que el resto de los hombres se entretenían con cartas y tomando cerveza. Movió las manos para los demás. El objeto era hacerles saber que de un lado había una persona, en el opuesto tres. Realizó otro ademán, éste indicaba que todos iban armados.&lt;br /&gt;El tiempo de entrar en acción había llegado. El equipo del florentino tensó los nervios y esperó. Giussepe levantó la diestra con el puño apretado. Fue abriendo los dedos desde el pulgar y se detuvo en el del medio. Luego pateó con rabia la puerta y se abrió paso disparando.&lt;br /&gt;El empleado del Turco que se afeitaba, se movió con la eficacia de quien sabe lo que hace y no está dispuesto a morir hoy. Sin embargo no tuvo la agilidad suficiente. La bala de Giussepe le perforó la cabeza, justo por encima de la nariz. El resto de los guardaespaldas tuvo una escasa oportunidad de defenderse, efectuaron algunos disparos, pero no había en donde guarecerse y el factor sorpresa los hizo caer muy malheridos, aunque seguían con vida.&lt;br /&gt;Las mujeres salieron gritando de las habitaciones. Algunas, las que estaban vestidas, se abalanzaron por las escaleras con la esperanza de encontrar un mejor futuro muy lejos de ahí. Lo que encontraron fue al Turco, quien sin vacilar hizo escupir su arma para derribar a cinco de sus empleadas más hermosas. El resto volviendo a la realidad, buscó refugio en las habitaciones y tranquilidad debajo de las camas.&lt;br /&gt;—Rendíte Turco, esto se acabó. — gritó Giussepe.&lt;br /&gt;—Tenés razón, se acabó. Pero no para mí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cosme acababa de apagar el motor cuando escuchó los tiros. Saltó a la calle, Vicente lo siguió. La muchacha de la larga trenza no se movió.&lt;br /&gt;El matrimonio Ferrara transitó el trayecto hasta donde estaban las mujeres sin vida, en dos minutos. Cosme corría con el Smith &amp;amp; Wesson en alto. Al ver a Alí Ben Kadar efectuó un rápido y poco certero disparo, que alcanzó al blanco en el hombro derecho, obligándolo a girar en redondo.&lt;br /&gt;Alí Ben Kadar no pudo definir que lo había sorprendido más, si el lacerante dolor o reconocer al agresor.&lt;br /&gt;—Así es la vida, Turco ¿Qué le vamos a hacer? — declaró Cosme como respuesta por la expresión del rostro de Alí Ben Kadar.&lt;br /&gt;—Ya veo, ya veo. —dijo el Turco, que había dejado caer el arma y se cubría la herida ayudado por el pañuelo que llevaba antes sobre la cabeza.&lt;br /&gt;—A veces te toca ganar, otras perder. Así es este negocio. —sentenció con estudiada solemnidad el siciliano.&lt;br /&gt;—A veces te toca ganar, otras perder. — repitió el Hombre de los Mil Turbantes, poblando su cara con un maliciosa sonrisa.&lt;br /&gt;—Esta vez ustedes pierden. — la voz de Abdul resonó en todo el lugar.&lt;br /&gt;Cosme se volvió al instante y dejó caer el plateado revólver. El manco apretaba con su daga el cuello de Vicente. La hoja mostraba rastros de sangre.&lt;br /&gt;Alí Ben Kadar había recobrado tanto su arma como su confianza.&lt;br /&gt;—Ahora sí es cierto todo terminó. — gritó el Turco en dirección de Giussepe y los suyos— Salgan con las manos arriba.&lt;br /&gt;Los hombres de Giussepe se dejaron ver. Entre dos llevaban a los empleados del Turco que habían herido. Los tres dúos depositaron a los maltrechos seres en el suelo. Detrás del último grupo surgió el florentino empuñando dos armas.&lt;br /&gt;—Tiráte, Vicente. — gritó.&lt;br /&gt;La mujer reaccionó obediente. Echando la cabeza hacia atrás con fuerza, golpeó al manco en la nariz y éste aturdido por el dolor relajó el brazo. Vicenta cayó al suelo. Dos detonaciones después, Abdul estaba muerto.&lt;br /&gt;El segundo tiro no provino de una de las armas de Giussepe, salió del revólver del Turco y su trayectoria terminó en la frente del florentino, que murió casi sin darse cuenta.&lt;br /&gt;Cosme se abalanzó sobre el cuerpo de su esposa y por eso el segundo disparo de Alí Ben Kadar le cruzó con limpieza el antebrazo izquierdo.&lt;br /&gt;Mientras todo esto estaba sucediendo, los hombres del doctor Sayavedra que habían estado a las órdenes de Giussepe, volvieron a la habitación de los custodios, por sus escopetas. Ya no les fueron necesarias. El inerte cuerpo de Alí Ben Kadar, quien fuera conocido como el Hombre de los Mil Turbantes, yacía tirado con la daga con la que Abdul había dado muerte a la muchacha de la larga trenza enterrada en el corazón. Cosme había sido el eficiente verdugo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rafael descansa al fin, en su departamento del tercer piso del Palacio Apostólico, ha sido una larga jornada. La de su entronización. Comenzó alrededor de las diez de la mañana. El primer paso fue rezar frente a la tumba de Pedro junto a los patriarcas de las iglesias orientales, luego encabezó la procesión desde la Basílica hasta el sagrario de la Plaza de San Pedro, donde, más de un centenar de delegaciones de todo el mundo y cientos de miles de personas lo esperaban. En el instante que ingresó, comenzó a sonar el Laudaes Regiae. El evangelio se leyó en latín y en griego, tras lo cual el Cardenal Protodiacono Jorge Arturo Medina Estévez, el mismo que siete días antes anunció al mundo que ya había un nuevo Papa, realizó la imposición del palio. Acto seguido el Vicedecano del Sacro Colegio Cardenalicio, el Cardenal Ángelo Sodano, le entregó el Anillo del pescador. El ritual marca que está ceremonia sea oficiada por el Decano del Colegio de Cardenales, cargo que ocupaba el nuevo vicario de Cristo, motivo por el cual el privilegio recayó en el Cardenal italiano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al finalizar la misa, Rafael recitó la Regina Coeli, y más tarde recorrió a pie la plaza, poniendo en dificultades a la Guardia Suiza, saludando a los fieles. Por último pasadas las tres de la tarde mantuvo un breve contacto con cada una de las delegaciones extranjeras que visitaban la ciudad-Estado del Vaticano.&lt;br /&gt;El Sumo Pontífice había hecho instalar en sus aposentos un moderno sistema de audio y otro para reproducir películas en formato digital. Por los compactos altavoces se escapaba el áspero sonido del saxo tenor de Leandro “Gato” Barbieri, interpretando “Europa”, cuando alguien llamó a la puerta.&lt;br /&gt;—Adelante. — dijo el Papa.&lt;br /&gt;—Disculpe, Su Santidad. — se excusó su asistente personal.&lt;br /&gt;—No hay problema, Carlo ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;—Ha llegado, Su Santidad.&lt;br /&gt;—Que pase y que nadie nos interrumpa. — ordenó Rafael.&lt;br /&gt;La persona que el Santo Padre esperaba era una mujer. Tenía cuarenta y cinco años, cinco menos que él. Llevaba el cabello castaño claro, suelto y largo hasta los hombros. Sus ojos eran grises muy semejantes a las nubes de tormenta. Lucía un traje sastre azul y unos zapatos negros de taco bajo. Una cadena de plata con un crucifijo le rodeaba el delgado cuello. Las manos no mostraban anillos ni pulseras, tampoco usaba reloj.&lt;br /&gt;El nuevo rey de la Iglesia romana la abrazó y besó con la pasión que muestran aquellos hombres que saben que tienen enfrente a la mujer con la que han soñado terminar sus días.&lt;br /&gt;—Bienvenida a tu casa, amor mío. —declaró Rafael sin disimular su felicidad.&lt;br /&gt;—Tal parece que al fin llegaron los buenos tiempos.&lt;br /&gt;—Eso parece…, eso parece, mi adorada Amelia.&lt;br /&gt;La pareja volvió a abrazarse y así permaneció por largos tres minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cosme Ferrara no llegó a Mendoza producto de una caprichosa casualidad. Su arribo a la provincia cuyana fue el fruto de una charla honesta con alguien a quien respetaba, el doctor Sayavedra.&lt;br /&gt;El siciliano sabía que mientras se mantuviera bajo el gobierno del otrora político radical no podría ofrecerle a los suyos, entre los que se contaban María y Juliana, esposa e hija de Giussepe, su amigo más fiel, todo lo que se merecían.&lt;br /&gt;Fue a raíz de aquella conversación e intentando demostrar lo agradecido que se sentía por haber triunfado en la guerra contra Alí Ben Kadar, que el doctor Sayavedra entregó a Cosme una lista conteniendo cuatro nombres y veinte mil pesos moneda nacional, deseándole que su nueva vida fuera prospera y feliz.&lt;br /&gt;—No hay mejor tierra para que nazca y se críe tu nuevo hijo, que Mendoza. —le dijo el dueño del 343 cuando lo despidió.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 11 de mayo de 1927, la gran familia de Cosme recorre las habitaciones de un departamento emplazado en el cuarto piso del pasaje San Martín. Vicenta ha entrado en el séptimo mes de embarazo.&lt;br /&gt;Las personas que figuraban en la lista manejaban todo lo que de ilegal se podía conseguir en Cuyo. Estos personajes cubrían sus huellas con limpios y muy rentables negocios.&lt;br /&gt;El primer nombre era el de Isaac Krivinsky, un polaco de sesenta y dos años célebres por sus obras de caridad y también por sus jóvenes novias. En la superficie se trataba de un hombre de empresa que expendía nafta elaborada por Yacimientos Petrolíferos Fiscales. En lo subterráneo se trataba del jefe de una turba ordenada que destruía comercios en incursiones nocturnas para ya con la luz del día y con su más blanca sonrisa, vender pólizas que les aseguraban a los desechos propietarios que tales actos no se repetirían.&lt;br /&gt;Las apuestas clandestinas eran manejadas por Manuela Chávez, una hábil bodeguera, hija de Chacras de Coria, cuya adoración por los caballos pura sangre superaba con creces la que sentía por cualquier ser humano.&lt;br /&gt;Las casas dedicadas a la prostitución, no eran ni por asomo parecidas al 343. Éstas estaban construidas a base de adobes. Siete u ocho habitaciones rodeaban una galería que ofrecía como exclusiva comodidad tres largos bancos de madera sin cepillar, los cuales servían para que los obreros de la construcción, el ferrocarril, los conductores de tranvías, los empleados de comercio y hasta algún que otro clérigo en ropas civiles, esperaran su turno para traspasar los umbrales y así quedar frente a paredes pintadas con cal. Luego se tumbaban en camas ruidosas, con colchones que olían a orines y agua de colonia de a tres centavos la botella, en compañía de mujeres gordas o muy delgadas que se habían adueñado del oficio a fuerza de practicarlo diez horas cada día, sanas o enfermas, tristes o alegres, hastiadas o encantadas de la vida.&lt;br /&gt;El propietario de todo ese engranaje amoroso era Roberto Calabria, conocido como el calabrés, que vivía una existencia de príncipe con lo obtenido, según lo atestiguaban sus vecinos, con la venta de agua a cinco centavos los diez litros.&lt;br /&gt;El último lado del cuadrado criminal cuyano lo ocupaba Julius Raggi, oriundo de Palermo, la capital de Sicilia. En las sombras contrabandeaba la más variada gama de artículos y productos, desde jabón hasta radios y piedras preciosas. En la luz era un amoroso padre y esposo que sustentaba su familia en base a un sueldo como maestro de escuela.&lt;br /&gt;Cosme estaría en deuda hasta el último de sus días con el matrimonio Sayavedra. Fue por ellos y sólo por ellos que Giussepe y él pudieron abandonar un empleo sin futuro. Ellos les enseñaron que se puede vivir con lujo y que mientras más grande sea, pues es mucho mejor. Más y mejor es mejor repetía siempre que había ocasión el mentor del siciliano. A pesar de todo el afecto que les profesaba, no pensó ni por un segundo acudir en busca de trabajo a una de las personas de la lista. En cambio tomó una determinación, que haría que la historia lo considerara un pionero en el mundo de clanes mafiosos. La organización que constituiría no obedecería a la estructura piramidal que los capos sicilianos habían empleado siempre, tomada del modelo creado por Julio Cesar para gobernar el Imperio. El sistema era simple y había resultado efectivo por siglos y siglos. Los integrantes de la base de la pirámide nunca se acercaban a aquel que descansaba en la cúspide y por lo cual podía dar ordenes. Lo que tenía que hacerse salía de la boca de Cesar, directo al oído de uno de sus generales, el cual repetía la orden de forma descendente hasta que ésta era escuchada por el soldado elegido para cumplirla.&lt;br /&gt;El clan Ferrara se erigiría sobre la base del respeto. Se prestarían oídos a las ideas que posibilitaran hacer dinero, porqué ¿había acaso otra cosa más importante que hacer dinero? Hubo dos aspectos que el nacido en Erice, hijo de un lechero, sí respetó e hizo respetar: el código de la omertá, en primer lugar y en segundo, que el poder recaería en una sola y única cabeza, la suya.&lt;br /&gt;Como lo hiciera en el pasado con el objeto de conocer a su adversario, el Turco, dedicó todos sus esfuerzos a investigar al cuarteto que representaba para sus proyectos futuros, una molestia similar a la de la piedra que se refugia en el calzado del caminante que más que llegar disfruta la sensación de saber que tiene cerca el destino final. El tiempo de las pesquisas se hizo largo. Tal tarea le ocupó el cuerpo, la mente y el alma por completo. Tanto que llegó a desaparecer de la vista de los suyos durante semanas. Cuando estuvo de regresó lo recibió el fuerte llanto de un niño.&lt;br /&gt;El macilento muchacho que marchó a la guerra, y que en aquellas trincheras boca abajo, hundido en el barro hasta arriba de las rodillas, con frío y hambre hasta la locura, sufrió la transformación que lo volvió reflexivo y silencioso hasta la exasperación. Decidió cambiar su porvenir, el de su esposa y el de sus herederos que aún no nacían, viajando a una tierra al otro lado del mundo, cuyo nombre sonaba a música y decidió una vez más cuando se tomó la vida del hombre que pretendía poner en riesgo la existencia del mundo del que ahora formaba parte. Un mundo nuevo y atractivo que no se dejaría arrebatar sin ofrecer pelea. Fue durante ese breve, pero crucial segundo, el que transcurrió mientras el puñal dejaba su mano y se encajaba decidido en la carne de Alí Ben Kadar, que comprendió que ningún hombre puede evitar que el ser que duerme paciente en el interior, despierte si así está escrito. Hoy con su segundo hijo en brazos ya no tuvo dudas ni remordimientos. Nada ni nadie se le interpondría. Las personas que dependían de él tendrían todo lo que el poder puede ofrecer.&lt;br /&gt;El último de los Ferrara llegó en la madrugada del día de la independencia. Fiel a la costumbre instaurada por Vicenta y Cosme fue bautizado con un solo nombre: Vicente.&lt;br /&gt;Quien sería amado, temido y respetado bajo el apodo de “El Patrón”, sabía para cuando Vicente se acercaba sin pausa a sus cuatrocientos días de vida, todo sobre Krivinsky, Chávez, Calabria y Raggi. Se preocupó en reclutar un selecto grupo. Hombres con los cuales comenzaría a poner en marcha su organización. Eran sicilianos de punta a punta, que como él mismo no confiaban en el poder protector del Estado, al que consideraban un extraño. Cada uno de sus soldados poseían los saberes que los acreditaban en el uso de explosivos, de las Luparas que nunca se dejaban ver, ocultas bajo largos abrigos y lo más apreciado e importante, no dudaban en el manejo de la soga.&lt;br /&gt;El veterano del frente alpino era dueño de una rara cualidad, podía saber todo sobre alguien con sólo cruzar unas cuantas palabras. Aquel grupo se hizo compacto como el acero. La confianza creció hasta que Cosme pudo afirmar sin temer equivocarse, que todos y cada uno de sus soldados estarían dispuestos a dar la vida por su patrón. Ésta hipótesis se comprobó durante la batalla silenciosa que se llevó adelante para conseguir que Cosme se colocara en lo alto de la pirámide.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cuatro de agosto las páginas del diario “Los Andes”, dan cuenta de la inauguración del Museo Provincial de Bellas Artes. A cargo de la dirección estará Juan Agustín Moyano. En la sección dedicada a los hechos policiales se relata un curioso caso, el cual medio siglo después, con algunas modificaciones, aparecerá formando parte de la novela “El Padrino”, de Mario Puzo. El artículo dice lo siguiente:&lt;br /&gt;“Esta madrugada la población de Chacras de Coria se ha visto conmocionada debido a un acto de fulgurante vandalismo. Se desconocen los motivos que pueden haber llevado a cometer un crimen de tamaña aberración. La damnificada es una de las más importantes bodegueras de la provincia. La mencionada empresaria reside desde siempre en el departamento de Lujan de Cuyo. Es bien sabido por nuestros lectores, ya que en numerosas oportunidades ha aparecido posando para éste diario, el amor que Manuela Chávez siente por sus caballos, en particular por el imponente: Pegaso, su bello pura sangre de pelaje muy blanco. El crimen a que quien escribe éstas líneas se está refiriendo no es otro que el del noble corcel, cuya cabeza cercenada apareció en la cama de la señora Chávez. Fuentes confiables aseguraron a “Los Andes”, que el impacto de despertar y encontrar al animal sin vida en el lecho ha dejado una profunda huella en los nervios de la mujer. Manuela Chávez según se nos ha informado a partido hacia Europa, sin fecha de retorno, impartiendo a sus colaboradores expresas ordenes para que procedan a la venta del total de sus muchas propiedades.”&lt;br /&gt;Otras noticias informaban sobre la trágica muerte del empresario y filántropo polaco radicado en Mendoza, Isaac Krivinsky, al estallar uno de los camiones que abastecía de combustible, los depósitos de la más grande de sus estaciones de servicio. El saldo de víctimas fatales se elevaba a diez.&lt;br /&gt;Un pequeño apartado narraba la historia de un maestro de origen italiano que al volver a su casa desde la escuela, había sido blanco de un asalto. La noticia continuaba diciendo que el hombre había opuesto resistencia y los atacantes le habían dado muerte a puñaladas.&lt;br /&gt;En los avisos fúnebres, los deudos de Roberto Calabria lo despedían con hondo sentimiento de pesar. En el salón comedor de su vivienda enclavada en la calle Belgrano. Su viuda repetía a quien quisiera oírla, que no se explicaba como pudo pasar, si hasta anoche estaba lo más bien. Parece que le falló el corazón comentaba su cuñado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Es invierno en Europa, son los últimos días de febrero. La plaza de San Pedro está colmada de turistas y peregrinos. La familia Ferrara acaba de completar una estancia de tres meses en Sicilia, como lo hacen cada año desde que Vicente, hoy padre de dos hijos y obediente marido, cumpliera cuatro años.&lt;br /&gt;En está ocasión y buscando hacer realidad un sueño de Rafael, quien celebra su cumpleaños número diez, han realizado una escala en el Vaticano.&lt;br /&gt;Natalia, la hermosa niña de siete años cuyos cabellos rojos no pasan inadvertidos en ninguna parte, se divierte saltando de un lado a otro la línea blanca que atraviesa la plaza y marca la frontera entre la ciudad-Estado del Vaticano y la República de Italia.&lt;br /&gt;A diferencia de su hermana, Rafael no disfruta el moverse demasiado. Prefiere dedicarse a observar todo lo que lo rodea. Está fascinado con la cúpula de la basílica y también con las figuras de los santos, ciento cuarenta en total, que cual centinelas observan y esperan en lo alto de la edificación. Sus ojos oscuros iguales a los de su abuela Vicenta, no dejan de abrirse más allá de las posibilidades, ante cada nuevo personaje que descubre entre la multitud de gente que viene y va.&lt;br /&gt;Es domingo, por eso varios sacerdotes recorren palmo a palmo la plaza ofreciendo a los fieles la posibilidad de comulgar. Pronto el Santo Padre se asomará por la ventana para dar la bendición a las miles de almas reunidas en la plaza. Mientras mantiene la vista clavada en la ventana del tercer piso del Palacio Apostólico, repasa lo que sabe, gracias a su pasión por la historia y a su bella maestra, la señorita Irma, sobre Pablo VI. Su nombre es Giovanni Battista Montini, nació en Concesio a fines de septiembre de 1897. En Roma se licenció en derecho civil y canónico, teología y filosofía. Se ordenó sacerdote en 1920, adora las novelas de Agatha Christie. Él lee mucho, aunque no se muere por los policiales, prefiere a Emilio Salgari, Julio Verne, pero por sobre todo disfruta con los relatos de su abuelo sobre los hechos protagonizados por seres a los que llama, hombres de respeto. Recuerda además que el Papa Pablo VI es conocido como, el Papa viajero, por sus múltiples visitas a lugares como Estados Unidos, Colombia, India, Suiza, Portugal, Filipinas, Turquía y Uganda. Enumeraba estos países que había memorizado, lo mismo que la tabla del nueve, cuando se dejó ver la blanca figura del vicario de cristo número doscientos sesenta y uno. La plaza al unísono, volvió la mirada hacia él.&lt;br /&gt;Rafael contempla la escena y a pesar de su corta edad, se da cuenta que ese hombre, casi tan viejo como el abuelo Cosme, es también un hombre de respeto. Todo lo que representaba ese hombre fue lo que lo impulsó diez años después a ingresar al seminario y tras cuatro años de estudios ser ordenado sacerdote.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El 5 de enero de 1979, Rafael Ferrara es ordenado sacerdote en la Catedral de Loreto. Ninguno de sus familiares asisten a la ceremonia. No lo harán tampoco cuando sea coronado Rafael.&lt;br /&gt;El flamante clérigo de veinticuatro años, está feliz. Festeja su nueva profesión, haciendo el amor durante la tarde entera, con Amelia, la mujer que ama. El departamento que comparten sólo para estás ocasiones es luminoso y con pocos muebles. Es un ambiente no muy grande, que ha sido salomónicamente dividido por un ropero en cuyas espaldas descansan algunos paisajes de la radiante Sicilia. Cuenta además con una cocina, en la que tres personas no podrían moverse sin tener dificultades.&lt;br /&gt;Rafael ha salido de la cocina. Trae dos vasos con cerveza. Ostenta una desnudez total. Tiene el aspecto de un atleta olímpico, con el cabello negro, mojado y revuelto.&lt;br /&gt;—Qué cara pensativa. — comenta sonriendo el joven cura.&lt;br /&gt;—Me estaba acordando de la vez que te vi, después de tanto tiempo, cuando pasó lo de mamá. — Amelia se sienta en la cama y estira el brazo derecho para recibir el vaso que se le ofrece.&lt;br /&gt;—Fue un día triste para todos. Yo la quería mucho.&lt;br /&gt;—Ella te sentía como un hijo más. Debe estar muy contenta por todo esto. —hizo un gesto con el brazo libre que abarcó la estancia completa.&lt;br /&gt;—Aquella tarde, en el cementerio, supe que eras digna hija de tu padre.&lt;br /&gt;Amelia toma un largo trago de la bebida y busca algo para cubrirse. No pasea su piel con la misma soltura que su amante, el sacerdote.&lt;br /&gt;— ¿Te acordás lo que me hiciste reír, cuando estamos de vuelta en tu casa. — la chica se abotona una blusa blanca— No podía creer reírme así, con lo triste que me sentía.&lt;br /&gt;—Vos ya sabés que la que sabe saltar, es Natalia.&lt;br /&gt;—Estabas tapado de barro de pies a cabeza. Como para no morirse de risa con tu cara.&lt;br /&gt;—Es lo que siempre me pasa cuando intento impresionar a una niña triste.&lt;br /&gt;—Nada más a vos se te podía ocurrir, dártelas de equilibrista en semejante pantano que se había armado.&lt;br /&gt;—Hacía boludeces intentando que te olvidaras, aunque sea por un rato de lo que estaba pasando.&lt;br /&gt;—Lo conseguíste, quedáte tranquilo. —le rodeó el cuello con los brazos, para poder estamparle un sonoro beso en la boca.&lt;br /&gt;Están de nuevo en la cama. Ella juega con el cabello de él.&lt;br /&gt;—Ahora ¿Qué? — le pregunta sin dejar de mover los dedos dentro de la espesa mata.&lt;br /&gt;—Hasta el Vaticano, no pienso parar.&lt;br /&gt;—No me jodás. Estoy hablando en serio.&lt;br /&gt;—Y te creés que yo no. Acaso no sabés lo mucho que me ha gustado desde siempre esa ciudad.&lt;br /&gt;—Entonces, te lo pregunto de nuevo. ¿Y ahora, qué?&lt;br /&gt;— ¿Estás segura? Mirá que si entrás no vas a poder salir. —Rafael Ferrara habló con mucha seriedad.&lt;br /&gt;—Cuando me hablás así, no sé si sos o te hacés el boludo. Estoy adentro desde antes de nacer. —la muchacha no estaba todo lo furiosa que intentaba parecer. Sabía que si Rafael no le contaba todo era para protegerla.&lt;br /&gt;El futuro Papa se sentó en la cama apoyando la espalda en la cabecera. Le habló de las investigaciones que había realizado sobre la organización de la Iglesia Católica. Le contó que las familias mafiosas se estructuraban de manera muy similar. Por último le relató la reunión en la que también había participado Sergio Galeazzi, su padre, dónde se discutió el plan que Rafael había ideado para que la familia Ferrara se convirtiera en la cabeza de una organización mundial, que ni el propio Salvatore Lucania, más popular por su seudónimo de Charlie Luciano, padre de la Cosa Nostra, podría haber imaginado nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los hermanos Ferrara, Enzo y Vicente, esperaban para ser atendidos por su padre. Creían de antemano conocer el motivo de la citación. Estaban seguros de saber de que les hablaría, pero sabían también que un siciliano no elude un rito.&lt;br /&gt;Enzo, el mayor de cuarenta y cuatro años, es bastante alto para ser un hijo de la calurosa isla. En el último año ha perdido algo de cabello, asunto que no le preocupa, por que ya ha decidido afeitarse la cabeza como lo hace su actor preferido, Telly Savalas.&lt;br /&gt;Los dos hermanos poseen facciones muy similares. Ambos son parecidos al padre, aunque el color de los ojos es diferente en cada uno de ellos. Enzo ha heredado de algún lejano y desconocido antepasado, unos ojos que recuerdan el color de las almendras y le confieren un aire bondadoso, que posee, pero que entrega a contadas personas, en contadas dosis.&lt;br /&gt;Vicente, ocho años menor, es tan corpulento como lo será su primogénito. El abundante cabello negro es uno de sus rasgos más sicilianos. De la madre ha heredado la oscuridad en los ojos.&lt;br /&gt;En el preciso momento en que Enzo y su hermano menor tomaban café, acompañado por tortitas con chicharrones, en la cocina en la que siempre había una radio encendida, el mundo se enteraba de la muerte de John Fitzgerald Kennedy en la ciudad de Dallas, en los Estados Unidos. Los hermanos no le prestaron la menor atención, como no lo hizo tampoco el resto de la familia y ninguno de sus allegados.&lt;br /&gt;Bruno Galeazzi, abuelo de Amelia, entró a la cocina.&lt;br /&gt;—El patrón los recibirá ahora. —anunció.&lt;br /&gt;La habitación que le servía a Cosme Ferrara como centro de operaciones era grande, sin ventanas, con un moderno sistema de aire acondicionado. El piso estaba cubierto por madera lustrada y las paredes que no se hallaban detrás de estantes repletos de libros, una pasión que El Patrón comenzó a cultivar cuando los negocios familiares se encausaron, mostraban un suave tono pastel. Al igual que aquel enigmático primer adversario, Cosme gustaba de la tenue iluminación que proporcionaban las lámparas de pie.&lt;br /&gt;—Pasen, hijos. Adelante. — invitó el dueño de casa cuando Bruno llamó a la puerta.&lt;br /&gt;Los herederos del imperio saludaron a su padre con un beso. No se veían desde hacía varios días. Nadie que lo hubiera visto con su pantalón de sarga gris, los pulidos zapatos hechos a su medida por un artesano italiano, que en pocos años más sería reclamado por las estrellas de Hollywood, y la fina camisa de seda rosa pálido, podría haber ni siquiera sospechado que en poco menos de un mes celebraría setenta cumpleaños.&lt;br /&gt;—Es muy bueno verlos, hijos. No he querido hacerlos esperar, pero tenía algunos asuntos que atender con Bruno. — se disculpó, al tiempo que señalaba los mullidos sillones en los que de niños sus hijos habían jugado, como si de caballos se tratara, infinidad de veces.&lt;br /&gt;— No te hagás problema, papá. Nos entretuvimos con el café y las tortitas de mamá. — declaró Vicente.&lt;br /&gt;— Me imagino…, claro que me lo imagino.&lt;br /&gt;Cosme encendió un cigarrillo y fue a ubicarse tras el escritorio. El mismo que Alí Ben Kadar tuviera en su despacho y que el doctor Sayavedra, le enviara como regalo cuando inauguró la bella casa en El Challao.&lt;br /&gt;— Ustedes saben, hijos, que nuestra familia a diferencia de otras, — comenzó diciendo Cosme — no tuvo nunca entre sus prioridades convertir los negocios en actividades legales. No hemos adquirido bancos, tampoco cadenas de hoteles y monstruosos supermercados. Mucho menos aun, esta familia ha realizado donaciones para que se edifiquen hospitales, escuelas o bibliotecas.&lt;br /&gt;El patrón hizo una pausa para encender otro cigarrillo que tampoco llegaría ha fumar.&lt;br /&gt;— Tanto uno como el otro — dijo mirando primero a Enzo y luego a Vicente — han tomado parte en las operaciones y se han ensuciado con la sangre de aquellos que nos desafiaron. Nos hemos dedicado con mucho éxito a ganar dinero. Creo y por eso los he llamado, que es hora de dar un golpe de timón.&lt;br /&gt;— No entiendo, papá ¿A qué te referís? — quiso saber Enzo.&lt;br /&gt;— Me refiero a que he pensado en retirarme. Por tal motivo he decidido dividir el negocio a la mitad.&lt;br /&gt;Ésta vez le tocó a Vicente formular la pregunta.&lt;br /&gt;— ¿Cuál es mi mitad?&lt;br /&gt;— Ninguna. — fue la seca respuesta.&lt;br /&gt;Los dos hermanos se miraron y un segundo después las carcajadas inundaron la habitación.&lt;br /&gt;— Dále, papá. Dejáte de joder. — dijo Vicente, todavía con la boca llena de risa.&lt;br /&gt;Sus hijos y nadie más se hubieran atrevido a hablarle en esos términos. El Patrón lo permitía en privado, jamás en público.&lt;br /&gt;— Voy a explicarles — dijo poniéndose de pie y caminando como animal de zoológico de un lado para otro — el contrabando pasará a manos de Bruno, las apuestas serán para Juliana y su madre.&lt;br /&gt;— Y a nosotros que nos parta un rayo. — exclamó muy cerca del grito Enzo.&lt;br /&gt;— No sé cuando vas a empezar a ser paciente, Enzo. Te juro por lo que más quieras, que no lo sé. — el padre se detuvo otra vez para dedicarse a encender un tercer cigarrillo — En dos cuentas bancarias una a nombre de Pedro y la otra de Pablo Jiménez, les he acreditado dos millones de dólares a cada uno. Espero que esa cantidad les sirva para comenzar su propio negocio. Si precisan algún consejo, saben dónde encontrarme.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Usando los contactos del patriarca lograron concertar una reunión con los amos del mundo de la cocaína en Colombia. Tanto los señores de Calí, como los de Medellín admiraban y respetaban el apellido Ferrara. Fue debido a ese respeto y admiración que Enzo y Vicente lograron romper el cerco que los separaba de tales peces gordos para quedar frente a frente con Carlos Ledher Rivas, Pablo Escobar, los hermanos Ochoa Vásquez y los hermanos Rodríguez Orejuela.&lt;br /&gt;La distribución se realizó a través de una frase que se convertiría en algo tan popular como el dulce de leche y que llegó a aparecer hasta en letras de canciones: “el primero te lo regalo, el segundo te lo vendo.” En un año las ventas se habían duplicado. Los jefes colombianos no tenían más que agradecimiento para con la estirpe Ferrara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rafael llevaba años, según se lo había dicho a Amelia, buscando dar el gran salto. Cada vez que pronunciaba esa frase, ella no podía evitar reírse, al recordar el episodio del salto de la acequia, tratando de sostener una bandeja repleta de vasos con leche chocolatada y galletas Manón.&lt;br /&gt;En una de las tantas reuniones que tenían lugar en la casa para celebrar nacimientos, bautismos, cumpleaños o casamientos, el hijo varón de Vicente Ferrara solicitó ser escuchado por la plana mayor de la familia. El poder absoluto e indiscutible que poseía el abuelo Cosme se había distribuido entre sus hijos y el consejero, a quien los italianos nombraban consiglieri de la organización, Sergio Galeazzi.&lt;br /&gt;— ¿Qué decís? ¿Te volviste loco? — rugió Vicente.&lt;br /&gt;— Estoy seguro de poder lograrlo. Lo único que les pido es que me den su voto de confianza.&lt;br /&gt;Rafael estaba tranquilo y permanecía sentado igual que su tío y Sergio. Vicente caminaba por la habitación.&lt;br /&gt;— Pero ¿Y tu vida? ¿Qué va a pasar con Amelia? — intervino Sergio Galeazzi.&lt;br /&gt;— Ella lo va a entender. No le va ser fácil, pero la conozco, sé lo que me quiere y…lo va a entender.&lt;br /&gt;— Yo te apoyo, sobrino. — declaró Enzo — Sos un tipo inteligente y aparte acordémonos de lo que dicen, Roma no se hizo en un día.&lt;br /&gt;Rafael sonrió, todavía faltan dos, se dijo.&lt;br /&gt;— En caso de que lo hagamos ¿Por dónde empezamos? — inquirió Vicente — Y lo más bravo, tenemos que ver cómo se lo decimos a tu madre.&lt;br /&gt;— Lo que tengo pensado es hablar antes que nada con Natalia. Su ayuda es fundamental para que la cosa marche. Además cuento con la flaca para que juntos encaremos a mamá. Ustedes déjenlo todo en nuestras manos.&lt;br /&gt;— Me imagino que sabés que es muy posible que ninguno de nosotros, — Sergio hizo un gesto que abarcaba a los tres hombres que conformaban el auditorio de Rafael — pueda llegar a ver el final de la película.&lt;br /&gt;— Es posible, muy posible que así sea. Pero sus nietos lo van a poder disfrutar, eso se los prometo.&lt;br /&gt;— ¿Qué nietos? — se burló Vicente.&lt;br /&gt;— No te habrás tomado a pecho eso de los curas y el celibato, espero.&lt;br /&gt;— Che, tené ojo con la nena que te mato ¡eh! — saltó de su silla Sergio.&lt;br /&gt;— Dormí tranquilo, que todavía no van a ser ni abuelos ni tíos abuelos. Nada más van a ser mucho más ricos y poderosos.&lt;br /&gt;Rafael presentó su proyecto, para que después de dos largas horas, muchos cigarrillos y cuatro botellas de vino tinto más una montaña de sándwiches de miga, el triunvirato levantara los pulgares aprobando la operación que llevaría a un Ferrara a la Ciudad de los Papas.&lt;br /&gt;— En el nombre del padre, — dijo y señaló al suyo — el hijo, — se tocó el pecho — y el Espíritu Santo — alargó los brazos con las palmas hacia arriba, mientras apuntaba a Sergio y a Enzo.&lt;br /&gt;Todos se rieron y un rato después habían vuelto a la fiesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Natalia tenía treinta y dos años para cuando su hermano llegó al Vaticano. Era una mujer con mucha seguridad en sí misma, a pesar de ser conciente de no poseer lo que se considera hermosura en alguien de su género. Sin embargo, su seguridad venía de la certeza de contar con una personalidad que hacía que los hombres y algunas mujeres se detuvieran a imaginar cómo sería pasar el resto de sus vidas con ella, con tan sólo haberla tratado en escasas oportunidades. El futuro amo y señor de la Iglesia de Roma, conocía de sobra aquella cualidad y no dudo en usarla en su beneficio. Obedeciendo sin una sombra de duda los pedidos de Rafael, la cautivante pelirroja emprendió un peregrinaje a la largo y a lo ancho del planeta.&lt;br /&gt;Ese viaje la llevó a lugares que ya conocía como las ciudades de Los Ángeles, Nueva York o Miami, y a otros que nunca había pisado en América tales como Méjico y Colombia. En Europa visitó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, un sitio que de inmediato detestó debido a su aversión por el frío, también le tocó recorrer su adorada Italia, pasando una breve y feliz temporada en Erice, donde repasó sus amores adolescentes con Carlo, un primo que supo amarla como nadie y que la esperó con la paciencia de Florentino Ariza, siempre con un vaso de vino, algo de queso y un lecho tibio, sabiendo que un día cualquiera llegaría para quedarse.&lt;br /&gt;Treinta días de mucho amor y muchísimo sol le dejaron una piel con el color del ron y un corazón galopante, pero desdichado por saber que el tiempo de continuar la travesía estaba cada vez más cerca.&lt;br /&gt;— Quisiera no tener que dejarte, — decía Natalia, mientras apoyaba el cuerpo sobre el viejo olivo en el que tantos años antes, Carlo había grabado sus iniciales — pero el deber me llama y ya sabés como es eso.&lt;br /&gt;Carlo la miraba y acariciaba las llamas de su cabello.&lt;br /&gt;— ¿Cuándo nos volveremos a ver? — preguntó.&lt;br /&gt;— Cuando me vayás a visitar a Mendoza.&lt;br /&gt;— Aunque me encantaría. Es imposible, al menos, lo es por ahora.&lt;br /&gt;— Sí, ya sé…, ya sé. Soñaba, nada más.&lt;br /&gt;— ¿A dónde vas, ahora?&lt;br /&gt;— Todavía tengo que reunirme con la gente de China y Japón, en Tokio. Por último debo ir a Pakistán e Irán; con los rusos está todo en orden por el tema de Afganistán.&lt;br /&gt;— Voy a esperar noticias. Escribe pronto.&lt;br /&gt;— No vas a haber terminado de leer una que ya estarás recibiendo otra, te lo juro — le dijo alegre y lo besó con pasión.&lt;br /&gt;El beso fue largo y los llevó según la sangre se los iba reclamando a vivir horas de exploración con sabor a despedida.&lt;br /&gt;Al día siguiente la muchacha emprendió el resto del camino.&lt;br /&gt;Los emperadores del delito se avenían a recibirla por dos razones de peso. La primera se sustentaba en lo poco conveniente que podía resultar haber desairado a un emisario de la familia Ferrara. La segunda, la que más peso tenía a fin de cuentas, era que habría que haber estado loco para decirle no a una mujer que lucía como lo hacía la hija menor de Vicente Ferrara.&lt;br /&gt;Natalia ocupaba una hora del tiempo de aquellos jefes de jefes. En ese lapso exponía en líneas generales el proyecto, pero sin ofrecer detalles en exceso. Los mafiosos fuera cual fuera su nacionalidad, la miraban con ojos llenos de incredulidad, como si estuviesen viendo por televisión una de esas historias en donde un grupo de extraterrestres han elaborado un plan para esclavizar a la raza humana. Las palabras finales de la disertación siempre eran:&lt;br /&gt;— Un año después de que mi hermano sea coronado Papa, les llegará un mensaje por correo electrónico que dirá: “Urbi et Orbi, en casa en cinco días.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Rafael paseaba por los jardines de Castelgandolfo, era una tarde fría. Le gustaba caminar con la brisa sobre la cara, lo ayudaba a pensar. Caminó y pensó en Natalia, para ésta hora ya estaría en Brasil. Suponiendo que todo se desarrollara según lo estipulado, en seis meses podría dar la bienvenida a los dueños del crimen de todas las naciones. Sus pensamientos se trasladaron rápido a lo que consideraba un importante obstáculo para sortear, el servicio secreto papal.&lt;br /&gt;Si pretendía que todos los clanes lo apoyaran en lo que iba a proponerles, era necesario que ninguna piedra estuviera metida dentro de las sandalias del pescador.&lt;br /&gt;La Entidad, antes llamada la Santa Alianza, era el departamento de espionaje del Vaticano. El contraespionaje estaba a cargo del Sodalitium Pianum, que significaba Asociación de Pío. El primer organismo se creó en el siglo XVI. El Papa Pío V buscaba contar con una fuerza capaz de luchar contra el protestantismo representado por Isabel I de Inglaterra. El servicio de contraespionaje debe su origen a Pío X, quien lo fundó a comienzos del siglo XX. El objetivo de la Asociación de Pío era claro, debía operar muros adentro de la Santa Sede.&lt;br /&gt;Como no podía ser de otra manera el recorrido de las cavilaciones del Santo Padre fue a estrellarse en forma directa con el recuerdo de la persona que tenía el poder de hacer peligrar el sueño, al que le había dedicado toda su vida adulta, el cardenal Roos.&lt;br /&gt;Sebastián Ross ingresó en la orden fundada por Ignacio de Loyola, a los veinticinco años. Aún no se cumplían sus primeros trescientos sesenta y cinco días como miembro, cuando el jesuita argentino fue reclutado por el Padre General de la Compañía para engrosar las filas de la Santa Alianza.&lt;br /&gt;Desde que Karol Wojtyla ocupara la silla de Pedro, los servicios de espionaje y contraespionaje tuvieron una sola cabeza.&lt;br /&gt;El 7 de mayo de 1998 el Papa polaco aceptó, luego de varios intentos, la dimisión del Cardenal italiano Luigi Poggi al frente de la inteligencia vaticana. Para cubrir la vacante Juan Pablo II eligió al argentino y acompañó el nombramiento con el cápelo cardenalicio en calidad de Cardenal in pectore. Ésta medida tenía por objeto proteger al veterano espía, quien para todos seguía desempeñándose como Prelado de Honor de Su Santidad.&lt;br /&gt;Una voz lo devolvió a la realidad e interrumpió sus razonamientos.&lt;br /&gt;— Está haciendo mucho frío, Su Santidad — dijo en alemán Sor Alejandra, la Madre Superiora de la Comunidad de las Siervas del Sagrado Corazón de Jesús encargada de asistirlo, junto con cuatro monjas polacas que habían estado veinticinco años con Juan Pablo II.&lt;br /&gt;— Tiene toda la razón. — respondió el Santo Padre en la misma lengua — Lo mejor será volver.&lt;br /&gt;Ambos recorrieron la pasarela cubierta que sirve para atravesar la calle que separa los jardines del edificio principal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sucesor de Juan Pablo II había basado toda su existencia en una frase que acuñara su abuelo que decía: “el éxito y el fracaso no son fruto de la casualidad.” En la persecución de tan preciado bien había investigado sobre cada cosa que supuso podría serle útil en el futuro.&lt;br /&gt;Manteniendo la decisión tomada de no modificar nada dentro de la Santa Sede, puesto que no creía justo sacrificar tiempo valioso en mover piezas, que de todas formas podrían ocasionarles trastornos de alguna índole. Se dedicó a investigar al director de los servicios de inteligencia, un problema tangible, que debía solucionar y cada instante perdido se podía convertir en un error fatal. Carlo estuvo en todo momento a su lado durante el tiempo que demandó la recolección de datos sobre el jesuita. Fueron noches interminables en que los hombres se internaron sin darse un respiro en las entrañas y el corazón de los archivos secretos de la ciudad.&lt;br /&gt;En los expedientes que guardaban todo el accionar de los espías de Su Santidad, el descendiente de Cosme Ferrara halló un sendero por el que haría caminar al espía tan argentino como él o el dulce de leche. Un sendero que lo llevaría lejos, muy lejos de los huéspedes que pronto lo acompañarían. Un sendero en el que volvería a encontrar a Anatoly Sergéievich Krunoslav.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el tercer piso de un edificio de nueve, que miraba a la plaza Dzerzhinsky, Yuri Vladimirovich Andropov, el Director General del Comité para la Seguridad del Estado de la Unión Soviética, no tenía el mejor de sus días. Había pasado una mala noche a raíz de las ulceras estomacales que cada tanto lo atormentaban. No seguía en lo más mínimo los consejos de su médico personal, el cual había cumplido repetidas veces con advertirle que si continuaba con esa vida, no dudaría mucho más entre los vivos. Estaba equivocado, la cabeza de lo que la comunidad mundial de inteligencia llamaba, “El Centro”, viviría diez años todavía, visitando la tumba a causa de una crisis diabética.&lt;br /&gt;Con un esfuerzo similar al realizado por un atleta que levanta pesas, bebió la leche tibia que se enfriaba sobre el escritorio de cedro. Después maldijo las ulceras y de paso también a su médico personal.&lt;br /&gt;El despacho se iba impregnando poco a poco del sol moscovita. Andropov se puso de pie y fue a pararse cerca de la ventana de tres metros de altura por la que cada mañana observaba a los hombres y mujeres que atravesaban la plaza presidida por una estatua de bronce del fundador de la Checa, la antecesora de la K.G.B., que comenzó con veintitrés empleados y una secretaria que apenas era una niña de diecisiete años. Los veía salir de la oscura boca del subterráneo, los veía cruzar la plaza apurados, los veía a muchos ingresar en El Mundo de los Niños, la juguetería que se ubicaba justo enfrente de sus ojos, otros entraban en el Museo Politécnico, pero la mayoría traspasaba alguna de las siete puertas de la mole de piedra gris que se conocía como la Lubyanka. Allí funcionaba el cuartel general de la K.G.B. y de la N.K.V.D. Desde allí se manejaban la espada y el escudo del partido.&lt;br /&gt;— El correo ha llegado, camarada.&lt;br /&gt;El hijo de un trabajador ferroviario, que se había graduado en ingeniería para después ingresar al Komsomol, la joven liga comunista; el mismo que durante la Segunda Guerra Mundial sirvió como Comisario Político en el frente finlandés, el mismo que llegó a convertirse en jefe del Departamento Político del Comité Central, el mismo que con el rango de general del ejército fue elegido por el Soviet Supremo como el cuarto hombre para ocupar el más alto puesto dentro de la inteligencia soviética. El mismo que hoy usaba trajes italianos confeccionados a su medida por la casa Brioni de Roma, regresó al escritorio pisando con suavidad las alfombras de Bujara que cubrían el piso.&lt;br /&gt;— Que pase. — ordenó Yuri Vladimirovich hablándole al moderno intercomunicador.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La valija diplomática había salido desde la embajada en Roma tres horas antes. Contenía el ejemplar del día del Osservatore Romano, el órgano de prensa de la Santa Sede. En la primera página, Yuri Vladimirovich leyó, lo que ya sabía:&lt;br /&gt;“Se ha tratado de un auténtico y vergonzoso robo. Unos ladrones desconocidos han penetrado en el despacho de un prelado y han robado unos expedientes guardados en un sólido arcon de doble cerradura. Un autentico escándalo.”&lt;br /&gt;Su satisfacción era tan grande como la de aquel padre que es convocado para recibir una felicitación por el desempeño de su hijo en las paralelas. Había sido él, quién propuso al Collegium, el organismo encargado de tomar las decisiones claves dentro de la K.G.B., poner en marcha la operación. De no haber aceptado su idea el resto de los miembros, Yuri Andropov estaba decidido a seguir adelante de todas maneras, después de todo él era la máxima autoridad. Se sentía contento consigo mismo por haber percibido el potencial que aquel joven soldado era capaz de desplegar, por haberlo sacado del ejército y por haberlo entrenado hasta volverlo el mejor. En sus manos descansaba un voluminoso informe, en cuya portada podía leerse: “ Nessun Dorma”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En los primeros días de enero de aquel año el Papa Pablo VI se reunió con los responsables de sus servicios de espionaje: la Santa Alianza y el Sodalitium Pianum. Las órdenes impartidas por el Sumo Pontífice eran claras, se debía redactar un documento que expusiera las necesidades de todos los departamentos del Vaticano y que además registrase todas las denuncias de corrupción dentro de la Santa Sede. La operación fue nombrada: “Que nadie duerma”; “Nessun Dorma”.&lt;br /&gt;La redacción del expediente recayó en el arzobispo Edouard Gagnon, quien una vez que hubo finalizado su tarea solicitó ser recibido por Pablo VI. Desde la Secretaria de Estado se le comunicó que debía dejar en manos de la Congregación para el Clero, su trabajo. El informe se guardó en un baúl con varias cerraduras en el interior de una de las salas de la congregación.&lt;br /&gt;En la mañana del 2 de junio de 1974 monseñor Istvan Mester, encargado de vigilar el documento, abrió la puerta encontrando libros diseminados por el suelo, papeles revueltos y cajones abiertos. Las cerraduras del cofre había sido arrancadas y el expediente que contenía los resultados de, “Que nadie duerma”, ya no estaba.&lt;br /&gt;Aunque ni los miembros de la Santa Alianza y de la Asociación de Pío lo sabían aún, se había puesto en marcha la operación Tondi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Zil negro dejaba atrás las calles de Moscú. Avanzaba por el carril verde de Ulianovskaia Ulitza a cincuenta kilómetros por hora. Desde el asiento trasero el Director General del K.G.B., leía un informe. Tenía tiempo de sobra, su destino final era la ciudad capital de Ucrania, no llegaría antes de una hora.&lt;br /&gt;El material que estudiaba Andropov era una detallada biografía. Contaba la historia de un hombre que había conseguido saltar el cerco de la ciudad secreta.&lt;br /&gt;Alighiero Tondi terminó el seminario en la Compañía de Jesús en 1936. Estableció contacto con grupos comunistas y viajó a Moscú para estudiar en la Universidad Lenín. Ocho años después el K.G.B. lo reclutó para que operase dentro del Vaticano. Llegó a convertirse en secretario y ayudante de cámara de Pablo VI.&lt;br /&gt;En 1967 fue capturado por agentes del S.P., el servicio de contraespionaje, cuando intentaba robar documentos guardados en el Archivo Secreto. En ellos se hablaba de la identidad de agentes de la Santa Alianza que operaban en Hungría, Polonia y Checoslovaquia. La Guardia Suiza lo escoltó hasta la línea fronteriza italo-vaticana.&lt;br /&gt;El final del documento aseguraba que en la actualidad Tondi se desempeñaba como asesor para asuntos de la Iglesia de Leonid Brezhnev.&lt;br /&gt;Yuri Vladimirovich apoyó la carpeta sobre el asiento y de dedicó a disfrutar del paisaje. Los años de Tondi en la Santa Sede son el pasado, pensó; con la ayuda de Anatoli Sergéievich Krunoslav escribiré el futuro.&lt;br /&gt;Antes de quedarse dormido, cinco minutos más tarde, fantaseó con la idea de llegar, si todo salía como esperaba, hasta la misma cima dentro del gobierno de la Rodina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Centro Médico de Kiev era uno de los más prestigiosos del país. Miles de habitantes de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, debían sus vidas a los dedos de los cirujanos que allí ejercían su profesión. Los estudiantes acudían al centro para dar el golpe de gracia a su formación. Lo que no se aprende en Kiev, ya nunca se aprende, rezaba la frase que se había hecho célebre entre los aspirantes a seguir los pasos de Hipócrates.&lt;br /&gt;Se trataba de una construcción baja, de sólo dos plantas. Estaba pintada de un blanco que hacia que la nieve pareciera oscura y la rodeaba un espeso bosque de abedules.&lt;br /&gt;El edificio visto desde el aire, tenía la forma de un cuadrado al que le faltara uno de los lados. Otros decían que se asemejaba a una letra C, sin curvas.&lt;br /&gt;De aquella cuadrada letra C, uno de sus lados, el que evitaba que la edificación tuviera forma de L, no formaba parte del legendario hospicio; aunque sus mejores cirujanos pasaban muchas horas en él. Era un ala ocupada en exclusiva por el K.G.B. que se conocía como “El pabellón de las máscaras.” Las personas ingresaban con una cara, pero jamás egresaban con ella. El lugar era de los secretos mejor guardados de la inteligencia soviética. El occidente ya sabía de la existencia de escuelas de entrenamiento en donde hombres y mujeres se volvían franceses, ingleses o norteamericanos. El pabellón de las máscaras estaba un paso adelante.&lt;br /&gt;Yuri Andropov empujó la puerta de vaivén color verde claro. Una mujer lo recibió con temeroso respeto.&lt;br /&gt;— Lo esperan camarada Director. Por favor, sígame.&lt;br /&gt;Andropov no pronunció palabra, obedeció.&lt;br /&gt;— Es aquí, camarada Director. — le indicó la mujer entrando a una habitación que se ornamentaba con el infaltable retrato de Lenin. Había cuatro sillas metálicas pintadas de negro y una mesa que pertenecía al mismo juego. Un expendedor de agua, una máquina de café y algunos vasos descartables.&lt;br /&gt;— En unos momentos estará aquí — anunció la mujer intentando parecer amable.&lt;br /&gt;La máxima autoridad del centro, ocupó una de las sillas y esperó.&lt;br /&gt;Desde que en 1967 Yuri Vladimirovich Andropov ocupara el sitio que fuera de Iván Alexandrovich Serov, había tenido en mente un objetivo: desestabilizar a occidente. Pegarle tan fuerte que al caer de rodillas, ya no pudiera levantarse. Los informes sobre Tondi le habían resultado igual de atractivos que una bailarina del Bolshoi, pero el muy imbecil se había dejado atrapar. La oportunidad de hacer tambalear a uno de los más importantes símbolos mundiales, se le escapaba con la expulsión del jesuita del Vaticano. La idea de colocar otro topo, como se denominaba a los agentes dobles, aquellos funcionarios de inteligencia que decían responder a una bandera y en realidad trabajaban para otra, le quitaba el sueño. Aún más que las úlceras.&lt;br /&gt;Todavía no se había puesto a tono con su nuevo cargo y hasta sus manos llegó un proyecto que necesitó poco más de un año para ser puesto a punto. Se trataba del Pabellón de las Máscaras. Hoy, cuando Yuri Vladimirovich lo visitaba por enésima vez, funcionaba con elegante precisión. Mucho había tenido que ver él en el proceso y no podía negar que el orgullo lo hacia caminar más erguido.&lt;br /&gt;La persona que esperaba era Anatoli Sergéievich Krunoslav, un joven de los tantos que habían recibido entrenamiento en Bolitsino. La preparación de Krunoslav ,el protegido de Andropov, se había centrado en conocer los detalles más ínfimos, más superfluos, más inútiles de la vida de un hombre, que era como la sombra del Cardenal John Joseph Wright, a cargo de la Congregación para el Clero.&lt;br /&gt;El secretario del purpurado fue capturado la tarde en que abandonaba el policlínico Gemelli, después de haber visitado a la más alta autoridad de su congregación, quien había tenido que someterse a una cirugía en la rodilla derecha.&lt;br /&gt;La operación “agua bendita”, estuvo a cargo del Departamento V, del Primer Directorio. Al D.V. se lo conocía también como el departamento de Acciones Ejecutivos. Eran los responsables de lo que El Centro llamaba “asuntos húmedos”, aquellas tareas que podían llegar a involucrar sangre como asesinatos, secuestros y sabotajes. El personal de este departamento permanecía dormido en las embajadas de la U.R.R.S. por todo el mundo. Cuando despertaba el margen de error era de cero por ciento.&lt;br /&gt;El sacerdote fue trasladado a una de las propiedades que la K.G.B., poseía en Roma y había ocupado muchas veces en el pasado. En una de las habitaciones la gente del número 2 de la plaza Dzerzhinski en Moscú, duplicó un cuarto exacto a los de la clínica. El clérigo no tenía por qué dudar de las identidades de todos esos hombres y mujeres que usaban ropas de médicos, enfermeras y policías. Aturdido a causa del dolor y cubierto de yeso en ambas piernas y uno de los brazos, el que no recibía el suero y el calmante por vías intravenoso, escuchó la historia que le relataron. Un conductor en estado de ebriedad, lo había atropellado a escasos metros del policlínico y había desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La puerta de la sala en donde Andropov esperaba se abrió para dar paso a un hombre de tez blanca y cabello grueso, revuelto y negro. Los ojos oscuros, lo mismo que el cabello, poseían la mirada que el Director General había observado en las fotografías.&lt;br /&gt;El recién llegado adoptó la postura rígida típica de un soldado.&lt;br /&gt;— Eso no es necesario. — dijo a modo de saludo Andropov.&lt;br /&gt;El hombre separó las piernas y se relajó.&lt;br /&gt;— Es un honor para mí, estar a sus órdenes. Señor.&lt;br /&gt;Yuri Vladimirovich estaba fascinado. Las palabras habían sido pronunciadas con el tono idéntico que había escuchado en las cintas grabadas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al conocer lo acontecido con el informe “Nessun Dorma”, el Papa Pablo VI ordenó a todos los involucrados que se pusieran bajo secreto pontificio.&lt;br /&gt;Ha transcurrido un día desde el asalto a la Congregación para el Clero. Su Santidad lee, como cada mañana, L’Osservatore Romano y como cada mañana hace un gran esfuerzo por dilatar la ceremonia que lo llevará a encender el primer cigarrillo del día. Tiene que dejar de fumar, lo sabe, pero la empresa se le hace cuesta arriba. La rutina de lectura se completa con el Times de Londres, el Washington Post norteamericano y el Pravda ruso. Pero toda rutina sufre modificaciones alguna vez.&lt;br /&gt;Esa mañana fue una de esas veces.&lt;br /&gt;El Santo Padre, no salía de su asombro. Alguien se había atrevido a desoír su voluntad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Marco Dalla Torre no se hizo esperar. Su tío, el Conde, no lo habría hecho.&lt;br /&gt;El apellido Dalla Torre llevaba unido al órgano de expresión del Estado Vaticano casi medio siglo.&lt;br /&gt;Sin mediar formalidad de ningún tipo y desde el sillón en donde siempre leía en su despacho, el obispo de Roma, levantó el ejemplar de la fecha en donde se hacia referencia al informe “Que nadie duerma”.&lt;br /&gt;— ¿Qué significa esto? — quiso saber Su Santidad.&lt;br /&gt;— Disculpe usted, Santo Padre. No quisiera parecer irrespetuoso, pero esa pregunta no debería estar dirigida a mi.&lt;br /&gt;Pablo VI entendía cada vez menos. Se levantó y fue hacia donde, todavía de pie, estaba Marco Dalla Torre.&lt;br /&gt;— ¿A quién, entonces? — la pregunta la había formulado a escasos metros del interpelado.&lt;br /&gt;— A Su Eminencia, el cardenal Wright.&lt;br /&gt;— Podría ser más claro, estimado amigo. — el tono del Sumo Pontífice se suavizó. — No logramos comprenderle.&lt;br /&gt;Dalla Torre hizo un brillante resumen para Pablo VI de los sucesos del día anterior.&lt;br /&gt;El secretario privado del Director de la Congregación para el Clero fue llamado ante el Santo Padre, mas no le fue posible acudir, había desaparecido lo mismo que el sol cuando anochece.&lt;br /&gt;En los días posteriores catorce miembros de la Curia que habían hablado con los agentes de la Santa Alianza, fueron expulsados del Vaticano, mientras que otros cinco fueron enviados a países latinoamericanos en misión evangelizadora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Como lo hiciera a comienzos del año el Papa volvió a reunirse con los jefes del espionaje papal que operaban dentro y fuera de la ciudad. El encuentro se llevó a cabo en el jardín ubicado en la azotea del Palacio Apostólico. Al trío se había sumado un joven monseñor llamado Sebastián Ross, miembro del Russicum.&lt;br /&gt;— ¿Cómo podemos estar seguros? — preguntó el hombre que había sido artífice del “pasillo Vaticano” y la “operación convento”.&lt;br /&gt;— No cabe duda alguna, Santidad. — la respuesta la proporcionó Pasquale Macchi, a cargo de la Santa Alianza.&lt;br /&gt;Macchi, un sencillo sacerdote, que había conocido a Pablo VI cuando éste era aún Giovanni Battista Montini, Arzobispo de Milán, no sé equivocaba al afirmar que no existían dudas. La conversación giraba en torno a si era o no responsable del robo del informe secreto el K.G.B.&lt;br /&gt;— Nos es muy difícil creer que Andropov, se haya atrevido después del asunto Tondi.&lt;br /&gt;— Contar con un topo en el Vaticano ha sido siempre una obsesión para él, Santo Padre. — comentó Macchi.&lt;br /&gt;Sebastián Ross caminaba junto al grupo en total silencio.&lt;br /&gt;— ¿Tiene el Russicum algo para decirnos?&lt;br /&gt;Pasquale Macchi tocó el brazo de Monseñor Ross, para indicarle que podía hablar.&lt;br /&gt;El sacerdote argentino llevaba nueve años en el espionaje papal. Su entrenamiento había comenzado cuando Rafael Ferrara, con sólo diez años, esperaba ver aparecer en el balcón: la logia de la Bendición, a Pablo VI, el mismo que ahora tenía un problema y exigía una solución.&lt;br /&gt;Poseedor de la misma facultad que tendría su enemigo y compatriota, para aprender otras lenguas y costumbres, solicitó ser asignado a una unidad especial dentro de la Santa Alianza conocida como el Russicum. Se sometió al duro entrenamiento alegre como quien pasa horas y horas con la tarea que más disfruta hacer en la vida. Estudió como hablar y escribir la lengua rusa, estudió la historia, la cultura y la gastronomía de la U.R.R.S. Leyó a los autores rusos y los diarios que en esa tierra se publicaban. Discutió las noticias integrando pequeños grupos en los que sólo se podía hablar ruso.&lt;br /&gt;Se entrenó con el ejército polaco en tácticas de paracaidismo, armas de fuego y explosivos.&lt;br /&gt;Para la época en que caminaba junto a los responsables de la inteligencia vaticana y a Pablo VI, había completado más de cincuenta misiones tanto en Rusia, como en Alemania Oriental.&lt;br /&gt;El Santo Padre pudo percibir el nerviosismo del monseñor argentino. Era la primera vez que estaban lado a lado. El cansado hombre de setenta y seis años, sabía que la institución que presidía, tenía mucho que agradecer a aquel muchacho de aspecto grave y estampa de deportista profesional.&lt;br /&gt;— Háblenos con toda tranquilidad, monseñor. — lo incitó el Papa.&lt;br /&gt;Sebastián Ross se aclaró la garganta para hablar sobre los pormenores de la “operación Félix.” Desconocía que el éxito de la misión lo convertiría en Obispo y Director del Russicum.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El primer director que tuvo la Cheka, organización que precedió al K.G.B., Félix Edmundovich Dzerzhinsky, quien antes de sentirse atraído por los movimientos revolucionarios de Europa de comienzos del siglo XX, había decidido servir a la fe católica como uno de los sacerdotes de su iglesia.&lt;br /&gt;En homenaje a la vocación primera del legendario maestro de espías, la Santa Alianza, había bautizado una de sus operaciones más importantes, como: operación Félix. Ésta dio sus primeros pasos dos años antes del robo del manuscrito Nessun Dorma y un mes después de que Anatoly Sergéievich Krunoslav, entrara en la Ciudad Secreta.&lt;br /&gt;Todos los departamentos de espionaje del Vaticano, tensaron al máximo sus sentidos desde que se supo de la doble tarea de Tondi. La llegada al poder de Andropov, como cabeza del centro, encendió la mecha de una bomba que aunque iba a demorar, detonaría de todas formas.&lt;br /&gt;El padre Pasquale Macchi, ayer secretario privado del Arzobispo de Milán y hoy, jefe de los espías de Pablo VI, necesitaba saber lo que ocurría en la fría mole gris de nueve pisos que saludaba a la plaza Dzerzhinsky. La persona que reunía las condiciones para ser los ojos y oídos de la Santa Madre Iglesia en los territorios de Yuri Vladimirovich, no era otro que el jesuita argentino.&lt;br /&gt;Sebastián Ross operaba durante esos días en Hungría. Se le había encomendado la custodia del Cardenal Agostino Casaroli.&lt;br /&gt;Macchi vertió más café en la taza, muy cargado y dulce como le gustaba. Tomó un trago. Lo dejó reposar en la boca unos segundos antes de tragarlo. Repitió el procedimiento cinco veces, hasta que el recipiente quedó vacío. Se calzó los anteojos de armazón metálico y buscó en uno de los cajones de la mesa en la que trabajaba unos papeles en blanco. Siempre diagramaba las futuras operaciones sobre papel, de esa forma sus ideas se ordenaban con mayor claridad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Desde una BMW como las que emplea la policía que patrulla a todas horas los caminos, Sebastián Ross observó como el Zil negro que transportaba al Director General del K.G.B., se alejaba rumbo a la capital rusa.&lt;br /&gt;El dispositivo de seguimiento, que otro agente había conseguido sacar del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, funcionaba como una pieza de relojería suiza. El jesuita se sentía exaltado. Montó en el vehículo y se lanzó a perseguir la señal que lanzaba el potente aparato ajustado a su muñeca. Era un día hermoso, silbaba un tango de Gardel.&lt;br /&gt;Sebastián Ross era para todos Víctor Alexandrovich Zabotin, un típico hijo de las estepas que trabajaba en el Decimosexto Directorio, el que se ocupaba del mantenimiento de los sistemas de radio y de las líneas telefónicas de todas las agencias del gobierno.&lt;br /&gt;Se había construido un sólido pasado, junto a un venturoso presente con esposa, hijos, un fiel perro y hasta una suegra que lo quería a pesar de todo, según contaba a sus compañeras que lo miraban con ojos hambrientos.&lt;br /&gt;Dos veces por mes Andropov, su máximo objetivo, se alejaba de las obligaciones durante todo el día. La primera hipótesis que elaboró se basaba en la teoría de la amante. La segunda, mucho más probable, giraba en torno a la posibilidad de que estuviera siendo sometido a alguna clase de tratamiento médico para combatir sus muchas dolencias.&lt;br /&gt;Estaba seguro de haber dado en el clavo cuando lo siguió hasta Kiev. En el informe que remitió a su superior dejaba claro que la salud del antes militar corría un riesgo comprobado.&lt;br /&gt;En la tercera incursión a la zaga del largo y negro automóvil, siempre luciendo como un patrullero, con casco y las antiparras para protegerse del polvo del camino, decidió dar el siguiente paso.&lt;br /&gt;Esperó hasta asegurarse que el número uno del espionaje soviético, hubiera entrado al hospital. Detuvo la moto en la puerta, sacó unos papeles de las alforjas traseras y a paso resuelto encaró la puerta principal.&lt;br /&gt;— Buenos días, camarada — lo saludó en el mostrador de recepción una muchacha que podría haberse visto bien con algo de color en los labios y en los ojos.&lt;br /&gt;— Buenos días para usted también, camarada. — respondió Ross — Debo entregarle unos documentos al Director del hospital.&lt;br /&gt;— Démelos, se los haré llegar. — la muchacha sonrió amable.&lt;br /&gt;Antes de contestar el falso policía pudo ver a Andropov, entrando al Pabellón de las máscaras. El chofer y guardaespaldas se plantó frente a la puerta con las piernas abiertas y las manos cruzadas delante del cuerpo. No hacía falta nada más para saber que nadie podía pasar al otro lado.&lt;br /&gt;— Usted perdone, camarada, pero mis órdenes son entregárselos al director en mano propia.&lt;br /&gt;La recepcionista tomó el teléfono e hizo girar cinco veces el disco de marcado.&lt;br /&gt;— La línea está ocupada.&lt;br /&gt;— No hay problema, puedo esperar.&lt;br /&gt;— Como guste&lt;br /&gt;— ¿Aquel es el chofer del camarada Andropov o me equivoco? — preguntó el argentino con su mejor gesto de hablo por hablar.&lt;br /&gt;— Sí. En efecto es él. — fue la respuesta cómplice de la muchacha.&lt;br /&gt;—¿Qué hace aquí?&lt;br /&gt;— Viene todos los meses.&lt;br /&gt;La mujer estaba segura de estar hablando demás, pero quién iba a saberlo. Además el hombre parecía muy agradable y no podía tener nada de malo el querer aliviar un poco las largas y aburridas horas de trabajo.&lt;br /&gt;— Sólo por conversar, no quiero ser indiscreto ni ponerla en problemas, pero Andropov está bajo algún tratamiento o ¿viene a visitar a alguien?&lt;br /&gt;— No podría decirle con seguridad a qué viene. — la joven giró la cabeza para mirar hacia uno y otro lado, como si quisiera asegurarse que nadie estaba oyendo — Acá entre nosotros, — continuó diciendo — no son muchas las personas que tienen acceso a esa área del hospital. Lo que si puedo contarle es que permanece allí casi todo el día.&lt;br /&gt;Sebastián Ross se acercó casi hasta rozarle la cara y sonrió como sólo él podía hacerlo, antes de preguntar en tono de secreto.&lt;br /&gt;— ¿Nunca ha sentido curiosidad por saber qué se esconde del otro lado? — con un movimiento de cabeza señaló la entrada del Pabellón de las Máscaras.&lt;br /&gt;— No tendría sentido ser indiscreta, por que jamás dejan de controlar a cada persona que ingresa y yo no estoy en la lista. — al mismo tiempo que hablaba, hacia dar vueltas el disco del teléfono-Parece que el director tiene mucho que hablar, se disculpó.&lt;br /&gt;— ¿Sería posible hablar con el asistente personal del camarada Director. — dijo esto conociendo la respuesta. El Director no tenía secretario, le gustaba hacer todo el trabajo.&lt;br /&gt;— No existe tal asistente. Nuestro Director es un hombre que disfruta de atender el teléfono. — la muchacha ahogó una risita.&lt;br /&gt;El policía festejó la broma. La chica se sintió encantada.&lt;br /&gt;— Si me indica dónde está su oficina, puedo entregárselos personalmente.&lt;br /&gt;La recepcionista pensó que no podría tener ningún problema por eso y además siempre estaba la posibilidad de decir que había tenido que ausentarse de su puesto para ir al baño. Ella desconocía quién había informado sobre la ubicación del despacho del Director al camarada agente de policía.&lt;br /&gt;— Es en el segundo piso, al final del pasillo.&lt;br /&gt;— Muy amable. Ha sido un placer conocerla.&lt;br /&gt;— Para mi también.&lt;br /&gt;El jesuita llegó a la planta alta, esperó unos minutos y bajó sin los papeles.&lt;br /&gt;— Trámite listo. — anunció a la joven de la entrada. Tal vez podamos vernos de nuevo en otra ocasión.&lt;br /&gt;— Me encantaría — dijo y escribió una dirección en un trozo de papel.&lt;br /&gt;Sebastián Ross guardó en la casaca del uniforme el pequeño papel como si fuera un tesoro. Volvió a sonreír y salió.&lt;br /&gt;Unas horas más tarde, vistiendo el acostumbrado traje gris, se presentó en la oficina del Director General. No había una sola persona para recibirlo, tal como esperaba. La secretaria almorzaba una insípida ensalada acompañada por una porción de pollo hervido, en el salón comedor para empleados del último piso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mientras el sacerdote argentino traspasaba la entrada del despacho de Andropov, Ana Valerianova Sirichenko, modificaba por primera vez en siete años la rutina del almuerzo. Tenía mucho trabajo atrasado y el jefe no estaría complacido si al regresar no se habían cumplido sus pedidos. Nadie mejor que Ana para saber que era preferible todo antes de no complacer al jefe. En el viaje de descenso desde el noveno al tercer piso la acompañaba un sándwich de pollo con pan de salvado y algo de la insípida lechuga en una fuente de plástico. Para beber había elegido una de las botellas de jugo de manzana, era el que más le gustaba.&lt;br /&gt;No recordaba haber dejado entreabierta la puerta, sería acaso qué ya estaba de vuelta el jefe. Que desilusión, no podría almorzar tranquila.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sebastián Ross inspeccionaba las alfombras buscando algún escondite. No hubo suerte con el escritorio y tampoco detrás del retrato de Lenin. Nada en las alfombras. Quedaba la biblioteca. Tenía los nervios tensos y los oídos en la habitación contigua. El sonido fue tan contundente como su hallazgo. Seis de los tomos que se apoyaban en el tercer estante eran tan falsos como el nombre de Víctor Alexandrovich Zabotin. Los lomos estaban pegados sobre una madera que servía para ocultar una caja fuerte marca Thompson. La puerta que antecedía al hábitat privado de Andropov se había abierto.&lt;br /&gt;El intruso se movió rápido, en un segundo o tal vez menos se encontraba arrodillado bajo el escritorio. Escuchó como la mujer llamaba a su jefe, la escuchó cuando insultó, al parecer después de que algo se le cayó al piso. Seguía maldiciendo su suerte cuando azotó la puerta y se alejó.&lt;br /&gt;El sacerdote tuvo que encomendarse a cada uno y a todos los santos para acertar con la combinación. Tradujo a números todos los datos que tenía sobre la vida del futuro líder del Politburó. La respuesta era la fecha de cumpleaños de una sobrina, Ursula Sonianova, que estudiaba en la Alta Escuela Mossovet para Comandos de Frontera en Moscú. Fueron diez dolorosos minutos de girar la rueda a diestra y siniestra, hasta que por fin es sonido que esperaba inundo la estancia, o eso le pareció, como un trueno en noche de tormenta. En realidad se trató de un sonido apagado como el chasquido que produce la lengua al separarse súbitamente del paladar.&lt;br /&gt;En la caja metálica había varios fajos de billetes de cien dólares, un par de revistas “Time”, en cuyas portadas aparecían en una el presidente de Estados Unidos y en la otra el Papa. Debajo de las publicaciones halló una carpeta negra delgada. Era conciente que no tendría una oportunidad igual, tal vez en mucho tiempo. Abrió la carpeta y leyó con rapidez. Leyó y memorizó. Memorizó y transmitió a la Santa Alianza.&lt;br /&gt;El espionaje Vaticano supo gracias a labor realizada por Sebastián Ross que el secretario privado y ayudante de cámara de Su Santidad, era un ilegal del K.G.B. Supo además que se estaba tramando una acción en contra de Pablo VI. No sabían que el virus ya estaba instalado en los dominios del Papa, pero iban a saberlo muy pronto.&lt;br /&gt;— Nos ha resultado muy esclarecedor todo lo que nos ha dicho, Monseñor-declaró Pablo VI cuando Ross hubo terminado de hablar.&lt;br /&gt;— Debemos permanecer más alertas que nunca, Santo Padre. El informe Nessun Dorma es un arma poderosa en las manos de Andropov.&lt;br /&gt;— Confiemos, mi leal Pasquale, en que la inteligencia vaticana consiga mojar su pólvora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La lectura de aquellas páginas le habían proporcionado datos que volvían algo más que real la aseveración de la cabeza de la Santa Alianza. No dejaba de preguntarse hasta dónde sería capaz de llegar el Papa Pablo VI para impedir que su feligresía del mundo entero conociera lo que él, Yuri Vladimirovich Andropov, ahora sabía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hermano Miguel, un hombre con más huesos que carne y más sentido del humor que cabellos sobre la frente, manipuló con pericia los botones que harían posible entablar la conversación que se le había pedido.&lt;br /&gt;El hermano Miguel era miembro de Los Seis Hermanos de la Cofradía de Don Orione. Éste grupo de frailes se encargada desde 1886 de las comunicaciones telefónicas del Estado Vaticano.&lt;br /&gt;El ayudante de cámara y secretario privado del Santo Padre, levantó el tubo del teléfono.&lt;br /&gt;— Pronto — dijo.&lt;br /&gt;— Disculpe, Monseñor. Habla el hermano Miguel, tengo en espera a una persona que dice ser el Director General del K.G.B. y solicita hablar con Su Santidad.&lt;br /&gt;— No sé preocupe, hermano, yo contestaré. Muchas gracias.&lt;br /&gt;Se produjo un segundo de silencio para dar paso a la voz de Andropov, que se oía nítida como si estuviera dentro de la habitación.&lt;br /&gt;— Me complace que pueda disponer de algunos minutos para mí, Giovanni — se cuidó de llamarlo por el título que ostentaba.&lt;br /&gt;— Está hablando con Monseñor Vargas, secretario privado del Santo Padre.&lt;br /&gt;— Tenga la bondad de informar a su jefe, — remarcó estas últimas palabras — que he encontrado algo que perdió. Volveré a comunicarme en una hora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yuri Andropov habló con la calma del jugador que conoce los naipes del oponente. La exigencia no podía ser más clara y precisa. El Papa debía redactar una encíclica en la que dejara bien sentado que se sentía sin fuerzas para continuar, que a pesar de los esfuerzos de muchos la Iglesia había perdido la batalla y él las esperanzas. Por tal motivo había decidido abdicar al trono de Pedro. El plan era que el sucesor de Pablo VI, fuera elegido por el supremo hombre a cargo del K.G.B.&lt;br /&gt;Del otro lado de la línea no estaba la persona aterrada que Andropov estaba imaginando desde su mullido sofá. El Santo Padre no había jugado todas sus cartas y todavía faltaba la última mano. La que con la ayuda de Dios y el jesuita argentino, esperara le diera la victoria final.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre que obedeciendo a los mandos superiores había pasado por “El pabellón de las máscaras”, recordaba esos tiempos como si se tratara de una historia salida de la imaginación de Graham Greene. Muchos años y aún muchas más cirugías habían pasado desde los tiempos en que se coló en la ciudad amurallada del Vaticano, para apoderarse después de años de paciente tarea de espía del informe “Que nadie duerma”. Tenía el rostro de la misma persona que tuvo que atravesar la inmaculada puerta, para aparecer acostado en un lugar llenó de luz y seres que vestían ropas tan blancas como la puerta, pero con cuarenta años más.&lt;br /&gt;Después de haberse recuperado de las heridas de bala en la pierna derecha que lo dejaron para siempre con un paso entre tímido y vacilante. Se valió de una larga y leal red de contactos para abandonar la patria.&lt;br /&gt;Para todos y en especial para Yuri Vladimirovich Andropov, la muerte lo encontró encerrado en una celda que tenía el tamaño de un baño grande en el sótano de la Lubyanka. Ese era el destino de quienes no llevaban a buen puerto los sueños del jerarca soviético. El saber que Anatoli Sergéievich, había fallado fue un golpe tan duro como el que recibe alguien desprevenido que no ve venir la pelota que acaba el recorrido en su cara. Con el temple que lo hiciera célebre en la comunidad de inteligencia Andropov supo recuperarse y tras la muerte de Leonid Brezhnev en 1982, lo sucedió como líder de la Unión Soviética. Al morir tres meses más tarde su último pensamiento fue para el mejor de los ilegales bajo su mando. Se arrepintió de haber ordenado que un ser de sus capacidades hubiera tenido tan triste y solitario final.&lt;br /&gt;El fin de Anatoli Krunoslav sin duda hubiera sido el que Andropov había trazado para él, si la fortuna no hubiera determinado con la inquebrantable certeza que siempre lo hace, que quien debía encargarse de sacarlo del hospital para trasladarlo a las entrañas de la mole gris de nueve pisos y allí abandonarlo a su suerte, con sólo una comida al día, no era otro que el padre de una niña cuyos ojos verdes tenían brillo, gracias a un transplante de córneas que se efectuó en “El pabellón de las máscaras”, gracias a la mediación realizada por el ladrón de la Congregación para el Clero.&lt;br /&gt;En las plantas superiores, nadie sintió curiosidad por saber quién ocupaba la celda 471 del sector “A”. Si lo hubieran hecho, con un mínimo de esmero, sabrían que el prisionero 471 no era el topo del Vaticano, sino un hombre aquejado de cáncer en la próstata, cuya familia había sido muy bien recompensada. Al dejar la ciudad de los Papas, Anatoli Sergéievich Krunoslav, no llevaba en su equipaje sólo el secreto informe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le gustaba caminar por la playa en las mañanas, cuando todavía la arena se mantenía incorruptible por los cientos de pies que le dejarían, huellas tan pasajeras como un resfrío.&lt;br /&gt;Cuando tuvo que decidir a dónde ir para continuar con la vida. No lo pensó demasiado. Eligió Brasil, en San Pablo, había realizado algunas misiones cazando desertores en el pasado y sus mujeres resultaban ser la antítesis de sus compatriotas. Lo que más buscaba era alejarse de la Madre Rusia.&lt;br /&gt;La ciudad, el centro urbano más grande de América del Sur, era ideal para sus planes futuros. San Pablo es la capital económica del país. No le fue difícil crear una red de inteligencia que obtenía secretos que en todos los casos eran de utilidad para alguien. En poco tiempo estaba ofreciendo sus servicios a los reyes y príncipes del mundo. Los famosos, aquellos que ponían sus fortunas al servicio de su seguridad personal no tardaron en acudir a Mathew Kronenberg, como ahora se llamaba.&lt;br /&gt;La compañía proporcionaba servicios completos de protección económica e industrial a países de África y Europa. No existía ciudad en la que no hubiera establecido un contacto. La mayor virtud de la empresa que Kronenberg preside radica en preservar el anonimato de sus clientes.&lt;br /&gt;Cada vez que le dolía la pierna, el causante del sufrimiento de tantos años y de tantas horas de fisioterapia, se posaba frente a él. Había invertido una buena parte de sus ingresos para dar con aquel hombre, un sacerdote, un espía, que no cabían dudas conocía el oficio como pocos. Más lo buscaba y menos lo encontraba. Menos lo encontraba y más buscaba mitigar el rencor que con los años había crecido cual árbol frondoso en su interior. Si bien era conciente que el juego del espionaje está concebido sobre una serie de reglas que no le son ajenas a ninguno de los jugadores y era más conciente aún de que le había tocado perder en un encuentro limpio, donde el otro, el sacerdote, el espía había sido mejor. También tenía que reconocer que fue en aquella escaramuza, en los días y meses que le siguieron, donde descubrió que no era y nunca lo sería un buen perdedor.&lt;br /&gt;Hoy, con sesenta y algunos años, Mathew Kronenberg era uno de los personajes más famosos de Brasil. Construyó escuelas y hospitales. Creó la fundación Thais Valverde, en memoria de la única mujer que amó en la vida, una bella mulata con la que tuvo una hija preciosa, lo cual ya lo había convertido en abuelo tres veces. La fundación Thais Valverde ofrecía becas para apoyar el desarrollo de deportistas y músicos. En síntesis, Mathew Kronenberg era un hombre feliz.&lt;br /&gt;Las caminatas matutinas solían prolongarse hasta por dos horas. La causa era simple, el antiguo miembro del espionaje rojo se desplazaba lento, lo mismo que una tortuga vieja. No prestaba atención a quienes pasaban, siempre más veloces, a su lado.&lt;br /&gt;— Esa pierna es todo un problema ¿No es así? Anatoli Sergéievich.&lt;br /&gt;Kronenberg se detuvo como si estuviera sufriendo el efecto de un dardo narcotizado. Frente a él estaba una mujer de formas generosas, que vestía un conjunto para hacer ejercicio, color blanco con una raya negra a los costados. Se cubría la cabeza con un pañuelo también claro, que no conseguía ocultar su cabello, dejando sueltos sobre la frente algunos encendidos mechones rojos.&lt;br /&gt;— Disculpe, creo que me confunde con alguien más. — dijo en un portugués que daba la impresión de ser su lengua materna.&lt;br /&gt;— No necesita disimular, camarada Krunoslav. Sé muy bien quién es usted y lo más importante se quién fue. Tengo algo para proponerle, en realidad la propuesta es del hombre para quien trabajo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Grigol Ilianovich Gabashvili no había abandonado Tbilisi en dos largas y tumultuosas décadas. Años en los que dejó claro por que debía sentirse un profundo temor en su presencia y ni siquiera imaginar en contradecir alguna de sus decisiones. El georgiano se alejó de la patria tan sólo empujado por una curiosidad a la que podría calificarse de sana. Quería que los profundos y verdes ojos vieran por si mismos como se desarrollaba la peculiar historia que había narrado la joven que fungió de emisario del ahora rey de la Iglesia.&lt;br /&gt;Al enterarse de que en efecto Rafael Ferrara era el nuevo Papa, se rió con ganas.&lt;br /&gt;— ¡Lo hizo…, lo hizo! ¡Es increíble! — exclamó aún sin poder parar de reír.&lt;br /&gt;Un año más tarde, tal como lo vaticinara la atractiva mujer de cabello rojo, el mensaje llegó a su casilla de correo electrónico. No perdía nada acudiendo a la convocatoria. Además no le vendría nada mal un paseo por Castelgandolfo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;— ¡Grigol Ilianovich! — lo recibió Rafael, estrechándole la mano con manifiesta alegría.&lt;br /&gt;— Encantado de poder verlo en persona. — dijo Gabashvili — Lo he visto mucho en los diarios y la televisión.&lt;br /&gt;— Espero no haberlo desilusionado.&lt;br /&gt;— Todavía no puedo decirlo. Por cierto, habla usted muy bien mi lengua.&lt;br /&gt;— El Señor me ha bendecido con la facilidad para poder comunicarme en muchas lenguas y también en algunos dialectos. — declaró mientras sujetaba con impaciencia su cruz pectoral — Por favor entremos Grigol Ilianovich.&lt;br /&gt;Una escena similar se repitió con Michael Conti de Nueva York, quien era los ojos y los oídos de casi todas las familias criminales de Norteamérica. Con Yamaka Liu de Japón, un auténtico Yakuza que adolecía de la última falange en el dedo meñique de la mano derecha. Con Jesús Domínguez, el mejicano que aportó los medios para que la familia Ferrara pudiera contar con los servicios de “El Espectro” y de esa forma evitar que los antagonistas del cardenal argentino participaran del cónclave. Con Miguel Balbuena, el colombiano que amaba a Natalia, según pudo confesarle cuando la encontró sola. La lista se completaba con el pekinés Tao We Ming, éste al igual que el georgiano había sido presa de la curiosidad.&lt;br /&gt;— No olvide aquel antiguo proverbio, mi amigo. — le dijo el Santo Padre, para después invitarlo a reunirse con los demás.&lt;br /&gt;El consistorio mafioso se celebró en uno de los salones más grandes de Castelgandolfo. Carlo fue el encargado de que todo estuviera a la altura de los invitados. Vestía ropas holgadas e impartía directivas a las mujeres que habían llegado esa misma mañana desde su tierra, como si fuera un general que intenta ordenar la tropa. La comida era exquisita, se podía elegir ravioles, capelettis, lasagna, tallarines, con una variedad de salsas que iban desde tuco hasta calabresa o marinara. Hubo por supuesto mucho queso parmesano picante y aromático, además de incontables botellas de vino siciliano y el delicioso pan horneado por la familia Sabatini.&lt;br /&gt;Cuando todos los presentes tenían la atención puesta en disfrutar una soberbia torta de chocolate, rellena con dulce de leche, fabricado con una receta especial del Santo Padre por las monjas que le servían, crema chantilly, frutillas grandes como rubíes y el toque final de una gruesa capa de almendras tostadas; acompañado de un café negro fuerte y colombiano. Una morocha de ondulante silueta, les entregó a cada uno un cigarro cubano Cohiba, al tiempo que se detenía para devolver con una sonrisa estudiada el gracias en los distintos idiomas que no comprendía.&lt;br /&gt;La mesa redonda de aspecto más que majestuoso que Rafael había mandado colocar en el centro de la sala, tenía como objetivo dar a entender que todos eran iguales. Por esa causa no existía una cabecera que ocupar. Los lugares se hallaban todos cubiertos, con excepción de uno a la derecha del Papa. Fue entonces cuando la puerta se abrió. El gesto de sorpresa fue casi unánime. Rafael sonrió. Carlo se acercaba ataviado con sotana negra, faja roja, la cruz pectoral con gruesa cadena y el solideo rojo. A pesar de que en&lt;br /&gt;ningún momento se había quitado el anillo que simbolizaba su rango, la mayoría de los invitados no reparó en él hasta ese momento.&lt;br /&gt;El silencio era absoluto cuando Su Santidad anunció en inglés:&lt;br /&gt;— Caballeros, permítanme presentarles de manera formal a mi primo, el Cardenal Carlo Sabatini. Su Eminencia representa a las familias italianas.&lt;br /&gt;Carlo ocupó su lugar en la mesa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los contactos de la familia Ferrara fueron exigidos al máximo una vez que se supo de la existencia de Anatoly Krunoslav. Se invirtieron toneladas de tiempo y dinero hasta que fue posible establecer con una certeza no menor al cien por ciento que Krunoslav y Kronemberg eran la misma persona.&lt;br /&gt;Con todas las preguntas unidas a una respuesta, Natalia, con la eficacia de siempre, se puso en marcha.&lt;br /&gt;Era pasado el mediodía cuando Mathew Kronenberg acompañado de Natalia, llegó hasta el distrito de Bixiga. El restauran era un lugar bonito, debido a la hora todavía no había muchos postulantes para almorzar. Kronenberg pidió para empezar una tabla de fiambres y quesos, el plato principal fueron los sublimes ravioles a la boloñesa de la casa, para terminar con algo de fruta como postre. No hubo claro está escasez de vino y como no podía ser de otra forma para un almuerzo a la manera de los italianos se prolongó por muchas horas.&lt;br /&gt;A la menor de los Ferrara le pareció un personaje por demás interesante, además de tratarse de un hombre con un atractivo que no pasaba inadvertido. Estaba claro que Kronenberg lo sabía y lo usaba en su propio beneficio. Las insinuaciones que recibió la halagaron, aunque supo rechazarlas con la agilidad y cortesía que años de experiencia en tales menesteres le habían proporcionado.&lt;br /&gt;Pasado el tiempo de hablar de las historias familiares y de las cosas que ya no se repetirían. Kronenberg fue directo al punto.&lt;br /&gt;— No logró entender qué puede necesitar de mi empresa, el Santo Padre.&lt;br /&gt;— De su empresa no queremos nada. — le respondió Natalia.&lt;br /&gt;El antiguo miembro del K.G.B. estaba cada vez más desconcertado.&lt;br /&gt;— Usted me dirá entonces ¿Cómo puedo serles útil?&lt;br /&gt;Natalia se lo dijo. Mathew Kronenberg quedó tan asombrado como interesado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su Eminencia, el Cardenal Sebastián Ross, no parece estar a las puertas de los sesenta y cinco años. Practica natación todos los días en la piscina del Vaticano. Pedalea, luego entre quince y veinte kilómetros, por lo cual luce una piel muy bronceada.&lt;br /&gt;Los organismos que dirige se han mantenido en un cómodo letargo desde que Rafael Ferrara recibiera el anillo del pescador. Los tiempos de Wojtila quedaron atrás, por ese motivo las horas de Ross se van alejando lentas y en silencio, mientras lee los informes que llegan, vía correo electrónico, desde las distintas nunciaturas.&lt;br /&gt;Su secretario personal, un hombre bajito con aspecto de profesor universitario, irrumpe en el recinto como quien es perseguido por una jauría hambrienta.&lt;br /&gt;— Ha sucedido algo horrible, Monseñor. — alcanza a pronunciar a pesar de la agitación.&lt;br /&gt;Ross abandona lo que hacía y se apresura a ofrecerle una silla.&lt;br /&gt;— Tranquilícese, respire profundo y después, por favor cuénteme qué sucedió.&lt;br /&gt;El secretario del jefe de los espías del Papa, respira muy hondo y de a poco comienza a serenarse. Toma un trago de agua fresca que le ha alcanzado Ross y por fin se dispone a sacar al argentino de su ignorancia.&lt;br /&gt;Cuatro de los operativos del S.P., como se conoce al servicio de contraespionaje de la amurallada ciudad, han sido asesinados. Los métodos empleados remiten a la Guerra Fría y al K.G.B.&lt;br /&gt;Casi sin proponérselo la mente de Ross se pobló con el recuerdo de un cruento enfrentamiento, tantos años hacia atrás, que creyó haberlo olvidado. No podía ser posible que la historia se repitiera. No en estos tiempos. ¿Qué sentido tendría?, se preguntó sin esperar ni tampoco poder obtener una respuesta.&lt;br /&gt;En los quince días que siguieron tuvo que reconocer que se enfrentaba a un enemigo poderoso y lo peor de todo, invisible. La jornada decimosexta no comenzó mejor que las anteriores. La cabeza de los servicios de espionaje del Vaticano se encontraba igual de desorientado que un niño de seis años en una clase de física quántica. En todo lo largo y ancho del mundo sólo dos personas conocían la identidad de los miembros del espionaje interno y externo del pequeño Estado enclavado en el corazón de Roma. Uno, era el propio Sebastián Ross, el otro, el Santo Padre, el Papa Rafael.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para cuando faltaba poco para que hubiera transcurrido la mitad del día dieciséis, eran treinta y tres los cadáveres que en forma de expedientes se acumulaban en la mesa de trabajo del Cardenal In Pectore.&lt;br /&gt;Ross estaba basando sus pesquisas en la búsqueda de alguien que quisiera vengarse de la Entidad, ayer la Santa Aliansa, o del S.P. Tenía que ser un rencor con varios años de antigüedad, ya que no se habían realizado operaciones en lo que iba de la era Ferrara.&lt;br /&gt;Cada persona que entraba o salía de la Santa Sede quedaba registrada gracias al sistema de cámaras que se instalaron en 1981 cuando Juan Pablo II fue atacado en la Plaza de San Pedro. El sistema de vigilancia por circuito cerrado no se usaba en forma permanente, sólo en ocasiones especiales.&lt;br /&gt;Los rostros obtenidos mediante las imágenes eran ingresados a una base de datos que el sacerdote argentino, amante de la informática y de la Internet, había ido forjando desde que ocupara su cargo actual. El procedimiento tuvo el mismo éxito que podía tener pretender que un elefante interpretara los Caprichos de Paganini. Los asesinatos habían permanecido en el más cerrado de los secretos, cosa que no era nada difícil en una ciudad en donde lo que no era sagrado, era secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después de haber desayunado mates, acompañados de bizcochos de grasa, un placer que pretendía no abandonar mientras tuviera vida, quien fuera director del Russicum, revisa su casilla de correo electrónico. De los ochenta mensajes, uno en particular atrae su atención. En el apartado: asunto, el veterano espía lee: ha pasado el tiempo, tovarich. Accede al mensaje, lleva con el ratón, el cursor hasta donde dice: descargar archivo adjunto, hace clic y espera.&lt;br /&gt;Le cuesta unos segundos dar crédito a lo que está mirando. Ante sus sorprendidos ojos se va desgranando una lista de todos los hombres bajo su mando. Con la claridad que tiene el agua puede leerse en que lugar del mundo opera cada uno y cuál es el nombre clave que se le ha asignado.&lt;br /&gt;El Cardenal Ross atiende el teléfono celular sintiéndose aturdido.&lt;br /&gt;— Pronto.&lt;br /&gt;— Cada noche en la que el dolor no me deja dormir, recuerdo Berlín en invierno. — la voz hablaba en ruso.&lt;br /&gt;— ¿Quién habla? — interrogó el espía, a pesar de conocer la respuesta.&lt;br /&gt;— Es qué acaso, me has olvidadazo, tovarich. — dijo la voz desde el otro lado.&lt;br /&gt;— Lo he intentado Anatoly, puedes estar seguro.&lt;br /&gt;— He sabido, que estás teniendo problemas con los miembros de la Sociedad de Pío.&lt;br /&gt;— Debo suponer qué tienes algo que ver.&lt;br /&gt;— Sin duda, tovarich…, sin duda. — fue la seca contestación.&lt;br /&gt;— Han pasado demasiados años, Anatoly. Lo que te ocurrió forma parte del juego…&lt;br /&gt;El ruso lo interrumpió.&lt;br /&gt;— No he sido nunca un buen perdedor. Según como veo las cosas la venganza jamás prescribe.&lt;br /&gt;— ¿Cómo puedes estar seguro de que no estoy rastreando esta llamada?&lt;br /&gt;— Sé que no lo harías, tovarich. Los dos sabemos que esto es entre la cruz y la hoz.&lt;br /&gt;— Muy poético, pero vamos al grano de una buena puta vez. — el argentino había agotado todas las reservas de paciencia y no contaba con pocas.&lt;br /&gt;— Pues vamos al grano entonces, tovarich. — el ruso hizo una pausa con el único objeto de aumentar la tensión — Llevo años preparando éste acontecimiento, — mintió el ruso — los mismos que me ha tomado rehabilitarme.&lt;br /&gt;Ross escuchaba con atención. El antiguo lacayo de Andropov no era un hombre para ser tomado a la ligera. Nadie lo sabía mejor que él.&lt;br /&gt;— A partir de hoy y antes de que hayan pasado seis meses, — seguía diciendo Kronenberg — todas tus redes estarán desechas y tu gente será cancelada…&lt;br /&gt;— ¿A menos qué...?&lt;br /&gt;— A menos que cumplas con una tarea que pienso encomendarte.&lt;br /&gt;El responsable del éxito de la operación Félix, estaba furioso. No dejaba de pensar en todas las vidas que se habían interrumpido por el capricho de un solo ser. Un ser que, sin lugar a dudas, contaba con los medios para destruir a toda su organización y por ende destruir su propia vida.&lt;br /&gt;— ¿Qué debo hacer? — preguntó el sacerdote.&lt;br /&gt;— Asesinar al Papa. — sentenció Kronenberg.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Mathew Kronemberg no recordaba cuando fue la última vez que se había sentido tan dichoso. Su rostro mostraba una imagen similar a la que puede verse en alguien que abre un pesado y enorme paquete el día de su cumpleaños.&lt;br /&gt;La primera etapa estaba cumplida. Ahora no tenía más que esperar. Este tipo Ferrara es astilla del mismo palo, reflexionó, al tiempo que se dedicaba a encender uno de los cigarros Saint Luís Rey, que tanto disfrutaba.&lt;br /&gt;Trabajar en el proyecto de Rafael, no sólo le reportaría muchos ceros a su capital, asunto que no conseguía quitarle el sueño, sino que además le posibilitaría vindicarse. El odio que le profesaba al sacerdote argentino dormía y esperaba la oportunidad de volver a abrir los ojos, ese sueño quizás se debiera al efecto sedante que le producían los calmantes que estaba obligado a consumir desde que fuera dado de alta de la clínica alemana.&lt;br /&gt;No se permitió más distracciones. Sin perder tiempo puso en movimiento la segunda fase del plan de Ferrara.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Cardenal Ross caminaba de un lado a otro de su despacho. Un dolor agudo le corroía el pecho y sentía unas ansias macabras por retomar la adicción a la nicotina. Tenía la seguridad de ser el exclusivo responsable de lo que estaba sucediendo. En su profesión un error puede tener un costo demasiado elevado. No debió relajar las operaciones. Sus hombres eran buenos elementos, pero hasta los mejores bajan la guardia al no sentirse presionados. Los informes que le llegaban no contenían nada importante. La decisión adoptada por el nuevo siervo de los siervos de Dios de poner a dormir a los servicios de inteligencia de su ciudad, les había provocado a los operativos un sueño demasiado profundo, tanto que a algunos les costo la vida.&lt;br /&gt;En contra de toda lógica, el Santo Padre no autorizó tomar ninguna medida que hiciera posible detener la matanza de los Monjes Negros, como se llamaba puertas adentro a los miembros del espionaje del Papa, haciendo alusión al color de los hábitos de los hermanos Dominicos, los primeros espías de la Iglesia, junto con los jesuitas. En la reunión que había tenido lugar después de que Ross hiciera contacto con Anatoly Krunoslav, en la que se cuidó muy bien de dejar constancia del requerimiento del ruso, habían estado presentes acompañando a Su Santidad, el Cardenal Secretario de Estado y el Cardenal Sabatini, la habitual sombra de Rafael. El Arzobispo y Metropolitano de la diócesis de Roma dejó claro que no se debía emprender ninguna acción al respecto. Cuando el Cardenal Ross intentó protestar, Rafael lo detuvo diciendo:&lt;br /&gt;— No debemos alborotar el avispero.&lt;br /&gt;Habló con el más puro acento de su Mendoza natal. Esta era otra de las cosas que compartía con la máxima autoridad de los organismos de inteligencia, sólo que Sebastián Ross, había nacido en Lavalle, a unos cincuenta kilómetros de la ciudad capital, en un distrito que aún hoy lleva el nombre de Alto del Olvido.&lt;br /&gt;— El mundo no debe saber que la ciudad eterna, cuenta con ojos, manos, piernas y oídos repartidos en el mundo. — continuó diciendo Rafael — Dejemos que el Señor se haga cargo de tan nobles almas.&lt;br /&gt;El Cardenal Ross estaba de acuerdo en el primer punto con el Papa. Era algo muy cierto que la Entidad, como no podía ser de otra manera se encontraba protegida por un grueso manto de secreto. Sucedía algo similar a lo que ocurría con Dios, muchos decían que existía, pero nadie había logrado verlo. El espionaje vaticano había colaborado en el pasado con otros servicios secretos, mas no le hubiera sido posible encontrar a ningún historiador o a cualquiera de los tantos periodistas curiosos que nunca faltaban, pruebas de tales acontecimientos.&lt;br /&gt;En cuanto al asunto de dejar todo en manos de Dios, no podía permitírselo, a pesar de ser un hombre de una profunda vocación religiosa. Sabía que no podría seguir viviendo, si no castigaba a quien pretendía destruirlo. Se lo debía a su gente.&lt;br /&gt;Quería atraparlo más que ninguna otra cosa en el mundo. No dejaba de moverse de un lado a otro y tampoco dejaba de preguntarse, por dónde empezar. El mayor problema que enfrentaba era la absoluta soledad, no tenía nadie en quien confiar. Pensándolo un poco mejor no tenía a casi nadie. Una hora más tarde había encontrado un camino por el cual daría los primeros pasos.&lt;br /&gt;Se despojó de la desteñida sotana y la sustituyó por un traje de calle, común y corriente, de color gris. Empujó la mesa de trabajo hacia delante, alejándola dos metros de la pared que tenía atrás. Una argolla metálica de unos quince centímetros de diámetro quedó al descubierto, la asió con ambas manos y tiró hacia arriba. La abertura tenía un metro cuadrado. Enfrentó la angosta escaleta, también de metal, con sumo cuidado, ya no era un muchacho. Al dejar atrás los primeros tres peldaños, colocó la puerta en su lugar por encima de su cabeza.&lt;br /&gt;El Cardenal Ross, el amo y señor de los espías del Vaticano, se hallaba ahora en los túneles que en 1611, mandase a construir Pablo V, con el objeto de posibilitar una rápida huida, en caso de que la Ciudad de los Papas fuese invadida por alguno de sus múltiples enemigos. En aquellos días para justificar todo el movimiento se comenzó a edificar lo que sería el Archivo Secreto y ordenó ampliar la Biblioteca vaticana.&lt;br /&gt;Las catacumbas de Borghese como le gustaba llamarlas al jesuita argentino, contaban hoy con paredes revocadas, enyesadas y pintadas de un blanco suave. A toda hora se las encontraba bien iluminadas y poseían un moderno sistema de aire acondicionado. No era la primera vez que Sabatián Ross se sumergía en los laberintos claros que corrían por debajo de la ciudad, se movió con la velocidad de aquel que sabe hacia donde va, sin la menor vacilación.&lt;br /&gt;Veinte minutos pasaron desde que cerró la tapa que lo lanzó a una cacería que le significaría un giro de ciento ochenta grados a su existencia. No se preocupó por ofrecer explicaciones. Lo más seguro es que nadie note mi ausencia, pensó.&lt;br /&gt;Caminó unos minutos más y por fin encontró lo que buscaba, una escalera igual a la que utilizara para dejar su oficina. Arriba estaba el barrio de Trionfale. Emergió. Comenzaba a oscurecer. Atravesó la calle y se encaminó hacia una vetusta construcción de cuatro plantas. En la entrada un hombre calvo y más obeso de lo que se considera saludable, le sonrió.&lt;br /&gt;— ¿Come vai, Carmelo— lo saludó el gordo&lt;br /&gt;—Bene…,bene. Molto bene, Paulo.&lt;br /&gt;Para el portero, Ross era Carmelo Mondito, un viajante de comercio que cada tanto visitaba la capital italiana.&lt;br /&gt;El departamento era pequeño. Tenía una sala de estar con una mesa cubierta de formica color verde claro y tres sillas tapizadas con una tela repleta de flores, una cocina sombría, un baño más sombrío y una habitación cuyo único atractivo era una cama de ruidoso elástico.&lt;br /&gt;De una forma u otra la vivienda ofrecía lo básico para poder vivir. La Entidad era propietaria de lugares como ést
